Discriminación y odio es el diario vivir de mujeres transgénero
Julia García Gil narra el dolor y sufrimiento que ha vivido por décadas entre una sociedad que no acepta su existencia; ya van 31 muertes de mujeres transgénero en lo que va del año en Estados Unidos
Comunidad LGBTQ. Crédito: Christina Assi/AFP | AFP / Getty Images
Julia García Gil, de 61 años de edad, nació en Sinaloa, México y llegó a Estados Unidos en 1996.
“Me vine porque allá las condiciones eran difíciles; no había aceptación para las mujeres transgénero como yo”, recuerda.
Dice que en Sinaloa no había aceptación para la diversidad y sufría de abuso policial.
“Nos pasaba a varias, por nuestra apariencia”, indica. “No eran buenas experiencias”.
Julia suspira en su silla reclinable; se muerde levemente las uñas y da la impresión de que quiere llorar, al evocar aquellos recuerdos.
“Los policías me metían a la cárcel para hombres y tanto allí como en la calle me insultaban y me decían ‘mujercita’ porque éramos hombres vestidos de mujer”, narra ella.

Revela que las palabras más altisonantes que herían su mente, su alma y su corazón eran “j*to, p*to o ganso”.
“Usaban todos esos calificativos contra las mujeres transgénero que teníamos esa personalidad”, indica la mujer, quien es una activista por los derechos de las personas como ella que sufren de indigencia.
Pese a la adversidad, Julia se enfrentó con valentía a una sociedad mexicana que la rechazaba, pero, como agrega, “teníamos que pagar el precio de ser quienes éramos y como éramos”.
En ocasiones, ella habla en plural, porque en su núcleo social, sus amigas corrían la misma suerte de ser encerradas detrás de las rejas, tan solo por el gusto de los policías que las veían en la calle, aun sin dedicarse a la prostitución.

“Adentro de la cárcel los hombres nos violaban sexualmente y nos pegaban si no accedíamos a sus deseos”, indica la mujer con un tono de voz lastimero.
Violación sexual en la cárcel
En repetidas ocasiones la represión de los policías judiciales que las vigilaban significaba al menos cinco días detrás de las rejas.
Su único delito por el que ella y otras mujeres transgénero eran juzgadas, obedecía a su orientación sexual o su apariencia física.
“Todas las noches en aquella cárcel eran desagradables; además de la penetración nos obligaban a tener sexo oral de una manera brutal y grotesca”, manifiesta. “Si no obedecía, me golpeaban o me pateaban”.
Para Julia, esa era una forma de sentir el odio de una sociedad machista que no la aceptaba.
Era una forma de reprimir su libertad sexual.
Así, ella no podía andar libre ni sola en las calles de su pueblo natal.
Después de las seis de la tarde eran frecuentes las detenciones extrajudiciales.
“Yo tendría unos 18 o 20 años”, dice.
Julia no aguantaba más humillaciones y decidió emigrar hacia los Estados Unidos.
Considera que los abusos sufridos eran lo que ahora se considera como delitos de odio y de intolerancia.
“A nosotros nos maltrataban los policías, quienes nos humillaban en la cárcel y los estafadores”, comenta.
Obligada a vender su cuerpo
A su éxodo a tierras lejanas le añade el trato de un “padrote” que la obligaba a la prostitución.
“Hazle como quieras, roba, mata o haz cualquier cosa, pero a mí me traes dinero todos los días porque yo quiero tomar”, le decía el tipo que se beneficiaba de sus ganancias al vender su cuerpo al mejor postor.
Aquella relación solamente la aguantó cinco meses. Vivía con ese hombre, en quien buscaba la protección que le negó su propia familia.
“Aparte de la relación violenta, yo asumía que nadie le importaba lo que me pasara”.
Julia justificaba erróneamente que quien estuviera cerca de ella le haría un favor, aunque los pocos únicos amigos que tenía y que no eran de la comunidad LGTB trataban de rescatarla de aquellos abusos.
“Yo no buscaba esas relaciones tormentosas; las aceptaba porque sentía la necesidad de compartir mi vida con alguien…, pero necesitaba afecto, protección. No sé si cariño…por esa razón hacía lo que me pedían, para poder ganarme el afecto de aquellas personas”.
Pesadilla y cárcel en Estados Unidos
Pero su vida empeoró en Estados Unidos.
Sus explotadores sexuales en este país la obligaban a vender droga, específicamente cocaína.
Para colmo de males, Julia fue inducida al alcohol y al consumo de todo tipo de drogas.
Tres veces estuvo encarcelada. Su mayor sentencia fue de dos años en la cárcel.
“Eso fue entre 1992 y 1994”, rememora. “Y no fue precisamente por vender drogas, sino porque yo estaba en la casa donde vivía con el hombre que la distribuía”.
Julia era la “sirvienta” de la casa. Planchaba y lavaba la ropa del traficante de drogas.
En su juicio legal se declaró no culpable. Una vez que salió de la cárcel se dio cuenta hasta qué punto ella tenía parte de la culpa.
Desde su liberación nunca más volvió a usar drogas ni a beber alcohol.
Julia había aprendido una dura lección.
“Tuve que despertar mi conciencia y comencé a trabajar por los desamparados desde 1996”, afirma. “No ha sido fácil el trabajo con las personas transgénero, porque los estereotipos nos persiguen a dondequiera que estemos”.
Trabajo con los indigentes transgénero
Sin embargo, ella siente la necesidad de nunca perder la esperanza, de vencer estigmas y crear un cambio positivo por los más desposeídos de la sociedad.
“Aquí en Los Ángeles tienen estrategias para trabajar con los desamparados, pero la realidad es que no están familiarizados con lo que es vivir en la calle. ¿Saben qué me pasaría a mí si me quedo dormida en una acera?”, cuestiona Julia.
Agrega que, desde el inicio de la pandemia, en los últimos tres años ha aumentado su miedo, sufrimiento y la ansiedad por no tener un techo digno donde pasar la noche.
“Los latinos y afroamericanos pasan a nuestro lado y nos gritan f*ggot, m*ther f*ucker”…, son muy agresivos verbalmente y nos amenazan”, dice Julia. “En la expresión de sus rostros podemos ver el odio que nos tienen”.
De hecho, recuerda el ataque brutal que sufrió Daniela Hernández, una mujer transgénero que estaba sentada en una banca en el MacArthur Park.
El 4 de octubre de 2020, alrededor de las 9:00 p. m., una víctima transgénero fue atacada cuando un grupo de tres sospechosos hispanos, dos hombres y una mujer, de 18 a 25 años, se le acercaron. Uno de los sospechosos dijo: “¡No queremos gays aquí!”.
Los sospechosos rodearon a la víctima y procedieron a apuñalarla varias veces. Huyeron del área en un sedán Honda blanco y Daniela fue trasladada a un hospital donde se recuperó de las heridas.
Uno de los atacantes, Gabriel Orellana. Integrante de la Mara Salvatrucha fue acusado de un cargo de agresión que produjo lesiones corporales graves en relación con aquel ataque, según el fiscal de distrito asistente Richard Ceballos
“Es una gran verdad, las más fuertes agresiones contra las mujeres transgénero vienen de los latinos, y no solo son ataques verbales, sino también físicos”, expresa Julia. “A un amigo gay que me acompañó a comprar papel de baño una noche, le abrieron la cabeza con una lata de cerveza… Lo agredieron solo por ser transgénero…, le llamaron mar*con, j*to, ching*en a su madre… Ese es nuestro diario vivir”.
Lamentablemente, en 2022 ya se han visto al menos 31 personas transgénero muertas a tiros o asesinadas por medios violentos a nivel nacional en Estados Unidos, y la mayoría de estas personas eran mujeres transgénero negras y latinas.
En 2021, la Campaña de Derechos Humanos rastreó un número récord de incidentes mortales violentos contra personas transgénero y de género no conforme, con 50 muertes investigadas.
Esta publicación cuenta con el apoyo de fondos proporcionados por el estado de California, administrados por la Biblioteca del estado de California en asociación con el Departamento de Servicios Sociales de California y la Comisión de Asuntos Americanos de Asia y las Islas del Pacífico de California como parte del programa Stop Hate. Para denunciar un incidente de odio o un crimen de odio y obtener apoyo, visite https://www.cavshate.org/.