Marcha del Pueblo: tres reflexiones  

No existe tal cosa como “derecha democrática” en México que adhiera el principio básico del consentimiento mayoritario de la población

El 27 de noviembre el presidente Obrador realizó una marcha del  Ángel de la Independencia al Zócalo de la Ciudad de México.
El 27 de noviembre el presidente Obrador realizó una marcha del Ángel de la Independencia al Zócalo de la Ciudad de México.
Foto: RODRIGO OROPEZA / AFP / Getty Images

El domingo 27 de noviembre el pueblo de México protagonizó otro capítulo histórico en el marco del gobierno que dirige el Presidente Andrés Manuel López Obrador, y que ha sido bautizado –por los propios convocantes y algunas fracciones de la prensa nacional– como “Marcha del Pueblo” o “Marcha de la Transformación”. Trátase naturalmente de un tópico ineludible. Y en este sentido, la propia relevancia del evento instala el ánimo de compartir algunas reflexiones sobre este ejercicio cívico torpemente catalogado por la derecha como “la marcha del ego presidencial” (aunque es evidente que tal caracterización no resiste un análisis mínimamente apegado a la honestidad intelectual). 

  1.  Anunciada, sí, por el propio Presidente, a la marcha asistieron –según estimaciones oficiales– cerca de 1 millón 200 mil personas; una concurrencia ciudadana solo equiparable con las convocatorias más nutridas de la historia del país –por cierto, algunos de tales episodios también emplazados por el actual mandatario. Y hoy, como antes, estas congregaciones masivas responden a la voluntad general del movimiento obradorista y no al capricho unipersonal del dirigente, tal como ha explicado muy elocuentemente la analista Violeta Vázquez-Rojas. Y ello explica la dimensión superlativa de la movilización. De hecho, el apoyo al Presidente rebasó las fronteras nacionales. Las paisanas y paisanos en Estados Unidos –e incluso en Europa– se movilizaron en apoyo a la “Marcha del Pueblo”. En ciudades como Chicago, Los Ángeles, Nueva York, Atlanta, Houston, Zúrich, hubo expresiones de aliento y concentraciones multitudinarias. Miles de mexicanos en todo el mundo apoyaron y acompañaron la jornada de movilización. Estos antecedentes conducen a una conjetura ineluctable: lo que mejor hace el obradorismo es movilizarse en las calles, y ninguna fuerza política, ni presente ni pretérita contiende en ese renglón.
  2. Naturalmente, esta “voluntad general del movimiento obradorista” no la ven –ni por asomo– la oposición y los medios tradicionales porque sencillamente sus categorías de análisis no contemplan variables tales como “pueblo” o “ciudadano raso”. Todo lo juzgan a partir de las presuntas veleidades del “líder” o “caudillo” –espejismos–, negándole categóricamente la racionalidad, humanidad y legitimidad ideológica a la vasta militancia del movimiento. Arguyen que la marcha fue una simple demostración de músculo para medir fuerzas al más puro estilo de un “macho” (sic); o llanamente descalifican y dicen que se trató del “ego” del autócrata apoltronado en Palacio Nacional que “emula a los priistas autoritarios del pasado” y a los líderes fascistas. También hemos visto cómo las derechas en sus diferentes espacios y outlets –desde figuras conspicuas del conservadurismo hasta cibernautas furibundos– desautorizan a los manifestantes con epítetos clasistas tales como “patarrajadas” o “acarreados”. De todo lo anterior se desprende otra enseñanza: no existe tal cosa como “derecha democrática” en México que adhiera el principio básico del consentimiento mayoritario de la población. A lo sumo, existe la “derecha institucional”, y aun en ese departamento –tan asiduos al fraude electoral– carecen de certificación.
  3. Juan Carlos Monedero asegura que esta marcha evidenció que México entró al relevo de aquel no tan lejano impulso popular que vivió el subcontinente en la primera década del milenio. Y no se equivoca. Si bien algunos de los gobiernos de la llamada “marea rosa” acabaron con altos índices de aprobación, lo cierto es que lograron tal hazaña en una época de bonanza y prosperidad económica (precios altos de los commodities). Ninguno de los gobiernos progresistas de la actualidad ha conseguido mantener el nivel de popularidad y capacidad de convocatoria del Presidente Andrés Manuel López Obrador, sobre todo en el actual contexto de crisis, pandemia, guerra e inflación. Y, como advierte otra vez Violeta Vázquez-Rojas, esta aprobación perseverante debiera ser materia de estudio en los países del sur. Y hay muchas hipótesis al respecto: por ejemplo, que las conferencias mañaneras mantienen la organicidad del vínculo entre el gobierno y la base social. Sin embargo, y después de testimoniar la marcha histórica del 27 de noviembre y las siete horas de extenuante caminata –codo a codo, hombro a hombro– de millones de personas, estamos obligados a recoger la siguiente lección: la fuerza del obradorismo radica en el “ras de suelo”.

Twitter: @arsinoeorihuela

*Enlace en Estados Unidos del INFP Morena