“Estamos olvidados”: Habitantes de Salamanca despiden a víctimas de la masacre en campo de futbol
Tras el ataque algunos negocios no abrieron, hubo escuelas sin alumnos y patrullas que poco a poco se han ido retirando del lugar
La incertidumbre se suma al duelo y a la sensación de abandono. Crédito: Mario Armas | AP
Un estallido de cohetes rompe el silencio y sube al cielo como señal de luto. En esta ocasión el sonido no anuncia fiesta, sino rabia y dolor. Once féretros blancos avanzan por calles estrechas de Salamanca, cargados por familiares y vecinos que caminan entre lágrimas.
Son once velorios al mismo tiempo, once casas marcadas por la ausencia de jóvenes que el domingo habían salido a ver o a trabajar en un partido de futbol, y que ahora reciben el último adiós.
La escena se repite frente al templo y en las viviendas: globos blancos, veladoras encendidas, fotografías apoyadas en los ataúdes. En los cortejos, motocicletas acompañan a pie a las familias, mientras los cohetes siguen tronando durante el día como una forma de decir que aquí murieron inocentes.
“No puede ser que vengan a generar violencia en un pueblo tan tranquilo”, dice una comerciante, con la voz quebrada, mientras observa pasar otro funeral.
A partir de testimonios recabados por sitios como La Silla Rota, vecinos y familiares coinciden en que el ataque fue indiscriminado. “Dispararon al que se moviera”, relata José Moreno, tío de Carlos Alejandro Moreno, músico que amenizaba el encuentro.
Afuera del velorio, recuerda que su sobrino había sido contratado para llevar el sonido a la final del torneo. “Estaba trabajando y lo mataron”, dice, a punto del llanto. El joven estudiaba negocios internacionales en Irapuato, tocaba la batería en el grupo familiar Reencuentro Norteño y soñaba con ser médico.
Moreno cuenta que el cuerpo de Carlos Alejandro quedó tendido junto a su camión. Cree que intentó esconderse, pero no alcanzó. “Yo llegué corriendo y lo vi ahí, sin vida”, relata. En su memoria se mezclan las imágenes del partido tranquilo de horas antes con el caos posterior: cuerpos en el campo, un guardia muerto a un costado, una joven tendida cerca de la cancha. “Había cuerpos por todos lados”, repite.
De acuerdo con El Sol de Salamanca, la comunidad amaneció en un silencio inusual. Algunos negocios no abrieron, hubo escuelas sin alumnos y patrullas que se retiraban conforme se llevaban los últimos cuerpos.
Habitantes dicen que escucharon los disparos, pero nadie salió. “Nadie quiere acercarse”, comenta un vecino. El campo permaneció cerrado y vigilado, con rastros visibles de lo ocurrido: ropa manchada de sangre, botellas tiradas, veladoras encendidas sobre la tierra.
Entre quienes despiden a las víctimas está la familia de Carmen. Una de sus tías recuerda que casi no iba a esos partidos. “Ayer fue y le tocó la mala suerte”, dice mientras acomoda un arreglo floral. Otros familiares prefieren no dar su nombre, pero coinciden en que las víctimas eran muchachos de trabajo y de casa. “Eran chavos inocentes, con sueños, y aunque agarren a los que los asesinaron, ¿quién nos los regresa?”, pregunta una vecina.
En otra vivienda, el ataúd blanco de Luis Alberto, “Betito”, está rodeado de rezos. Estudiaba y quería entrar a la industria automotriz. Sus hermanas lloran en silencio mientras amigos entran y salen para despedirse. Más adelante, un mariachi canta en el velorio de Carmelita, porque así lo pidió la familia, aunque la herida siga abierta y muchos deban volver a sus puestos de trabajo entre sollozos.
Los partidos en el campo privado de la zona suelen ser punto de reunión para familias enteras que conviven con música, comida y bebidas. Vecinos recuerdan que esa tarde todo era normal: risas, niños corriendo y aficionados sentados en el pasto. “Nadie se imaginó que algo así pasara en una actividad sana”, dice un habitante, aún incrédulo.
La incertidumbre se suma al duelo y a la sensación de abandono. “Estamos olvidados”, resume José Moreno, mirando al cielo mientras otro cohete estalla.
La agresión, que dejó once personas muertas, fue atribuida por autoridades a una masacre y a la versión de una pugna entre dos cárteles, una explicación que los habitantes escuchan con distancia mientras concentran su atención en despedir a los suyos y exigir justicia.
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