Teotihuacán, la violencia más allá de los carteles
El agresor no eligió una fecha al azar para actuar, lo hizo el 20 de abril, el día del nacimiento de Adolf Hitler
Un integrante de la Policía Estatal de México vigila la zona arqueológica de Teotihuacán, luego de reabrir sus puertas al público bajo un fuerte dispositivo de seguridad. Crédito: Mario Guzmán | EFE
El pasado 20 de abril, lo que debería haber sido una jornada de admiración cultural en Teotihuacán, uno de los sitios históricos más emblemáticos de México, se convirtió en un escenario de pesadilla. Desde lo alto de la Pirámide de la Luna, un agresor comenzó a disparar a decenas de turistas, incluidos niños. El saldo fue de dos personas fallecidas, incluido el atacante que decidió suicidarse, y 13 heridos de diversas nacionalidades.
Pero lo que hace que este ataque sea aún más escalofriante no es solo el lugar donde se cometió sino la naturaleza del perpetrador: un joven de 27 años, Julio César Jasso Ramírez, cuya mente parece haber sido atrapada por una ideología de odio ajena.
Este evento enciende alarmas que el país no puede ignorar. Durante años, la narrativa de la violencia en México ha estado monopolizada por los carteles de la droga y la guerra por el territorio. Pero el ataque en Teotihuacán nos enfrenta a un monstruo distinto: el fanatismo radicalizado y el fenómeno del “copycat” o imitador.
El agresor no eligió una fecha al azar para actuar, lo hizo el 20 de abril, el día del nacimiento de Adolf Hitler y el aniversario de la masacre de Columbine. Al portar imágenes generadas por inteligencia artificial donde se proyectaba junto a los asesinos de Colorado y realizaba saludos nazis, Jasso no solo buscaba matar; buscaba inscribirse en una tradición global de terroristas que encuentran en el odio una razón de ser.
Por otra parte, este ataque hiere a México de forma muy especial porque nunca antes se había cometido una agresión de esta naturaleza en un centro cargado de tanto simbolismo histórico como Teotihuacán. Y, por si fuera poco, la tragedia ocurre a menos de dos menos de dos meses de que México sea uno de los anfitriones de la Copa del Mundo. A nivel internacional, la pregunta ya no es solo si el gobierno mexicano podrá contener a los carteles, sino si podrá detectar a un “lobo solitario” en las sombras de internet.
Las autoridades enfrentan ahora un desafío mayúsculo. No se trata solo de blindar cada sitio arqueológico con militares sino de entender la psicopatología del odio moderno. La prevención de estos ataques no ocurre en los arcos de seguridad, sino en la detección de comportamientos erráticos, en el monitoreo de comunidades extremistas.
El gobierno no podrá solo con esta tarea titánica. Se necesita una sociedad que deje de normalizar el discurso de odio y que aprenda a identificar las señales de alerta: el aislamiento extremo, la obsesión con masacres históricas y la adopción de simbologías supremacistas.
Lo ocurrido en la Pirámide de la Luna es una cicatriz que tardará en cerrar. Si México aspira a ser el anfitrión de una fiesta global en unas semanas, debe demostrar que es capaz de proteger no solo sus fronteras y estadios, sino también el tejido social para evitar que sus propios jóvenes se conviertan en verdugos.
María Luisa Arredondo es directora de Latinocalifornia.com y autora del libro “La vida después del cruce”.