Ucrania convierte un avión soviético en una nave nodriza de drones interceptores
Ucrania logró adaptar un avión de la era soviética en una plataforma para desplegar drones en el frente de batalla
Los drones desplegados desde los aviones Antonov An-28 pueden interceptar a aeronaves rusas Crédito: Shutterstock
La guerra en Ucrania lleva años siendo un laboratorio de innovación militar sin precedentes, y una vez más Kiev acaba de sorprender al mundo entero. Esta vez no con un misil de última generación ni con tecnología importada de Occidente, sino con algo mucho más inesperado: un viejo avión de transporte soviético reconvertido en una plataforma lanzadora de drones. Sí, como lo lees.
El protagonista de esta historia es el Antonov An-28, un bimotor de transporte ligero heredado de la era soviética que, en principio, nunca fue diseñado para combatir. Sin embargo, en manos ucranianas, este aparato acaba de dar un salto cualitativo que está llamando la atención de analistas militares en todo el mundo.
El An-28 ya cazaba drones con metralleta, pero Ucrania quiso ir más lejos
Antes de llegar a la fase de nave nodriza, el An-28 ya tenía un historial impresionante en el frente. Las fuerzas ucranianas habían instalado una ametralladora rotativa M134 Minigun en la puerta lateral del avión, convirtiéndolo en una especie de cañonero ligero capaz de derribar drones enemigos a corta distancia. Con ese método, las tripulaciones reportaron más de 70 derribos iniciales y, según datos más recientes, la cifra escaló hasta 222 drones rusos neutralizados usando armamento de cañón.
Pero eso no fue suficiente para los ingenieros y militares ucranianos. La lógica de la guerra los empujó a preguntarse: ¿y si en lugar de disparar directamente, el avión pudiera lanzar sus propios drones interceptores desde el aire? La respuesta a esa pregunta cambió todo.
El avión que “dispara drones” en pleno vuelo
Lo que Ucrania ha logrado con el An-28 es, técnicamente, algo que no tiene muchos precedentes en combate real. El avión fue equipado con puntos de anclaje externos bajo sus alas, capaces de portar hasta seis drones interceptores por misión. A bordo, un sistema óptico permite a la tripulación detectar objetivos visualmente antes de proceder al lanzamiento.
Los drones que se lanzan desde estas plataformas incluyen modelos como el P1-Sun, desarrollado por la empresa ucraniana Skyfall, y el AS-3 Surveyor, del sistema estadounidense Merops. Una vez desplegados, estos interceptores persiguen y destruyen drones enemigos —principalmente los Shahed iraníes usados por Rusia— de forma autónoma o guiada. El piloto ucraniano Tymur Fatkullin lo describió con una frase que lo resume todo: “Es básicamente un misil aire-aire barato”.
La ventaja táctica de este método es enorme. Al lanzar los interceptores desde altura y con la velocidad añadida del avión, se reduce el tiempo de reacción y se aumenta el alcance efectivo de cada dron. Además, el An-28 puede operar desde pistas improvisadas gracias a su capacidad de despegue y aterrizaje corto (STOL), lo que lo hace extremadamente flexible para desplegarse en distintos puntos del frente sin depender de infraestructura aeroportuaria convencional.
La organización Wild Hornets —uno de los grupos de desarrollo de drones más activos de Ucrania— también confirmó que su propio interceptor Sting fue lanzado desde un An-28 durante una misión de combate real. Esto demuestra que el concepto no es exclusivo de un solo fabricante, sino que se está convirtiendo en una plataforma abierta para múltiples sistemas de interceptación.
La economía como ventaja estratégica: más barato no significa menos letal
Uno de los elementos más fascinantes de toda esta innovación es la lógica económica que hay detrás. Rusia produce miles de drones Shahed al mes a un costo relativamente bajo, pero aun así superior al de los interceptores ucranianos fabricados localmente. Ucrania ha entendido que la guerra moderna no siempre la gana quien gasta más, sino quien gasta mejor.
Convertir un avión soviético —que de otro modo podría estar oxidándose en un hangar— en una plataforma funcional de combate anti-dron tiene un valor estratégico doble: reduce costos y reutiliza activos existentes sin necesidad de esperar suministros del extranjero. En 2025, Ucrania fabricó más de tres millones de drones a lo largo del año, casi el triple que en 2024, según confirmó el propio ministro de Defensa Denys Shmyhal. Esa capacidad productiva, combinada con plataformas de lanzamiento aéreo como el An-28, multiplica exponencialmente el poder de defensa disponible.
El coronel Vadym Sukharevsky, comandante de la Fuerza de Aviones No Tripulados de Ucrania, lo resume con una frase que se ha vuelto doctrina: “robots primero”. Y lo que está pasando con el An-28 es, precisamente, la materialización de esa filosofía: poner la tecnología no tripulada en el centro de cada decisión táctica.
Lo que Ucrania está construyendo con el An-28 no es solo una solución de emergencia improvisada. Es el embrión de una nueva doctrina de combate aéreo distribuido, donde múltiples capas de defensa —aviones, drones interceptores, sistemas terrestres— trabajan de forma coordinada. En un mundo donde los drones son cada vez más rápidos, más baratos y más difíciles de derribar, la capacidad de lanzarlos desde el aire representa una ventaja que otros ejércitos del mundo ya están mirando con mucha atención.
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