¡Un gran error! Por qué no debes limpiar la cerilla de los oídos
Pocas rutinas de higiene están tan universalmente aceptadas como la de introducir un hisopo en el oído para retirar la cerilla
Mujer utiliza hisopo para la limpieza del oído. ¡Error! Crédito: Andrii Medvediuk | Shutterstock
Cada año, millones de personas en todo el mundo acuden a consultas de otorrinolaringología con un problema que, en la mayoría de los casos, ellas mismas han provocado: la acumulación patológica de cerumen por un intento de limpieza doméstica mal ejecutado.
Según la Academia Americana de Otorrinolaringología, el uso inadecuado de bastoncillos de algodón —los llamados cotton swabs o hisopos— es una de las causas más frecuentes de obstrucción del conducto auditivo externo y de perforación de la membrana timpánica en países desarrollados.
A pesar de esta evidencia, el hábito de “limpiar” el oído en la ducha o tras el baño sigue siendo una práctica extendida y arraigada culturalmente.
Una costumbre no recomendada
Pocas rutinas de higiene están tan universalmente aceptadas como la de introducir un hisopo en el oído para retirar la cerilla. Sin embargo, los especialistas llevan décadas advirtiendo de lo contrario: ese gesto cotidiano y aparentemente inofensivo puede causar daños severos e irreversibles en uno de los órganos sensoriales más delicados del cuerpo humano.
El cerumen —nombre científico de la cerilla— no es suciedad. Es una sustancia producida de forma natural por las glándulas ceruminosas situadas en el tercio externo del conducto auditivo. Su composición, una mezcla de lípidos, proteínas, lisozimas y ácidos grasos, le confiere propiedades antimicrobianas, lubricantes e hidrofóbicas. En otras palabras: repele el agua, mata bacterias y hongos, y mantiene la piel del canal auditivo flexible y saludable.
Pero el oído se limpia solo. El canal auditivo externo está dotado de un sistema de autolimpieza pasivo denominado migración epitelial. Las células de la piel del conducto se desplazan lentamente desde la membrana timpánica hacia el exterior, arrastrando consigo el cerumen viejo, las partículas de polvo y los restos celulares. Este proceso funciona de manera continua y silenciosa, de modo que, en condiciones normales, la cera llega sola a la abertura del oído y se desprende de forma natural —a menudo durante el sueño o al mover la mandíbula al masticar o hablar.
Interrumpir este mecanismo con bastoncillos tiene un efecto paradójico: en lugar de extraer el cerumen, lo empuja hacia el interior del conducto, compactándolo contra la membrana timpánica. El resultado es un tapón de cerumen, una de las causas más comunes de hipoacusia transitoria, acúfenos (pitidos en el oído), sensación de presión y mareos.
¿Qué ocasiona la limpieza no natural?
Tapón de cerumen. El bastoncillo empuja la cera hacia el tímpano, compactándola y bloqueando el canal auditivo.
Mayor riesgo infeccioso. Al retirar el cerumen, se eliminan sus propiedades antimicrobianas, exponiendo el canal a bacterias y hongos.
Microabrasiones. El roce del bastoncillo genera pequeñas heridas en la piel del conducto, puertas de entrada a infecciones.
Riesgo de perforación. Un movimiento brusco o inesperado puede perforar la membrana timpánica con consecuencias permanentes.

Cuando la limpieza se convierte en lesión
Más allá del tapón, los riesgos del uso de bastoncillos se extienden a patologías de mayor gravedad. La piel del conducto auditivo externo es extremadamente fina y sensible; el simple roce repetido de algodón sobre su superficie genera microabrasiones que, aunque imperceptibles, sirven de puerta de entrada a bacterias como Pseudomonas aeruginosa o Staphylococcus aureus, responsables de la otitis externa, una inflamación dolorosa que en casos severos puede extenderse al hueso.
El riesgo más grave, no obstante, es la perforación timpánica. Un movimiento brusco o un empujón accidental —un niño que corre, una mascota que salta— puede hacer que el bastoncillo atraviese la membrana del tímpano, causando dolor agudo, sangrado, pérdida de audición y, en algunos casos, daño en los huesecillos del oído medio. Aunque muchas perforaciones cicatrizan solas, algunas requieren cirugía y pueden dejar secuelas auditivas permanentes.
A esto se suma el llamado círculo vicioso del rascado: al limpiar el oído en exceso, la piel pierde la capa protectora que le proporciona el cerumen, se vuelve seca y pruriginosa, lo que genera la sensación de necesitar limpiar de nuevo. Cuanto más se limpia, más picor se produce, y mayor es la dependencia del bastoncillo.
¿Qué dice la ciencia?
Las guías clínicas de las principales sociedades de otorrinolaringología del mundo —incluyendo la Sociedad Española de Otorrinolaringología (SEORL) y la American Academy of Otolaryngology— son unánimes: los bastoncillos no deben introducirse en el conducto auditivo. Algunos fabricantes han añadido advertencias en sus envases, y varios países han debatido su regulación.
La evidencia científica respalda que la gran mayoría de personas no necesita ningún tipo de limpieza activa del oído. El cerumen solo se convierte en un problema clínico en un porcentaje minoritario de la población —personas mayores cuya migración epitelial se ralentiza, usuarios de audífonos, individuos con canales auditivos estrechos o anomalías anatómicas— y en esos casos el tratamiento debe ser siempre realizado o supervisado por un profesional sanitario.
Definitivamente: ¿qué se debe hacer?
- Limpiar únicamente la parte externa (el pabellón auricular) con una toalla húmeda, sin introducir nada en el canal.
- Utilizar ablandadores (solo si hay exceso). Si tiendes a generar mucha cera, puedes consultar con un especialista sobre el uso de agentes ablandadores como gotas de aceite mineral o glicerina.
- Si se sospecha de tapón o molestias persistentes, acudir al médico o enfermería; existen irrigaciones y soluciones ceruminolíticas seguras.
- Evitar también velas de oído, jeringas caseras de alta presión u otros métodos populares sin aval científico.
- Consultar con un especialista si aparece picor, sensación de taponamiento, dolor o cambios en la audición.
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