El último Mundial de Norteamérica

El torneo que debía exhibir la consolidación de Norteamérica terminó mostrando su fractura; el 1 de julio, la administración de Trump rechazó extender el TMEC

México y Canadá ya no son tratados por EE.UU. como socios de un proyecto común.

México y Canadá ya no son tratados por EE.UU. como socios de un proyecto común. Crédito: Paul Sancya - Archivo | AP

El Mundial de 2026 terminó con una fotografía cargada de simbolismo. En el estadio de Nueva York-Nueva Jersey coincidieron los líderes de los tres países anfitriones: Donald Trump, Claudia Sheinbaum y Mark Carney. Estados Unidos, México y Canadá aparecieron juntos durante la presentación del trofeo, como correspondía a las naciones que organizaron el primer Mundial verdaderamente norteamericano. Sin embargo, aquella imagen de unidad regional ocultaba una realidad muy distinta. Mientras los tres mandatarios compartían el escenario, el proyecto político, económico y geopolítico de Norteamérica comenzaba a desmoronarse.

Cuando los tres países obtuvieron conjuntamente la sede, el Mundial fue presentado como la celebración de una región integrada. El torneo representaba un espacio unido por cadenas productivas, infraestructura, comercio, inversiones, migraciones y vínculos sociales. Después del TLCAN y del TMEC, parecía confirmar que Norteamérica podía proyectarse como un bloque frente al mundo.

La paradoja es difícil de ignorar. El torneo que debía exhibir la consolidación de Norteamérica terminó mostrando su fractura. El 1 de julio, la administración de Trump rechazó extender el TMEC por otros 16 años en sus términos actuales. El tratado no ha desaparecido: seguirá vigente hasta 2036 y será revisado anualmente, a menos que los tres gobiernos acuerden antes su extensión. Pero Washington puso en marcha una década de incertidumbre y abrió la puerta a arreglos más bilaterales, asimétricos y subordinados a los intereses estadounidenses.

México y Canadá ya no son tratados como socios de un proyecto común. Son países a los que Washington exige concesiones en materia de aranceles, reglas de origen, fronteras, migración y seguridad. La integración económica continuará porque las cadenas productivas no pueden desmontarse fácilmente. Sin embargo, la idea de tres naciones construyendo conjuntamente una región ha sido reemplazada por una fórmula mucho más cruda: Estados Unidos fija las condiciones y sus vecinos deben adaptarse.

Esto no significa necesariamente el fin de la integración. Podría anunciar algo más ambicioso y peligroso: el tránsito de una integración norteamericana, formalmente basada en reglas compartidas, hacia la reorganización de todo el hemisferio bajo el mando de Washington. No sería una comunidad entre iguales, sino una estructura vertical de subordinación. Estados Unidos definiría las amenazas, establecería las prioridades y decidiría cuánto margen de soberanía pueden conservar los demás países.

Trump anticipó esta orientación desde antes de regresar a la Casa Blanca. Sus referencias a la adquisición de Groenlandia y a Canadá como posible estado número 51 fueron presentadas como provocaciones o excentricidades. En su discurso inaugural del 20 de enero de 2025 ordenó rebautizar el Golfo de México como “Golfo de América” y aseguró que Estados Unidos recuperaría el Canal de Panamá. No eran ocurrencias inconexas. Eran piezas de una nueva imaginación imperial.

Esa visión quedó formalizada en la Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre de 2025. El documento colocó al hemisferio occidental en el centro de las prioridades de Washington y proclamó un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe. “América para los americanos” reaparece con su significado histórico más descarnado: América para los intereses estadounidenses. El objetivo es excluir a potencias rivales —particularmente China— y asegurar el predominio estadounidense sobre infraestructura, puertos, rutas, recursos estratégicos y cadenas de suministro.

En esta arquitectura, la designación de los cárteles como organizaciones terroristas extranjeras cumple una función crucial. La decisión transformó el marco mediante el cual Washington interpreta el narcotráfico. Ya no se presenta únicamente como una actividad criminal que debe enfrentarse mediante la cooperación policial, sino como una amenaza terrorista a la seguridad nacional. La designación no autoriza por sí misma el uso de la fuerza, pero amplía los instrumentos financieros, judiciales, migratorios y de inteligencia disponibles y fortalece los argumentos políticos para emprender acciones extraterritoriales.

La guerra contra los “narcoterroristas” puede convertirse así en el gran pretexto para disciplinar al continente. Bajo el argumento de combatir cárteles, migración irregular, tráfico de personas y corrupción, Estados Unidos puede ampliar su influencia sobre fronteras, puertos, corredores comerciales, telecomunicaciones, sistemas financieros, recursos energéticos y minerales estratégicos. No hace falta anexar territorios para dominarlos. En el siglo veintiuno, el control también se ejerce mediante aranceles, sanciones, vigilancia, inteligencia, amenazas y acuerdos de seguridad negociados bajo presión.
Los cárteles constituyen una amenaza real. Pero su designación como terroristas también proporciona a Washington un enemigo extraordinariamente funcional: transnacional, difuso, permanente y localizado precisamente en territorios y corredores de enorme valor estratégico. Una guerra sin fronteras contra un enemigo sin fronteras puede utilizarse para justificar una intervención igualmente expansiva.

Por eso la clausura del Mundial puede leerse como un presagio. Los tres países organizaron el torneo y sus mandatarios estuvieron presentes en la ceremonia de premiación, pero Donald Trump asumió el papel más visible. Bajó al terreno de juego y acompañó a Gianni Infantino durante la entrega de medallas y la presentación de la Copa del Mundo. La escena parecía resumir el nuevo orden continental que Washington pretende construir: los demás participan; Estados Unidos dirige.

El Mundial terminó. Tal vez también terminó, como aspiración política, la idea de Norteamérica. El TMEC todavía existe, pero su espíritu trilateral se desvanece. En su lugar emerge un proyecto de integración continental construido no sobre la cooperación, sino sobre la fuerza. Adiós al Mundial. Quizá también adiós al TMEC y a Norteamérica como bloque regional. Bienvenida la integración de América, pero bajo vigilancia, presión y subordinación. Y, como en la clausura de la FIFA, Donald Trump ya se colocó en el centro del escenario para entregar la copa y proclamarse director del continente.

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