Música popular

Había conocido, enterito, a un Papa, Juan Pablo II, cuando vino a Colombia. Pero algo le faltaba a mi hoja de vida: conocer a las hermanitas Calle, los íconos de la música guasca o de carrilera, pura poesía montañera, popular.

La carrilera llega a los pueblos donde escasean Neruda, Rubén Darío, Vallejo, Quevedo y Villegas, Valéry. Nadie los echa de menos.

Hace poco las oímos cantar en vivo con inspirado acento: “Estoy oji hundido, en los meros huesos, todito culiseco de tanto sufrir, y vos, jarretona, echando barriga, durmiendo con otro y burlándote de mi”.

Con esa música crecí en mi niñez en Montebello, Santa Bárbara e intermedias, pueblos de Antioquia. Mi padre enamoró a mi madre con esas melodías. Soy música de carrilera que ronca.

La velada transcurrió en el viejo barrio bogotano de La Candelaria. Buses a todos los barrios. Damas no pagan. Agotada la boletería. Hasta retratos tomé. (Aprovecho el paréntesis para confesar que escuchándolas se me “piantó” más de un lagrimón).

El escenario no fue precisamente una cantina atiborrada de borrachitos besuqueadores que al final niegan la cuenta. No, cantaron en la clausura del Festival Centro, auspiciado por la Alcaldía de Bogotá, en el teatro de la Fundación Gilberto Alzate Avendaño, llamada así en memoria y homenaje a personaje que fue candidato presidencial y un escritor para quitarse el sombrero y hasta la cabeza.

La velada transcurrió a palo seco. Ni falta que nos hizo el trago para escuchar al dueto que irrumpió hace 47 años, según contó Fabiola Calle.

El teatro queda en la ciudad vieja, cerca de donde el poeta José Asunción Silva se suicidó disparándose un nocturno en el corazón. Cerca están la casa donde nació el “Divino” Vargas Vila, quien tuvo el extraño honor de esta prohibido para todo católico, y la Biblioteca Luis Ángel Arango que alguna vez le arrancó expresiones de admiración a Susan Sontag.

Las pinturas de gordas que cuelgan del museo Botero, escucharon encantadas – y gratis- el promocionado concierto. Porque lo podemos llamar así, sin ruborizarnos.

Vimos y escuchamos al 50% de las Hermanitas Calle, de Ciudad Bolívar, Antioquia, donde nacen los argentinos del suroeste. En 2003 Nelly, la otra hermanita, se abrió del parche de la vida. (“Hermanitas Cállense”, les dice cierta envidiosa oposición).

Mary Cañas la remplaza con todos los juguetes. Algo se comió que la puso maluquita ese domingo. Pero se alivió cantando: “Si no me querés, te corto la cara, con una cuchilla de esas de afeitaaaar…”.

Hubo asistencia miti-miti: mitad jóvenes, mitad proustáticos. Todos unidos por el cordón umbilical de la carrilera, llamada así porque en el antier, a los discos de 78 rpm (revoluciones por minuto, para los que acaban de llegar a la vida) los transportaban en ferrocarril.

Lo cuenta la musicóloga Ofelia Peláez, quien se proclama “gamín de ferrocarril” porque en sus años tiernos se la pasaba montando en estos bellos cachivaches.

Los discos eran producidos en Nueva York y Medellín por los Bedú, como les decían, y Ramírez Johns. Del resto se encargaban los vendedores y su majestad el tren.

No pude quedarme en el teatro para escuchar a los Goldes Boys con quienes bailamos en nuestra “jodentud”. Tenía que regresar rápido al cambuche a ponerme la bolsita de agua caliente para mitigar esa enfermedad incurable que nos nivela por lo alto a ricos y arrancados, ateos y plomeros: la nostalgia.

Dimos las gracias y nos volvimos noche en la tarde bogotana al ritmo de: “Gaviota traidora, si estás decidida, no lo pienses tanto, y echate a volar”.