La justicia que vino del hielo

Los dioses del Olimpo parecen haber abandonado a Grecia a su propia suerte, y ponen oídos sordos a los ruegos del primer ministro Lucas Papademos, que encabeza un gobierno nacional encargado de sacar al país del abismo del Hades. El parlamento aprueba un nuevo plan de ajustes mientras estallan los motines en las calles, porque Europa, con cara de pocos amigos, exige extraer sangre de donde ya no la hay.

“No podemos vivir a base de promesas que se repiten una y otra vez”, dice Jean Claude-Juncker, hablando en nombre de los países de la Unión Europea, que demanda más acciones concretas, más recortes presupuestarios, más reducciones de salarios y pensiones, más desempleo, pues de lo contrario las llaves de la cañería se mantendrán cerradas y los 130,000 millones de euros comprometidos para salvar a Grecia de la quiebra, no fluirán. La quiebra, que significaría el exilio político y económico, fuera de la zona del euro, fuera de las salvaguardas de la banca mundial, todas las ventanillas del crédito clausuradas, un país apestado, bajo cuarentena, que tendría que inventar de nuevo su moneda.

Pero frente a la historia de una catástrofe hay siempre otra historia salvadora. Basta trasladarse de las aguas cálidas del mar Egeo a las aguas congeladas del mar de Groenlandia para encontrarse con el ejemplo aleccionador de Islandia. Mito o realidad, muchos invocan la experiencia de la pequeña isla de hielos eternos, un país donde los banqueros enriquecidos en base al fraude y la especulación, y causantes de la crisis que ha sacudido al país, sí pagan por sus culpas en la cárcel, y si han huido al extranjero con sus valijas colmadas de dólares y euros, son diligentemente extraditados.

Hasta hace poco, Grecia e Islandia eran paraísos, cada uno en su propia dimensión. No se extrañe uno de los paraísos en Europa. Hay campesinos en Alemania o en Bélgica que recibe un cheque mensual del estado para que no cultiven alimentos y se dediquen a cuidar el paisaje que se extiende por los prados que atraviesan los trenes de alta velocidad y las autopistas; hace algunas décadas, cuando Grecia era un socio feliz de la comunidad europea, los agricultores cosechaban miles de toneladas de tomates que luego debían enterrar en zanjas abiertas con excavadoras, para que los precios no se desplomaran. Recibían un subsidio, pero se llenaban de frustración al ver cómo el fruto de su labor volvía de semejante manera a la tierra.

Islandia tiene poco más de 100 mil kilómetros cuadrados, y una población un poco mayor de 300 mil habitantes. Hasta antes de la crisis que se desencadenó a finales de 2008, el ingreso per cápita era de cerca de 56 mil dólares, séptimo en la lista de los primeros diez países más ricos del mundo; ahora ese ingreso se ha desplomado a 38 mil dólares.

Lo que cuenta la historia aleccionadora es que en 2008 Islandia se declaró en bancarrota. Sobrevino una inflación galopante, la devaluación de la moneda, la insolvencia para pagar hipotecas y deudas de consumo. Los banqueros habían desquebrajado las bases de la floreciente economía, floreciente de manera bastante artificial, como sucede siempre con esos booms basados en la especulación y en el engaño que hace que los ciudadanos se crean ricos, todos armados de una tarjeta de crédito platino, y dueños de tres automóviles, y casas de campo y casas de playa; éste último es sólo un ejemplo, ya se sabe que las costas de Islandia no son como para tenderse a tomar sol.

Igual que en Grecia, la deuda externa de Islandia superaba varias veces a su Producto Interno Bruto. El Fondo Monetario Internacional se dispuso a prestarle más dinero, pero las protestas en la calle hicieron caer al gobierno a comienzos de 2009, sin un solo disparo, por supuesto, unas protestas en las que me imagino, participaron 300,000 manifestantes, es decir, toda la población de la isla. Unos indignados muy eficientes. Hubo elecciones parlamentarias de emergencia y se escogió un nuevo gobierno que de inmediato tomó la medida de pagar la deuda de 3,500 millones de euros, Holanda e Inglaterra los mayores acreedores. Pero se trataba de un pago que sería cargado a los ciudadanos a un plazo de 15 años, al 6% de interés anual. A esto se le llama amablemente “socialización de las pérdidas”.

Pero nadie estaba dispuesto a pagar los platos rotos, y el nuevo gobierno fue obligado a someter a referéndum la decisión. 93% votó por el NO, con lo que no me he equivocado al decir que aquellas manifestaciones congregaban a los 300.000 habitantes de la isla. El Fondo Monetario Internacional, muy prudentemente, hizo mutis por el foro. Eran manifestaciones pacíficas, sin armas de fuego, pero a los banqueros les tiraban huevos podridos cuando los veían por las calles. ¿Cómo hacían para reconocerlos? Seguramente por la calidad de sus trajes y de sus corbatas. Fue cuando empezaron a darse los órdenes de captura contra los especuladores financieros que se habían embolsado ganancias astronómicas.

Los ciudadanos decidieron también que debía aprobarse una nueva Constitución Política, y para redactarla se eligió a 25 ciudadanos independientes y honestos, sin ligas con los grandes intereses financieros. ¿Puede todo esto suceder de verdad? ¿Qué la gente se revele por unanimidad contra las iniquidades, que los delincuentes bancarios vayan a la cárcel, y que existan 25 justos capaces de escribir, sin ataduras, la nueva carta fundamental de un país que ha decidido no dejarse engañar más?

Banqueros que se hacían préstamos millonarios a ellos mismos, y prestaban sin garantías a empresarios privilegiados, compinches suyos, a los líderes de los dos partidos políticos más tradicionales de Islandia, que se habían alegremente enriquecido, a los parlamentarios, un promedio de 10 millones de euros por cabeza para que todos estuvieran contentos. Los banqueros ofrecían suntuosas fiestas con estrellas internacionales del rock, y caviar y champaña, todo, ya se sabe, a costillas de los ahorrantes y depositantes. Estos señores y sus cómplices están entre las rejas, y los bancos fueron quitados de sus manos.

Ésta es la historia feliz. La historia trágica es la de Grecia. La moraleja es que la democracia funciona, y los villanos son derrotados, cuando la gente quiere, y lo manifiesta en altas y claras voces.