Pensando en el periodismo

“¿El poder para qué?”, se preguntaba un expresidente colombiano. En Colombia, en el caso de los periodistas, el poder es para darnos coba, y felicitarnos varias veces al año. La primera celebración -la clásica- es el 9 de febrero, día de Santa Apolonia, virgen y, por tanto mártir, invocada contra los dolores de muela. Es tan efectiva como la anestesia.

Un 9 de febrero apareció la primera edición del Papel Periódico de Santa Fé de Bogotá. Lo dirigía un cubano que no era beisbolista, ni sonero: era carpintero, inicialmente. (Si sabes dónde está su tumba, favor reportarlo).

Nuestro hombre, Manuel del Socorro Rodríguez, había venido al país sonsacado por el virrey Ezpeleta quien en La Habana quedó descrestado con su inteligencia. Y con las eróticas camas que hacía, supongo.

El otro día del periodista se conmemora el 4 de agosto. Se escogió en homenaje al prócer Antonio Nariño, editor del periódico La Bagatela y traductor de los derechos del hombre.

El periodismo es un destino no solo para ganarse la vida. También es un oficio para ganar la vida, según el profesor Tomás Eloy Martínez, novelista y periodista argentino. Tiene razón y le sobra para escuchar tangos más allá de las estrellas, porque ya es carne de eternidad.

Siempre he pensado que esta profesión es la mejor forma de vivir en período de prueba. Y la más animada de ser pobre pero honrado.

Y si además, de buenos periodistas fuéramos buenas personas, como lo planteaba el maestro polaco del oficio Ryszard Kapuscinski, “más mejor”.

Mi primer contacto con el periodismo ocurrió cuando vendía el periódico El Colombiano los domingos, en la plaza principal del municipio de La Estrella, a tres rosarios al sur de Medellín.

Sospecho que el oficio se me fue metiendo por ósmosis, por debajo del sobaco, lugar donde los voceadores de prensa solíamos colocar el periódico.

A través de esa prosaica presa, el sobaco, el oficio de voceador se fue convirtiendo en profesión, tic, obsesión, ojalá apostolado. Todo eso es el periodismo.

La aspiración es no fallarle a un destino tan bello, exigente, creativo. Y el ideal es lograr que siempre que nos lean, los lectores se queden con algo positivo en su disco duro.

Una pintura está terminada cuando el espectador la aprecia, dicen los ‘máistros’ de obra. Y los de pintura, como Picasso. De igual manera, uno se gradúa de periodista cuando lo leen, oyen, ven.

Si el tiempo es oro, hacérselo perder a quienes nos gradúan de periodistas, sería un pecado mortal que amerita paila mocha.

En mi caso, lo único que me incomoda de este destino, como le dice mi madre, es no haberlo hecho mejor.

A estas alturas del partido de mis días, le pongo el desaparecido papel carbón, a lo dicho por don Luis María Ansón, exdirector de la agencia española Efe, donde alguna vez hice turnos de fin de semana, cuando el titular se emborrachaba: “Hago periodismo para ser querido, no odiado”.

Algo parecido dijo un señor que redacta muy bien, García Márquez: “Escribo para que los amigos me quieran más”.