Lin y la política de las superestrellas
La noticia más resonante en Cambridge en el último mes ha sido Jeremy Lin, el graduado de economía de Harvard que sorprendió a la Asociación Nacional de Básquet (NBA por su sigla en inglés) cuando surgió “de la nada” y de la noche a la mañana se convirtió en una verdadera estrella, que le permitió a los New York Knicks, un equipo perdedor, asestar una serie improbable de victorias.
El éxito de Lin es delicioso, en parte porque contradice tantos prejuicios culturales sobre los atletas norteamericanos de origen asiático. Expertos pasmados que no supieron detectar a Lin en su momento han estado diciendo cosas como “no proyectaba esta imagen”. La integridad obvia y la gracia de Lin le valieron seguidores también fuera del deporte. Todo el mundo tomó nota y a Lin se lo retrató en la tapa de Sports Illustrated en dos números consecutivos. La NBA, que desde hace un tiempo intenta fortalecer el reconocimiento de la marca y el interés en China, está exaltada.
Me confieso un gran admirador de Lin. De hecho, mi hijo adolescente viene idolatrando las habilidades y la ética laboral de Lin desde que se destacaba en el equipo de Harvard. Pero, en mi carácter de economista que observa la furia desbordante del público frente a quienes pertenecen al “uno por ciento”, o los individuos con ingresos excepcionalmente altos, también veo una faceta diferente de la historia que ha sido ignorada.
Lo que me asombra es la aceptación displicente por parte del público de los salarios de las estrellas del deporte, comparado con su baja consideración por las superestrellas de los negocios y las finanzas. La mitad de los salarios anuales de todos los jugadores de la NBA superan los dos millones de dólares, más de cinco veces el umbral para el 1% superior en materia de ingresos de hogares en Estados Unidos. Dado que superestrellas de larga data como Kobe Bryant ganan más de 25 millones de dólares al año, el salario promedio anual de la NBA supera los 5 millones de dólares. De hecho, el salario de Lin, 800,000 dólares, es el “salario mínimo” de la NBA para un jugador en su segunda temporada. Es de suponer que Lin pronto estará ganando mucho más, y sus admiradores aplaudirán.
Sin embargo, muchos de estos mismos admiradores casi con certeza dirían que los CEO de las compañías del índice Fortune 500, cuya compensación mediana ronda los 10 millones de dólares, cobran un salario ridículamente excesivo. Si un jugador estrella de básquet reacciona un segundo más rápido que sus rivales, nadie tiene problema con que gane más por cada partido de lo que ganan en un año cinco operarios de fábricas. Pero si, digamos, a un operador financiero o a un ejecutivo corporativo le pagan una fortuna por ser mínimamente más rápido que sus competidores, el público sospecha que no lo merece o, peor aún, que es un ladrón.
Los economistas durante mucho tiempo estudiaron la economía de las superestrellas en campos donde una compañía puede influir marcadamente en las decisiones de un número reducido de individuos, dándoles un valor que alguien que, digamos, tala árboles como el legendario Paul Bunyan, no tiene. Pero la economía política de qué niveles de diferencias de ingresos los países tolerarán sigue siendo un territorio inexplorado.
Por supuesto, existe una cierta lógica en el desdén de la población por las compensaciones de las superestrellas fuera de los deportes profesionales y el entretenimiento. Este es el caso particularmente en algunas áreas de las finanzas que son esencialmente juegos de suma cero, en los que la ganancia de una persona es la pérdida de otra. Hay otras áreas, como la tecnología, en las que alguien como el difunto fundador de Apple, Steve Jobs, podría decirse que ofrece una innovación y una calidad reales, en lugar de simplemente contratar abogados y cabilderos para mantener una posición monopólica.
Como admirador del básquet, no describiría el deporte como un juego de suma cero, aunque un equipo gane y otro pierda. Los mejores jugadores tienen un inmenso don creativo. Pero también lo tienen algunos jugadores de “básquet callejero” que se destacan por sus volcadas; quizá porque no son lo suficientemente altos para competir, prácticamente no ganan nada.
¿Los admiradores toleran los monumentales ingresos en el mundo del deporte porque los jugadores son modelos de rol? Muchos ciertamente lo son, pero no todas las celebridades del deporte altamente remuneradas son ciudadanos ejemplares. Michael Vick, un mariscal de campo estelar de la Liga Nacional de Fútbol de Estados Unidos, tuvo que pasar un tiempo en prisión por dirigir una operación despiadada de lucha de perros, y los arrestos de jugadores con cargos que van desde la posesión ilegal de drogas y armas hasta la violencia doméstica ocurren con regularidad.
Y en el campo de juego o en las cortes se producen infracciones graves todo el tiempo. Pensemos en el famoso cabezazo de Zinedine Zidane en la Copa Mundial de fútbol de 2006. En la propia NBA, un jugador estrella, Ron Artest, fue suspendido por el resto de la temporada de 2004 después de dirigirse a la tribuna y pelearse con los fans que abucheaban durante un partido (Artest cambió su nombre por Metta World Peace, tal vez como respuesta a aquel episodio).
Es más, los equipos deportivos seguramente hacen cabildeo con los gobiernos con la misma agresividad que cualquier empresa importante. El deporte profesional es un monopolio legislado en la mayoría de los países, y los principales equipos obtienen estadios gratuitos y otros privilegios en las ciudades que los albergan. De hecho, la historia de Lin, debería recordarse, surgió a partir de una enorme disputa laboral entre los propietarios multimillonarios de la NBA y sus jugadores millonarios por la división de los casi 4,000 millones de dólares de la liga en ingresos anuales -más que el ingreso nacional de muchos países.
Como postuló el difunto economista de la Universidad de Chicago Sherwin Rosen, la globalización y las cambiantes tecnologías de la comunicación han hecho que la economía de las superestrellas sea importante en una diversidad de campos. Esto es ciertamente válido en el deporte y el entretenimiento, pero también en los negocios y las finanzas.
Le deseo a Lin una larga y exitosa carrera como superestrella, aunque ya habrá tenido un enorme impacto cultural aunque su éxito termine siendo meteórico. Es de esperar que, mientras los norteamericanos de origen asiático siguen quebrantando barreras en otros terrenos -todavía no son muchos los que ocupan puestos de CEO en las empresas, por ejemplo-, estas superestrellas en ascenso sean recibidas con similar aclamación.
Si el público no está feliz con los elevados ingresos de las superestrellas, el remedio obvio es mejorar el sistema tributario, inclusive para los poderosos dueños de los equipos deportivos, muchos de los cuales se benefician de grandes exenciones impositivas en sus trabajos cotidianos. ¿Quién sabe? Con un campo de juego más nivelado, las superestrellas fuera del deporte y el entretenimiento podrían sentirse un poco más valoradas.