Libertad de ‘Ublime’
Quién lo creyera, pero a una cubana de padres franceses, Justina Jannaut, le debemos los colombianos la música del Himno Nacional. El autor de la letra, Rafael Núñez, la concibió inicialmente como canto a su Cartagena del alma.
Otra caribe, Shakira, cantando ante los presidentes reunidos en la reciente Cumbre presidencial de las Américas, modificó ligeramente la letra. Internet se encargó de publicitar el hecho. Y la crucificamos.
Los ilustres visitantes de América ni se enteraron. Daría esta vida y la otra por saber cómo le tradujeron al presidente Obama el lapsus de la novia de Piqué, el defensa del Barcelona. De pronto, traducido a otro idioma, salga una letra mejor.
Aunque tiene sus devotos, la poesía de Rafael Núñez es de elocuente pobreza francisca. El himno sirve para llorar cuando estamos fuera del país. O cuando el piloto anuncia desde la cabina que entramos en cielo colombiano. Allí radica su “gloria inmarcesible”.
La memoria le metió un gol olímpico a Shakira quien le cantó a la “libertad de Ublime”, en vez de a “la libertad sublime”. En su página, trataron de enmendar el yerro y la barranquillera cantó a la “libertad de sublime”. Tampoco. De todas formas, yo la perdoné. Casi la felicito por olvidar esa letra tan poco convincente.
En Colombia, después del Credo, lo primero que nos empacan en el disco duro en nuestra niñez es la letra del himno con todo y sus gerundios vitandos: “Nariño predicando” y “mortal el viento hallando”. Desde kínder aprendemos que la música es de Oreste Sindice, un profesor de solfeo italiano que había quebrado con su empresa operática.
En vez de regresar a los espaguetis, Sindice se dejó seducir por la cubana Justina. Para ir atando cabos, digamos que fue ella la que lo convenció de que le pusiera música al himno del que los colombianos decimos, sin dársenos nada, que después de La Marsellesa, de Francia, es el más bello.
En principio, a Sindice le parecía un despropósito musicalizar una canción que incluía “versos” de este calibre: “La virgen sus cabellos arranca en agonía y de su amor viuda los cuelga de un ciprés”.
Pero algo convincente ocurrió debajo de las cobijas y Sindice accedió a la petición de su cubanita, según contaba el escritor e historiador David Sánchez Juliao.
Dios hizo a Núñez y a Oreste Sindice. Los juntó un burócrata bogotano de media petaca, don José Domingo Torres. Su gran audacia: ser amigo del presidente Núñez.
Actualmente, para halagar al presidente Santos, los aspirantes a una migaja del poder, se dejan ganar al póquer, su pasatiempo preferido. Como Torres decidió que había que cepillar a Núñez, tomó la letra de una composición que compuso aquel para cantarle a la independencia de Cartagena en 1811.
Faltaba la música. Ahí estaba Sindice. De convencerlo, Torres encargó a la cubanita.
Ese menjunje de letra inverosímil, barroca, rebuscada, con una música marcial que es la que nos hace llorar, fue lo que se cantó en 1887, primero en Cartagena y luego en Bogotá en el Palacio de San Carlos, residencia del entonces presidente Núñez.
Pero solo se convertiría en Himno Nacional el 28 de octubre de 1920.
Desde entonces “padecemos” la letra. Utilizo el arzobispal “padecemos” porque si hay algo que “lengua mortal” no puede digerir fácilmente es la prosa del mandatario bígamo como le decía la oposición.
Sin ninguna originalidad propongo, como hicieron en España, abrir un concurso para una letra menos barroca. Hay mucho poeta suelto que lo haría mejor.