Una ignorancia peligrosa
Este Día de la Tierra se celebra en medio de un año electoral, el cual el debate sobre el calentamiento global es uno de los temas que divide a demócratas y republicanos. Para unos es una cuestión económico-regulatoria, para otros es un tema de salud y ecología.
Hasta aquí todo bien. El problema es cuando en esta discusión surgen los escépticos de la ciencia, que cuestionan la base ya reconocida universalmente de que la erosión de la capa de ozono -que protege el planeta de dañinos rayos solares- se debe a la emisión de dióxido de carbono. El aumento de unos grados en la temperatura terrestre derrite los polos, eleva las aguas y afecta el clima de una manera difícil de predecir con certeza. Pero los posibles escenarios proyectados son muy preocupantes.
Hay teorías que dicen que el calentamiento global es un ciclo natural de la Tierra, entre las eras de frío y calor, o aseguran que lo peor ya pasó ante las fluctuaciones de temperatura entre un año y otro. Son muy pocos en el mundo, incluido los científicos, que no creen que la actividad humana tiene un impacto en el clima ante los continuos estudios de los cambios de temperatura y su impacto.
Es lamentable que la mayoría de los escépticos están en Estados Unidos y agrupados en el Partido Republicano. Hay un sector partidario que tiene un desdén antiintelectual y científico. De esta manera, una educación en una buena universidad puede ser catalogada de elitista y se prefiere creer que el mundo tiene 10 mil años de antigüedad a la teoría de la evolución y los millones de años que tomó la formación de nuestro planeta.
En este caso, el escepticismo tiene también una justificación económica. A un importante sector empresarial le preocupa el costo que tendrán las regulaciones destinadas a controlar la emisión de gases contaminantes, por eso es uno de los principales opositores de la teoría científica. Ellos son los que pagan por estudios de dudoso valor científico que niegan lo aceptado por todo el mundo. Esta actitud escéptica es similar a la tomada durante mucho tiempo por la industria del tabaco que, con estudios pagados por ella misma, negaba la relación entre el cigarrillo y el cáncer.
Creemos que esta postura de cerrar los ojos a los daños que se producen al medio ambiente es peligrosa porque impide tomar medidas para resolver el problema. El pasado demuestra que se pueden tomar medidas que tienen efectos positivos directos. Un ejemplo es la lluvia de ácido que en la década del setenta fue un serio problema en el noreste del país cuyo impacto ha disminuido gracias a medidas concretas para hacerle frente.
Pero para solucionar problemas, primero hay que reconocerlos. Para ello se requiere una visión corporativa a largo plazo en busca del interés común, de esta manera no tendrá que promover una peligrosa ignorancia.