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Entre riesgos y esperanza

La crisis de Europa conociendo ahora, amenaza con tener intensas y prolongadas repercusiones en la economía mundial

Quizá lo único que resulta claro para mucha gente -en medio de las voces estridentes y el ruido constante- es la confusión ante el panorama que presenta la Europa de hoy. No es para menos. Indiscutiblemente el más importante proyecto económico y político de fines del Siglo XX e inicios del Siglo XXI ha sido el forjamiento de la Unión Europea. La crisis, tal y como la estamos conociendo ahora, amenaza con tener intensas y prolongadas repercusiones en la economía mundial.

Las causas son múltiples y complejas. No se pueden reducir solamente a factores simples, producto de lo cual no se pueden tener las soluciones “mágicas” que este mundo, cada vez más acelerado, demanda.

En resumen, no es posible simplistamente atribuir la causalidad fundamental al déficit de los presupuestos estatales. Es cierto que esto influyó en el caso griego. Pero no es menos verdad que España tenía superávit. De allí que un primer rasgo estructural sea la atadura de las deudas y los mecanismos financieros de los gobiernos a los circuitos financiero-especulativos de los mercados internacionales.

No debemos olvidar que las crisis no perjudican a todos. Lo hacen normalmente para una gran mayoría, pero existen sectores -generalmente minoritarios- que se benefician de las inestabilidades y de las “caídas de bolsa” de las crisis bursátiles cada vez más frecuentes.

A partir de esta situación se hace evidente que Europa no puede seguir atando sus procesos financieros, de recurrencia en financiamiento a los gobiernos -y a los “rescates” de los bancos como ahora en junio se plantea en España- mediante intensas correas de transmisión con los circuitos financieros especulativos. Hacerlo es establecer tasas de interés móviles que son manejadas por calificadoras de riesgo. Es reforzar los mismos mecanismos que han hecho de la deuda latinoamericana, para poner un ejemplo, una cinta de carrera estacionaria, sin terminación que pueda predecirse.

Desatar los fondos de los gobiernos europeos de los circuitos especulativos es un primer factor para una solución más en el sentido coyuntural. Otro elemento también de carácter inmediato es que el Banco Central Europeo asuma su papel de tal, como apoyo de última instancia. No se trata de populismos de baja monta ni nada que se parezca. El argumento central aquí reside en que se establezca una política contracíclica. Es decir que las épocas de austeridad presupuestal sean aquellas en las que la economía se dinamiza bien: buen crecimiento, inflación controlada e intensa generación de empleo.

En las crisis, la austeridad propicia el agravamiento de condicionantes. Exactamente aquello que se desea evitar: un mayor descenso en la actividad productiva con su cauda de mayor desempleo. Eso lo están teniendo que pagar caro las fuerzas políticas conservadoras que se han hecho con el gobierno en España. Al final era inevitable, el rescate bancario se imponía por montos que pueden rebasar los 70,000 millones de euros. Todo ello en un escenario que -se repite- partió de superavit en el presupuesto de gobierno y en un país en donde se han fugado al menos 65,000 millones de euros desde noviembre pasado.

Hasta aquí dos elementos para salir de la coyuntura: apartarse de los circuitos especulativos y desarrollar el papel del banco central. A ello abría que agregarse un tercer aspecto: el bono único europeo. Una medida a la que la Canciller Ángela Merkel se ha opuesto constantemente. Este mecanismo con el respaldo continental, no concentraría el riesgo en los países en crisis y por ello generaría confianza y consecución de recursos frescos. A la vez que se trata de subsanar la situación fiscal se trabaja en medidas de alcance permanente.

¿Cuáles serían entonces las medidas más estructurales, de más largo aliento, en la solución del actual problema europeo? Avanzar en la conformación estricta de la fase de unión económica para el Viejo Continente. Europa no puede solamente mantener fortalecida la política cambiaria y monetaria con el euro, lo que ha sido un logro muy importante pero insuficiente.

Debe establecer, con seriedad efectiva, la coordinación fiscal de los gobiernos. El problema es que esto toca los intereses de corto plazo de los líderes políticos de turno, quienes rara vez se resignan a lo efímero de sus protagonismos. No establecer una consistente coordinación fiscal amenazará siempre con naufragar los esfuerzos integracionistas que con tanto esfuerzo se han construido en Europa.

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