Los niños van al Capitolio a pedir la reforma migratoria

A su corta edad hablan ilusionados con legisladores en Washington, sobre una reforma migratoria
Los niños van al Capitolio a pedir la reforma migratoria
Decenas de menores acudieron al Congreso para clamar por una reforma migratoria y el fin de las deportaciones.
Foto: La Opinión - Antonieta Cadiz

WASHINGTON, D. C.— Daisy tiene 9 años. Hace 4 ó 5 que no ve a su padre. “Lo echo de menos, pero no me acuerdo de su cara”, dice mientras mira a su alrededor en la cafetería del edificio Longworth, en el Congreso de Estados Unidos. Faltan pocos minutos para una reunión con el legislador Paul Ryan (R-WI) y ella está lista.

Son niños, pero se han unido a una conversación muy seria, una que corresponde a adultos o incluso a jóvenes y que ahora acapara la atención de Washington. Cuesta creerlo, pero la mayoría de los niños que llegan al Capitolio, entiende muy bien lo que es una deportación. Lo comprenden y saben que su futuro está en juego. Decenas han acompañado a diversas organizaciones pro inmigrantes para clamar por una reforma migratoria y el fin de las deportaciones. Es una rutina que pocos conocían, pero que ya se está haciendo familiar.

Entran por la mañana a algunos edificios del Congreso, vestidos con sus mejores prendas y tratando de disminuir los nervios. Pero cuando llega el momento de hablar, todo cambia. “Yo sé que les estamos pidiendo algo duro. Hay muchas lágrimas en todo esto. Te conmueve el corazón, porque lo están viviendo en carne propia”, comenta Christine Neumann, directora ejecutiva de Voces de la Frontera, organización de Wisconsin que trasladó a ocho niños al Congreso.

“Pienso que es importante que hablen, que los vean. Tienes que ser hecho de hielo para no conmoverte. Queremos recordarles que esto no es simplemente un debate político, sin consecuencias humanas, sino que hay personas en su estado, familias, que necesitan esta reforma migratoria”, asegura.

A primera vista, cuando explican por qué decidieron ir al Congreso, las palabras de los niños son las mismas que utilizan los adultos en sus sesiones de cabildeo. “Estoy acá para decirles a los congresistas que apoyen una reforma migratoria. Yo sé que ese es el sueño de millones de familias”, dice Leslie Flores, de 11 años.

Pero quien indaga un poco, se da cuenta de que hay un compromiso emocional fuerte en los menores. No son solo palabras enseñadas. “Mis papás no tienen documentos. Eso significa que no pueden viajar ni votar. Me gustaría que los tuvieran, así podría ver a mi abuelita. Nunca la he visto. Ella vive en México”, comenta Leslie.

“Me preocupa que no tengan documentos porque sé que pueden ser deportados. Si los deportan, se van a ir y no podrán volver. Me da miedo…. Yo no sé si nunca los voy a ver”, dice, casi sin poder hablar con las lágrimas.

Para algunos, ésta no es la primera vez en el Congreso. Julia (12 años) ya ha estado antes aquí y la de hoy es una de las muchas actividades en las que ha participado desde pequeña para luchar por los derechos de los inmigrantes.

Sin embargo, hoy insiste en que no se trata solo de acompañar a su madre, Claudia Gutiérrez, quien es indocumentada. Ahora la niña está consciente de que esta lucha es de ella.

“Sé que mi mamá no tiene papeles y puede ser deportada a México. Eso es cuando el Servicio de Inmigración te lleva, te hace preguntas y luego inventan una razón para mandarte a tu país”, asegura.

“Me siento enojada. Eso no debiera ocurrir. Pienso mucho en esto, ahora hay más posibilidades que la gente sea deportada. Cuando hablo con los congresistas, es una experiencia que te rompe los nervios. Tratas de que cambie, cuando quizás ellos ya tienen su decisión tomada.

Yo intento hablar con el corazón”, explica.

A su madre, Claudia, le gustaría ver a su hija en otro lugar, en otra situación, pero sabe que las opciones no son muchas. “Se me hace totalmente injusto que un niño de 12 ó 14 años esté pensando en que puede perder a sus padres, cuando ellos en realidad deben estar enfocados en la escuela”.

“Ellos se imaginan que tocan a sus puertas y se llevan a sus padres. No es justo crecer en este país y tener que enfrentar ese miedo. Ellos no tienen una niñez normal”, enfatiza.

Se hace tarde, el grupo ya comenzó a caminar a la oficina de Ryan. Daisy está lista y es una de las primeras en entrar. Quizás le vaya mejor. En una visita previa, le dijo a otro congresista, que habían deportado a su papá y él no le respondió nada. “Eso me dio pena”, dice. Ahora, tal vez sea diferente.