Negocios de piñatas clave para supervivencia de indígenas

Indígenas purépechas luchan por sobrevivir con talleres artesanales
Negocios de piñatas clave para supervivencia de indígenas
Para algunos purépechas en Tijuana, el negocio de las piñatas 'apenas alcanza para la manutención' de familias tradicionalmente numerosas.
Foto: William Camargo / La Opinion

ROSARITO.— Cuando Juan Reyes elabora sus coloridas piñatas en su casa-taller no piensa en qué lugar serán quebradas —en Los Ángeles, San Francisco, alguna ciudad de Texas o incluso en Canadá— solo le preocupa si hará suficientes para alimentar a su familia, integrada por 15 personas.

Hace unos años los pedidos eran de 1,500 unidades para plazos tan cortos como dos semanas. Pero esta mañana apenas entregó veinte figuras a un locatario del mercado Hidalgo en la zona centro de Tijuana, donde los residentes del Sur de California suelen comprar lo necesario para sus fiestas.

“Sale nomás para manutención”, dice este hombre de 54 años que vino a Baja California en la década de 1980, como parte del éxodo de indígenas purépechas que abandonaron las redes de pesca en el lago de Pátzcuaro, en Michoacán, buscando una mejor vida en el norte de México.

Las restricciones del Gobierno y la visión de algunos los condujeron a la elaboración de piñatas. Ya asentados en la colonia Constitución, en el municipio de Rosarito, el oficio se extendió. Actualmente se calcula que unas 300 familias purépechas se dedican a esta actividad.

Sin embargo, la competencia, la crisis y las regulaciones de importación (ya no se permite el paso de piñatas de personajes de Disney o Marvel; solo pueden importar las tradicionales: de animales, estrellas y frutas) han dejado atrás los años en que miles de sus diseños eran rotos en festejos de Estados Unidos. Unos ya consideran pedir empleo en las maquiladoras, donde pagan unos 53 dólares semanales.

Sentado en un colchón percudido y sostenido por tabicones, Reyes, quien es padre de ocho hijos, hace cuentas de cómo sus figuras generan más de los 40 pesos (tres dólares) que él recibe. “Un Santa Claus se está vendiendo en veinte dólares en Estados Unidos”, casi siete veces más, compara.

Jacinto Castillo carga con sus nietos una camioneta tipo Van, modelo 1985 con renos y estrellas. No es que nos gusten [las piñatas], si no que no hay qué más hacer”, dice.

Maricela Hernández es uno de los clientes californianos en ese mercado. Se lleva una piñata en forma de estrella y otra de “Thomas”, ese tren azul que tanto gusta a los niños, que romperá antes de terminar el 2013. “Aquí está más barato y tienen diseños más bonitos”, señala la vecina de San Diego.

Otros fabricantes purépechas hacen trato directo con vendedores y distribuidoras al otro lado de la frontera, pero suelen pagarles todavía menos, 1.50 dólares por unidad. “Tengo un cliente que viene de allá, de Los Ángeles, se lleva ocho, diez piñatas, tiene un negocio chiquito”, menciona Juan Aparicio, en cuya casa se termina a marchas forzadas un pedido de 40 estrellas.

En estas familias purépechas cada miembro tiene una responsabilidad en el proceso de fabricación: cortar moldes, engrapar o pegar, empapelar, picar papel, transportar, en jornadas que suelen ser largas.

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