Es nuestra América

Nadie puede negar el componente hispano de nuestro país por más que vivamos permanentemente en una película angloamericanizada

La cresta de la lengua

La reciente publicación de Our America: A Hispanic history of the United States de Fernández-Armesto, historiador británico, da una excusa para hablar del futuro. Se nos presenta una visión de la historia del país desde el punto de vista del protagonista hispano. Se extrae de la lectura que los hispanos tenemos nuestra propia e independiente historia (de la historia) de nuestro país. Mil detalles de la obra nos educan, pero, al final, al hispano de hoy, más allá de la historia, le toca buscar su sitio en el cruce de su tradición con otra que también naturalmente le corresponde por pertenecer a una nación de raíces anglosajonas: ¿se puede hoy seguir siendo hispano? ¿Debemos transformarnos en anglosajones? ¿O qué?

Nadie puede negar el componente hispano de nuestro país por más que vivamos permanentemente en una película angloamericanizada. La cultura hispana se hizo estadounidense a la fuerza: como efecto colateral de tratados de paz. La historia se puede contar desde la óptica de cualquiera de las culturas que hoy componen nuestra nación, pero la historia de los hispanos no puede ser una más. ¿Importa la historia? Depende. Preguntaba un curioso que por qué se tendría que hablar español en nuestro país (aparte del inglés). La respuesta no requiere de grandes luces. Es parte de la historia misma. Los tratados que formalizaron la absorción de amplias zonas his panas: el de Guadalupe Hidalgo (1848), que integraba el Suroeste, y el de París (1898), que hacía lo propio con Puerto Rico y otros territorios, en ningún apartado decían que se debía dejar de hablar español; muy al contrario, quedaba protegido el mantenimiento de la cultura.

A pesar de lo traumático que pueda parecer, las disputas se resolvían antes a garrotazos y, sin más, una mañana te decían que ya eras parte de otro país. Todo porque alguien había firmado no sé qué no sé dónde. La desfavorable situación no impidió que en nuestra guerra civil pelearan regimientos hispanos que por no saber no sabían ni hablar inglés. Kid Carson daba las órdenes en español.

Es legítimo preguntarse cuánto tiene que compartir un hispano de la historia de los peregrinos anglosajones. Ofende referirse a Nueva Inglaterra y a los puritanos como antepasados cuando el hispano ya llevaba cien años circulando por las planicies. Una cosa es saber la historia y otra ser copartícipe de ella. ¿Y cómo se mide que los hispanos ayudaran a Estados Unidos a independizarse de Inglaterra? Ya que hoy somos parte de la Unión, ¿diremos que ayudamos a Estados Unidos o que nos ayudamos a nosotros? Estar en los dos frentes genera paradojas que nadie estudia y que cuesta asimilar.

Obviando preguntas molestas, nuestra historia ha evolucionado hasta convertirse, entre otras cosas, en la realidad de nuestro voto. Y eso, más que cualquier historia, ya le interesa a todo el mundo.

Lo que nos preguntamos, y ya terminamos, es si el hispano es consciente de la necesidad de hacer acto de presencia social “en bloque”. La historia se puede desconocer, pero, si cabe, habría que dar contenido a una voz común. Si hubo en el pasado una “Nuestra América” de José Martí (1891) en la que se intentaba oponerse al expansionismo de Estados Unidos, hoy existe otra América, que es la nuestra. Contamos y se nos espera.