Por una reforma migratoria

Cada Primero de Mayo se celebra en las comunidades latinas el Día del Trabajador Inmigrante. Esta fecha se convirtió a lo largo de los años en un momento para pedir una reforma migratoria y el respeto a los trabajadores indocumentados, todo esto aprovechando que en Estados Unidos se conmemora en septiembre su Día del Trabajo.

Todavía se recuerda la movilización de millones de personas alrededor, en mayo de 2006, cuando el tenebroso proyecto de ley HR 4437 del congresista James Sensenbrenner amenazaba con criminalizar la estadía sin papeles y cualquier ayuda que se dé a un indocumentado, como llevarlo en auto.

La medida fue derrotada. Esas marchas de entonces mostraron a los estadounidenses la verdadera cara de los inmigrantes. Las familias enteras, empujando el carrito con un niño no tenían nada que ver con la imagen del delincuente peligroso que se pintaba en la Cámara de Representantes.

El Primero de Mayo de 2014 halla a la comunidad inmigrante en un estado de molestia y desesperación. Las únicas realidades detrás de las palabras es que la Administración demócrata —de la que se esperaba una reforma justa— sea la que haya deportado más gente que no era peligrosa. Mientras que muchos republicanos les repugna la idea de una legalización de trabajadores sin papeles.

La desesperación de una situación insostenible es la que lleva a numerosas medidas de fuerza desde la huelga de hambre al desafío frontal contra las autoridades fronterizas de jóvenes y padres que quieren reingresar al país para estar con sus seres queridos.

El sentimiento de este Primero de Mayo es la frustración de estar cerca de una reforma —después de la aprobación del Senado— y tan lejos de ella con la tozudez de la Cámara de Representantes de no aceptarla.

El camino recorrido es largo, pero no hay que desistir porque la causa de una reforma migratoria íntegra es justa para los trabajadores y necesaria para la economía.