Dreamers vuelven a ver a sus familias en México tras 20 años

Estudiantes de California pudieron viajar a México por primera vez
Dreamers vuelven a ver a sus familias en México tras 20 años
Eva Morelos llora durante el reencuentro con su familia.
Foto: Gardenia Mendoza

CIUDAD de MÉXICO – Poco a poco llegaron al hotel del Centro Histórico. Tíos, primos, abuelos, sobrinos, hermanos cuñados y todo tipo de parientes de 15 estudiantes de la Universidad Estatal de California que pudieron regresar a este país después de varias décadas de vivir en Estados Unidos, a donde los llevaron sus padres.

Su condición migratoria les impedía volver hasta que lograron una visa para salir a través del programa Dream Act por razones educativas; en este caso, para tomar un curso de dos semanas de inmersión a la lengua, la cultura y la realidad mexicana en la vecina ciudad de Cuernavaca que se encuentra a 90 kilómetros de la capital mexicana.

“Gracias, gracias por venir”, dice Eva Morelos entre lágrimas mientras abraza a su tía Minerva Luciano quien viajó, junto con seis familiares más, desde Tlapehuala, Guerrero, – a 10 horas de carretera- para ver a su sobrina que se fue a Santa Ana, California, cuando tenía dos años y no había vuelto a ver.

Hoy Eva tiene 23 años, dos carreras universitarias en sociología y desarrollo humano, dos trabajos en el gobierno, un futuro prometedor y ¡mucha tristeza!

“Imagino cuánto le gustaría a mi mamá estar aquí, abrazar a sus hermanas de quien habla todos los días y, sin embargo, no puede venir”, dice atragantada por las lágrimas.

Armando Vázquez Ramos, catedrático del Centro de Estudios Chicanos quien durante 17 años ha promovido el intercambio de alumnos entre EEUU, dice que este grupo es especial porque ninguno había venido a México por su condición de indocumentados.

“Todo estudio en el extranjero es transformador y madura, pero este encuentro con sus raíces los va a transformar para siempre”, cuenta. “Es una oportunidad única que está ofreciendo DACA y se debe aprovechar”.

Juan Manuel Salinas y su hemana Isabel.

Juan Manuel Salinas, de 21 años, mira de lejos a su media hermana Isabel y la alcanza a mitad del restaurante. La abraza, mira con ternura su cabello rizado y la despeina con fuerza como acostumbra hacer con la gente que ama aunque nunca antes la había visto en persona: él vive en el condado de Orange desde los seis y ella en San Gaspar, Jalisco, desde siempre.

“Pensé que iba a sentir raro, pero no, me sentí muy bien”, revela Salinas ante Isabel y otros ocho parientes que volaron durante hora y media para verlo.

“¡Cuánto ha crecido!”, observa el abuelo Manuel Salinas. “Estás igualita”, dice el joven a su tía Josefina Hernández.

Josefina prácticamente crió a Juan Manuel hasta que éste se fue México, cuando los padres del niño trabajaban largas jornadas como bombero y enfermera respectivamente. “Éramos tan cercanos”, recuerda.

Ahí estaba la protagonista de los pocos recuerdos que Miriam Lizeth Hernández tenía de México: su tía Leticia Cedillo, a quien soñaba constantemente en Estados Unidos peleando con su madre porque la primera se comía el corazón de las sandías que ponían a la venta en un puesto de frutas.

“Le conté a mi mamá este sueño y me dijo que no era un sueño sino algo que pasó en realidad antes de irnos de Guadalajara a Los Ángeles, cuando yo tenía cinco años”, cuenta frente a Leticia, a quien ahora puede ver en vivo y a todo color porque se reencontraron en el Distrito Federal.

Leticia, su hermana Teresa y la abuela Gabriela tomaron un autobús durante seis horas para ver a Miriam, la nieta migrante que hoy estudia Ciencias Políticas, Gobierno y Leyes en EEUU.

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