La banalidad del mal

Estamos viendo ejemplos de lo relativamente fácil que es involucrarse en asuntos de suma complejidad como lo es la corrupción o los vínculos con la delincuencia organizada
La banalidad del mal
Julión Álvarez y Rafa Márquez están en un gran problema./Archivo
Foto: Agencia Reforma

Los casos del futbolista Rafael Márquez y del cantante Julión Álvarez referentes a sus presuntos vínculos con el narcotráfico pueden ofrecer muchas lecturas. Una de ellas tiene que ver en cómo entender el porque grandes personajes del deporte y del mundo artístico y político, se han visto envueltos en escándalos de corrupción. Los menciono porque son referentes mundiales y para muchos niños y jóvenes ejemplos a seguir. Sólo por citar algunos ejemplos: Messi y Cristiano Ronaldo en España con temas de evasión fiscal, ligas deportivas acusadas de arreglar partidos, equipos deportivos vinculados con la delincuencia, ni qué decir de la política y los políticos, cuánto se especula acerca de las campañas electorales que han sido financiadas por la delincuencia. Es decir, la corrupción, la trampa y la ilegalidad están por doquier.

Desde luego que no se trata de vestirse del ropaje del moralino y creer que uno es santo, todo lo contrario; se trata de hacer un alto por un momento, en medio de la vorágine, y poner todos los sentidos, sumados a un proceso reflexivo, acerca del rumbo que pueden tomar nuestras vidas, y en sentido ulterior el rumbo que están tomando nuestras sociedades. Sobre todo porque estamos viendo ejemplos de lo relativamente fácil que es involucrarse en asuntos de suma complejidad como lo es la corrupción o los vínculos con la delincuencia organizada.

Aunque lo más fácil es descalificar, agredir, enjuiciar casi como si fuera el juicio final, sería muy interesante conocer a fondo las razones de porque ocurre todo esto en los diversos planos y con diversos actores sociales. Haciendo esto llegaremos a clarificar aunque sea un poco el tema e incluso, tal vez, aminorarla. ¿Qué tanto estamos deseando que esto último suceda? Eso no lo sé.

¿Qué tal si lo que estamos viviendo de modo global y mucho más generalizado es aquello que Hannah Arendt denominó la banalidad del mal? El término banalidad del mal con la que Arendt describió el contexto del proceder de Adolf Eichmann sirvió para precisar que éste sólo obedecía órdenes, sin reflexionar sobre sus consecuencias, torturando y siendo un peón dentro de un sistema de exterminio. Eichmann no tenía conciencia de si estaba bien o mal lo que estaba realizando, él sólo cumplía, lo cual desde luego no le quita su responsabilidad.

Me parece que es aquí justamente donde debíamos hacer un poco de énfasis. ¿Estamos de acuerdo en que es muy probable que estemos configurando y reproduciendo a grandes niveles el sentido pleno de la banalidad del mal? Si aceptamos que sí, entonces. ¿Qué hacer ante ese contexto?

Tal vez en principio debíamos pensar que la corrupción y la delincuencia son parte de un sistema social que interactúa de modo complejo y se reproduce desde sus propios elementos y que aun cuando suponemos que un sistema educativo habrá de contribuir a la conformación de sujetos más conscientes de su contexto, en los hechos esto no sucede del todo, el mismo sistema educativo no se puede sustraer de toda una compleja e interactiva dinámica social. ¿Entonces?

A esto habría que agregar que la ilegalidad, la trampa y la corrupción no sólo se han vuelto banales, además se hace apología de ellos, lo cual conforma una visión mucho más compleja del tema dentro de nuestro sistema de creencias al cual, por cierto, no necesariamente se le combate con leyes más duras o penas más estrictas y sí más, tal vez, mediante un proceso de sensibilización (educación) moral.

Dentro del esquema apologético de la trampa y la ilegalidad se esconde esta forma de buscar sacar ventaja en toda relación como una forma de vida que alimenta nuestro proceder y que tanta gracia le causa a muchos. “Te engañé”. “Ni cuenta te diste pero te fastidié”. “Me los chingué”, son, entre otras más, sólo algunas de las expresiones, hay muchísimas más para dar cuenta de este escenario. La trampa tiene infinidad de matices y una gran diversidad de escenarios, pero destaca la banalidad con la que la percibimos.

Lo que resulta de esta banalidad es una forma de socavar toda forma de convivencia racional, de solidaridad, de respeto y de reconocimiento de la existencia de los demás, de avance y progreso social.

Por David Lara Catalán