El Metro de Los Ángeles por fin cambiará sus infames asientos

La suciedad se acumula en los asientos de tela, que serán pronto de vinilo en la Red Line y la Purple Line

El uso del transporte público es la mejor solución a los atascos y la contaminación, día a día de Los Ángeles.
El uso del transporte público es la mejor solución a los atascos y la contaminación, día a día de Los Ángeles.
Foto: Aurelia Ventura / La Opinión / ImpreMedia

Durante décadas, los asientos de tela de Metro, raros entre los principales sistemas de tránsito de los EEUU, han ocasionado disgustos a los pasajeros. Los usuarios habituales ya saben que comprobar el estado del asiento antes de sentarse en él es imprescindible, pues perfectamente puede estar empapado, lleno de alguna salsa extraña o plagado de bichos. Muchos, directamente, prefieren permanecer de pie.

Aunque los asientos de Metro se limpian a diario, en un sistema que transporta a más de 1.2 millones de viajeros al día, asegurarse de que todos estén limpios es imposible.

Pero no por mucho tiempo.

Tras años de quejas, la Autoridad Metropolitana de Transporte se está preparando para cambiar los asientos de lana y nylon en el metro por un vinilo elegante con un orificio de drenaje para evitar que los líquidos se acumulen. Y es que, como señala Bob Spadafora, el alto funcionario ejecutivo de Metro que supervisa la iniciativa de nuevos asientos, “la tela es como un desarrollo de vivienda para los gérmenes”. 

El cambio primero ocurrirá en la Red Line y la Purple Line, que atraviesan el centro. La agencia no tiene planes inmediatos de descartar la tapicería en sus 2,438 autobuses o cuatro líneas de tren ligero. Pero, si los asientos del metro tienen éxito, la Gold Line podría ser la siguiente.

El cambio de asientos es una de las muchas estrategias que Metro está siguiendo para mejorar la experiencia de los viajes en el condado de Los Ángeles y recuperar a los pasajeros. Y es que los viajes realizados en el extenso sistema de autobuses y trenes han disminuido un 17 % en los últimos cinco años. La escasa frecuencia, la baja velocidad, los números parones y los pasajeros “extraños” no ayudan. Pero los desagradables asientos son la gota que colma el vaso.