Bailarines mexicanos, por hacer del país una capital de la danza

Elisa Carrillo, junto a otros grandes del ballet en México, impulsa la danza como uno de los hitos de México

La mexicana Elisa Carrillo hace historia en el mundo de la danza.
La mexicana Elisa Carrillo hace historia en el mundo de la danza.
Foto: Gobierno de México/gob.mx

MÉXICO – En una noche de mediados del verano, poco después de una exitosa presentación en el Palacio de Bellas Artes, Elisa Carrillo prosiguió con una peculiar celebración  en la terraza de un edificio colonial del centro de la capital mexicana.

Algunos hombres y mujeres poderosos en los negocios, las artes y la política —entre ellos, el empresario Eberto Guzmán; el gobernador del Estado de México, Eruviel Avila y el escultor Sebastian — le prepararon un festejo por su trayectoria internacional que la llevó a ganar el Premio Benois de Danse, el Oscar de la danza, pero, principalmente por su interés en volver a México

“Elisa ha puesto el nombre de México en grande”, se escuchó desde una pantalla proyectada al público presente.

El petit comité, igual que el gobierno federal, apuesta a la bailarina como un detonador para hacer de México una potencia de la danza.

El país vive un momento especial en el baile profesional. Isaac Hernández se convirtió en el primer mexicano en hacerse del Benois seguido por Carrillo, quien lo ganó este 2019, entre otros triunfadores en el extranjero como Amalia Hernández, con su ballet folclórico; Esteban Hernández, hermano de Isaac, bailarín principal del San Francisco Ballet y Mayela Blanco, la primera mexicana en bailar en la Academia del Teatro Bolshoi.

Estos triunfos no han pasado desapercibidos por las autoridades  aunque todos ellos atribuyen sus logros a los esfuerzos individuales porque el presupuesto que dedica el Estado a la danza es muy bajo y no existe una política pública sistematizada que apueste a la danza como distintivo del país.

Elisa Carrillo, por ejemplo, inició sus lecciones en una escuela particular, donde una profesora la detectó como talento y recomendó a la madre llevarla a concursar por un espacio en la Escuela Nacional de Danza Clásica. De ahí ganó una beca para estudiar en Londres, donde la atrajo el Ballet de la Opera de Berlín.

Consciente de la carencia pública, la bailarina creó hace cinco años la Fundación Elisa Carrillo para sustentar a nuevos talentos. “El arte y la cultura son muy importantes para la sociedad. Es algo que desde pequeño uno debe llevar. Tiene que ser parte de nuestro día a día, porque te sensibiliza y te hace un mejor ser humano. Ves la vida de otra manera”, dijo a este diario durante la celebración en la terraza del Centro Histórico.

Días después, se anunció la creación de la Compañía de Danza  en el nuevo Conservatorio de Música del Estado de México con el aval de Carrillo, en quien se han vaciado esperanzas desde 2010, cuando el gobierno federal la nombró Embajadora Cultural; con la actual administración, se le dio el cargo de codirectora de la Compañía Nacional de Danza.

“Deberá fortalecer el quehacer profesional, generar un ambiente de buen trato, así como el impulso de un nuevo proyecto artístico a nivel nacional e internacional”, informó el Instituto Nacional de Bellas Artes en un Comunicado.

Carrillo trajo este año a algunos de los mejores bailarines del mundo como Mikhail Kaniskin, Olesya Novikova, Leonid Sarafanov o  Marcelo Gomes; obras clásicas como Romeo y Julieta, de Leonid Lavrovsky; Paganini, de Marcelo Gomes; Mona Lisa, de Itzik Galili; La creación, de Uwe Scholz; y el pas de deux del ballet Don Quijote, de Marius Petipa.

Bailarines y políticos locales aplauden el nuevo interés y empuje pero consideran que si se quiere hacer de México una potencia en la danza no basta con “colgarse” de la gloria de famosos, sino concretar un Plan Nacional de Danza que incluya a la iniciativa privada.

“Si se quiere más inversión empresarial, se debería otorgar mayores beneficios fiscales para que inviertan en artes escénicas”, alertó el coreógrafo Jaime Camarena. Coincide así el bailarín Hernández.  “La idea es que la danza no sea un acto milagroso que dependa de la vida política, sino un trabajo en conjunto con la sociedad”.