Los discriminados en tiempos de COVID-19

Los discriminados en tiempos de COVID-19
Médicos realizan paro laboral tras recibir amenazas.
Foto: Archivo / EFE

MÉXICO – Durante la última semana de abril, Gabriel Pérez, un médico pediatra y doctor en ciencias con una larga carrera en hospitales públicos, tuvo que salir a atender personalmente a un sin número de familias que pasaron desfilando por la Unidad Hospitalaria Tacuba del Instituto de Seguridad y Servicios Sociales para los trabajadores del Estado (ISSSTE), donde él labora.

“Llegaban por centenas de otros hospitales con sus enfermos sin oxígeno y los teníamos que rechazar porque ya no teníamos ni un solo respirador, ni una sola cama”, cuenta en entrevista con este diario después de una protesta en el Zócalo de la Ciudad de México en plena fase 3 de la pandemia por los derechos laborales y equipo para hacer frente a COVID-19 sin infectarse.

El doctor Gabriel Pérez ha visto el desconcierto, la impotencia, la rabia de las familias de los pacientes con los síntomas de COVID-19. “Se sienten engañados”, pensó.

Por eso las groserías, los insultos verbales, los bañarle en cloro, alcohol u otro tipo de agresiones hasta los golpes que se han documentado en contra de gente del sistema de salud en los hospitales mexicanos.

Nosotros, los médicos, paramédicos, enfermeras, somos los que tenemos que dar la cara por un sistema de salud precario, sin insumos, deficiente, con una cobertura que no alcanza y nos deja en el peor papel, de inhumanos, todo lo contrario de la tarea para la que fuimos formados”.

La mayoría de la gente ignora estas condiciones o no las escucha y va contra ellos. El fin de semana un grupo de familiares que no recibía información de sus pacientes infectados con coronavirus irrumpió en el Hospital Las Américas en Ecatepec, Estado de México y agredió al personal sin saber las limitaciones de éste en cuanto a número y falta de infraestructura para la comunicación.

Recientemente el congreso aprobó una ley a favor de la salud universal que obliga a los hospitales públicos a atender a quienes demanden el servicio. Esto es en la teoría; en la práctica, no es posible. La Unidad Hospitalaria Tacuba, donde trabaja el doctor Gabriel Pérez es una muestra, entre la mayoría.

Foto Cortesía Doctor Gabriel Pérez

Por eso la protesta pública de los médicos frente a la Secretaría de Salud. No fueron muchos para guardar distancia y, sin embargo, ahí estaban con un recamo a sus superiores en plena pandemia: el personal de salud es México es víctima de discriminación por culpa de las autoridades por negligencia, por omisión.

“Nos atacan y estamos muriendo por ello”, precisa el doctor Pérez.

El gremio tiene una vieja lucha para que tener una plaza: el gobierno federal no los contrata: usa outsourcing desde tiempos del presidente Vicente Fox (2000- 2006) para desobligarse de prestaciones. “Vamos a iniciar un proceso penal en su contra”.

El factor ignorancia

Son tiempos de intolerancia a todo lo que huela a coronavirus. De norte a sur del país, según diversas instancias defensoras de los derechos humanos. El denominador: miedo al contagio e ignorancia de los agresores.

Las víctimas: sospechosos de estar infectados, médicos, enfermeros, camilleros, paramédicos atacados en los centros hospitalarios o en la calle o en los sistemas de transporte o en sus propias casas; ancianos bloqueados por las tiendas y supermercados; gente expulsada de su departamento en alquiler; infectados violentados por sus propios familiares.

Tan sólo en la penúltima semana de abril el Consejo Nacional para Prevenir la Discriminación (Conapred)contabilizó un aumento del 34% en las quejas por discriminación relacionada al coronavirus, al pasar de 159 el 20 de abril a 213, el lunes pasado.

El sector más afectado son trabajadores en general (75 casos) seguido por empleados en unidades médicas con 29; clientes de prestadores de servicios, 22; ciudadanos en general, 21; personas mayores, 20; médicos, 17; y personas viviendo en condominio, 11.

Como en los tiempos de la aparición del Sida, el común de la sociedad no conoce a detalle los síntomas y las formas de contagio y toma sus propias medidas, según entiende de manera particular e incluso como empresas.

Conapred documentó el 24 de abril el caso de un adulto mayor en el estado de Jalisco que le negaron el accedo supermercado debido a su edad  y sin tomar en cuenta la necesidad de éste de adquirir sus alimentos y su libre albedrío de tomar el riesgo de no quedarse en casa.

Por esas mismas fechas, en la Ciudad de México, a unos 200 kilómetros al sur, en el estado de Guerrero, un grupo de personas mayoes que pretendían vender sus productos en el municipio de Pilcaya fueron expulsadas de un tianguis por personal del ayuntamiento. “Es por su propio bien”, dijeron.

Más al sur, Mariana, una enfermera del centro de salud en el Istmo de Tehuantepec, Oaxaca, reveló que su profesión le trajo en estos tiempos tres problemas: por vestir el uniforme blanco le impiden el acceso a algunas tiendas; su hijo prefirió abandonar la casa de forma temporal y refugiarse en otro sitio y los choferes de taxis se pasan de largo para evitarla.

La discriminación no siempre implica agresión. Incluso puede ser de manera muy sutil y hasta velada como lo ha padecido el equipo de trabajo de la empresa de repatriados Work Force, a quienes el gobierno consideró ya “empleados esenciales” por ser elementos clave en la  logística de transportación de Estados Unidos Vía remota.

“Rentamos unas oficinas, dimos un enganche de adelanto y ahora el dueño no nos quiere abrir porque cree que acabamos de llegar de EEUU donde el COVID-19 tiene más víctimas”, denunció Israel Concha, fundador de la compañía y de la organización no gubernamental New Comienzos.

El antropólogo social e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), José Alfredo Nateras, considera que las agresiones y la discriminación que se vive actualmente es, en parte, responsabilidad del Estado que no ha logrado una comunicación masiva para que la sociedad comprenda a la enfermedad con todas sus verdades y matices.

“El problema en México es que casi la mitad de la población no tiene acceso a la educación y no hay cultura colectiva ni responsabilidad individual, pero sí suspicacias infundadas como que el coronavirus es una estrategia de control y eso genera reacciones adversas muy peligrosas que hay que evitar”.

En los centros de trabajo 

Las muchachas no caían muy bien desde antes que empezara la pandemia. Eran jóvenes, universitarias y llegaron a mandar porque para eso fueron contratadas en una fábrica de chocolates de 90 empleados montada en la colonia Polanco, una de las de mayor nivel socioeconómico en la capital mexicana.

Muchos de los empleados que llevaban más tiempo haciendo méritos en la empresa pensaban que las jóvenes no merecían el puesto y en los pasillos cuchicheaban con mala leche que su presencia no era más que por favores del dueño. En esas estaban, rumiando el rechazo, llegó una razón real, tangible, para acusarlas: el Covid-19.

Una de ellas cometió la indiscreción de contar a los gerentes un asunto que la aquejaba y el chisme corrió como pólvora: ¡Tiene coronavirus!

La realidad estaba lejos de la conclusión precipitada tras bambalinas. La joven sólo había tomado un Uber cierto día para volver del trabajo a la casa y luego esta compañía le llamó para notificarle que el chofer de la unidad en la cual había viajado dio positivo al coronavirus; por tanto, debía hacerse la prueba.

Los directivos de la empresa de chocolates hicieron cuentas, sumaron, restaron y determinaron que ella sólo necesitaba unos cuantos días en casa para saber si tenía o no la enfermedad porque eso se sabe 15 días después de la exposición al contagio. El cálculo se hizo un viernes y ella volvió a las oficinas el siguiente lunes.

Francisco López, un diseñador gráfico en la firma de Polanco fue testigo indirecto de la medida de “aislamiento”de la chica, de su reincorporación y el maltrato que desde entonces ella sufre por parte de los compañeros de trabajo.

“Es muy evidente el rechazo que hay hacia ella”, cuenta en entrevista con este diario.

Y no es la única. A los pocos días de su regreso, la mejor amiga de la muchacha que tomó el Uber se resfrió y el escándalo fue mayúsculo. “Es una irresponsabilidad de los jefes que la dejen venir”, dicen algunos; “si fuera otro ya lo hubieran corrido”, cuentan otros y cuando el par señalado se acerca al comedor todos huyen como de la peste o del sida.

“Sólo tienen gripa, pero las tratan muy mal”, lamenta López con impotencia.