Recuerdos de un periodista de La Opinión

Un vistazo al interior de un gran diario, obra de un inmigrante

Visita del gobernador Pete Wilson a La Opinión en 1994.  En ese momento, Gerardo López (de saco blanco) era jefe de redacción del diario.
Visita del gobernador Pete Wilson a La Opinión en 1994. En ese momento, Gerardo López (de saco blanco) era jefe de redacción del diario.
Foto: Gerardo López / Gerardo López

Feliz 95 aniversario de La Opinión.

El sueño VIVE.

Mi deseo es que siga viviendo e informando a los latinos radicados en Estados Unidos y “defendiendo las causas nobles”, misión que le impuso su fundador, don Ignacio E. Lozano, un inmigrante mexicano. Este mismo inmigrante había fundado en 1913, el periódico La Prensa, en San Antonio, Texas.

La Opinión salió por primera vez a las calles de Los Ángeles un 16 de septiembre de 1926. Contaba con 12 páginas en dos secciones. Tenía un costo para el lector de 3 centavos.

Ese sueño del fundador me cobijó por muchos años.

Hice mía su misión y con ella me desarrollé y crecí profesionalmente.

Nunca tuve el gusto de conocer al fundador. Pero, extrañamente, siempre sentí su presencia: en la hechura diaria del periódico, en lo que de él y sobre él platicaban los compañeros que fueron sus colaboradores desde el primer día del diario.

Tuve luego la fortuna de contar con el apoyo y confianza de don Ignacio E. Lozano, Jr., hijo del fundador. Me abrió las puertas del diario. Al principio, observó y vio mi trabajo y sentía su dirección en la palabra de don Alfredo González W., quien, todos los lunes, después de su reunión con el señor Lozano, se sentaba frente a mi escritorio, con periódico en mano, y me indicaba lo que le gustaba de lo que hacía y lo que me pedía corregir.

Con el tiempo, tuvo fe en mi. Y durante 27 años, me permitió hacer el tipo de periodismo que, según pasaba el tiempo, pedían y necesitaban los lectores. Un periodismo informativo, de servicio y cívico. Un periodismo que se nutría y crecía en base al respeto y comunicación constante con el lector. Había respeto y empatía. Y los lectores lo sentían y agradecían. Y nos apoyaban cada día en más números.

La misma gentileza del padre la tuvieron para conmigo sus hijos: Lety, Pepe y después Mónica. La única experiencia que tuve de trabajar con el menor de los hermanos, Pancho, fue un verano cuando su hermana Lety lo llevó a trabajar en redacción.

Tuve también la fortuna de aprender mucho en La Opinión.

Siempre y en todos lados he dicho que Cal State Northridge me otorgó una licenciatura en periodismo, pero que en La Opinión obtuve grados más altos.

Don Alfredo González W., Rudy García, Nicolás Ávila fueron maestros que, generosamente, compartieron conmigo cualquier cosa que de periodismo les preguntaba. ¿Dudas sobre la forma de enfocar una nota, publicar o no una fotografía, titular de esta u otra manera? Estos tres colegas me sacaban siempre de dudas y me ilustraban con sus conocimientos y experiencias propias vividas durante decenas de años de hacer periodismo en La Opinión, en español.

La Opinión, para mi, fue siempre una familia. Ese fue el deseo expreso de su fundador, seguido al pie de la letra después por sus descendientes. Todos los que trabajábamos ahí éramos como hermanos.

Pero además de periodismo aprendí mucho de “humanismo”.

El gran maestro en esta materia fue don Horacio Martínez. Fue un ser humano excepcional. Dios debió haber tirado el molde después de haberlo creado. Considerado, amable, con una empatía sin límite hacia todos a su alrededor, como nunca he visto o conocido a nadie más.

Una vez, mientras se recuperaba de un problema médico en un hospital de Thousand Oaks, al entrar a su cuarto lo vi sentado en la cama calculando las horas de trabajo de los empleados del periódico. En su calidad de gerente general, él era el encargado de preparar la nómina salarial.

Detrás de mi, llegó una enfermera al cuarto, quien, al ver al señor Martínez le llamó la atención. Y trajo al médico luego. A éste el señor Martínez le explicó que tenía que terminar la nómina de pago porque los empleados de La Opinión tienen familias que mantener.

“Termine lo que está haciendo y entregue las maletas a este joven para que se las lleve”, recetó el doctor.

Salí del hospital con dos gruesos maletines y la orden expresa del señor Martínez de entregárselos únicamente a Leticia. Obedecí al pie de la letra.

Así era el señor Martínez. Importaba más el bienestar de los empleados de La Opinión. Y todos lo sabíamos. Y no había nadie más querido en el diario.

Y esa querencia hacia los empleados, la proyectaba hacia los lectores, anunciantes, distribuidores y voceadores del periódico. Con el ejemplo, nos hacía entender la parte que formábamos cada uno en la creación diaria de un periódico que, todo ese conjunto de gentes y generaciones, lo ha convertido en una verdadera institución de la comunidad latina radicada en Estados Unidos.

No tuve el gusto de conocer, pero sí escuché a Rudy García hablar de los grandes periodistas de inicio del periódico, como el primer jefe de redacción Regino Hernández Llergo, José Pagés Llergo, José Valadez, Ignacio Herrerías y otros, quienes eventualmente regresaron a México y fundaron publicaciones que existen hasta la fecha: las revistas Impacto, Siempre y Publicaciones Herrerías.

También hablaban con frecuencia de los grandes pensadores mexicanos de la época que colaboraban en La Opinión en sus inicios, como don Nemesio García Naranjo, José Vasconcelos, René Capistrán Garza, Alfonso Junco de la Vega, Victoriano Salado Álvarez y otros.

Otros compañeros a quienes recuerdo con cariño porque vivían la idea del fundador y de sus descendientes de que en La Opinión éramos una familia fueron Andrés Laguna, Polo Ramírez, Pepito Ruteaga, el Chato Cortés, la señora Eva Narváez, Rosita Jordan, Aurora Alfaro, Alberto Basurto, Dr. Octavio Costa, Othón Castillo, Antonio Méndez Lomelí y otros más cuyo nombre se me escapan de momento.

Hubo también excelentes compañeros de trabajo, con una gran variedad de conocimientos y experiencias que, en conjunto, contribuían sus talentos para hacer un periodismo de buena escuela. Y los lectores lo sentían así, y nos apoyaban.

Entre esos compañeros y personas sobresalientes en redacción en diferentes capacidades, recuerdo a Juan José García, José Luis Sierra, Jaime Olivares, Tadeo Guerrero, Pilar Marrero, Jaime Pineda, Maribel Hastings, Mary Ballesteros, Alejandro Balota, Raúl Organista, Roger Rivero, Alberto Macías (Coloradito), Rafael Buitrago, Darío Mora, Josefina Vidal, María Luisa Arredondo, Gabriel Lerner, Antonio Mejías-Rentas, Hugo Valicente, Sergio Muñoz, Hugo Quintana, Jorge García, Ciro César, Emilio Flores, Aurelia Ventura, Francisco Robles, José Carlos Ferreyra, Clara Potes, Katia Ramírez, Carlos Alvarado, Jesús Hernández Cuéllar, Margarita Cervantes, Rubén Keoseyán, Pedro Pulgar, Blanca Ramos, Yezmin Erbes, Silverio Gutiérrez, Manuel Gayol, Norma Aquino, Agustín Durán, Henrik Rehbinder, Armando Guerra, Octavio Gómez, Pompilio Sosa, Alicia Rodríguez, Estela Herrera, y otros más.

Recuerdo también a otros compañeros en diferentes departamentos del periódico como José Valle, Leslie Smith, Carmen Santana, Gil García, Bill Mumaw, Bill Graham, John Stowie, Claudette LaCour, Manny González, Soizic Sacrez, Leslie Fierro, Santos García, Ernesto Icazlbalceta, Rubén Morales y tantos y tantos más cuyos nombres se me escapan de momento.

Fuimos una gran familia en La Opinión. En mis tiempos, fuimos parte de tres generaciones. Ahora existe una cuarta generación, a cuyos integrantes no tengo el gusto de conocer, pero veo que continúan con la misión fundadora de este diario.

En ese grupo hay que incluir a todas las diferentes generaciones de lectores, anunciantes, distribuidores y voceadores del periódico.

Todos formamos la gran familia que hoy celebra el 95 aniversario de fundación de La Opinión.

Muchas felicidades.

¡¡Enhorabuena!!

Gerardo López fue director editorial de La Opinión de 1995 a 2004.