De los videojuegos al reclutamiento criminal: la historia de niños oaxaqueños

A través de consolas de videojuegos como PlayStation, XBox o Nintendo, grupos criminales reclutan a niños en el Estado de Oaxaca, México, para cometer actos ilícitos

Niños son reclutados por grupos criminales a través de videojuegos.
Niños son reclutados por grupos criminales a través de videojuegos.
Foto: Agencia Reforma

MEXICO.- Luis Fernando tomó el control del mando en Tlacolula de Matamoros, Oaxaca. El adolescente de 11 años descendió desde un avión de despliegue, aterrizó y se fue duro y a la cabeza.

Atacó con armas de grueso calibre y explosivos a diestra y siniestra, derrumbo construcciones, mató a quién sabe quién —tal vez civiles—, prendió fuego aquí y allá en una batalla apocalíptica para emboscar a sus contrarios a quienes sacó de edificios y los despojó de sus pertenencias.

La acción fue rápida, en apenas 10 minutos: justo el tiempo que duró el videojuego de superviviencia Free Fire , disponible en cualquier celular Android o iOS, y justo en el tiempo en que a los cárteles criminales les gustaría realizar sus operaciones, según la policía que los analiza.

Luis Angel era un combatiente más de una lista de 49 jugadores gatilleros en una imaginaria isla remota, igual que Rafael, un hombre que pronto se hizo su amigo del oaxaqueño reconociendo las habilidades del jugador oaxaqueño para matar a otros y hacerse de armas y municiones, de Barrets y AKs47.

“Deberíamos estar en contacto por Facebook”, le sugirió. “O por WhatsApp”.

Mientras esta amistad se consolidaba, el gobierno mexicano hacía lo suyo por entrenar en 22 centros de adiestramiento de la Secretaría de la Defensa Nacional a 99,946  guardias nacionales para batallas similares. Pero en el mundo real. 

Construyó 199  cuarteles y reactivó coordinaciones regionales en la Ciudad de México, en Puebla, Chihuahua, Veracruz y Chiapas, en Yucatán y Michoacán. 

Con eso hizo un total de 247 coordinaciones regionales de las 266 que están planeadas para el final del año, incluyendo a Oaxaca, donde Luis Angel estaba cada vez más embaucado por el bando contrario.

La amistad con Rafael (así se llamaba en Facebook) creció con confianza en el mes de agosto de este año y como prueba de ello estaba el apodo en su lista de contactos de WhatsApp: “Moreno”.

Moreno le ofreció trabajo al muchacho en Monterrey cuando aún no era muy claro si las clases de la escuela serían en línea o presenciales debido a la pandemia y los padres andaban en lo suyo, en sus propios mundos. 

Al principio, aclaró el desconocido, no sería para mostrar sus habilidades con el armamento. Sería algo más sencillo, en un cerro: para vigilar los movimientos de la policía,  lo que se conoce como ‘halcón’ en el mundo del crimen organizado. 

“Te pagaremos 8,000 pesos quincenales”, prometió El Moreno.

Luis Ángel rebosaba de entusiasmo y así fue a contarles a dos de sus amigos de la escuela, más o menos de su misma edad, entre 11 y 14 años, que también disfrutaban de asesinar al por mayor en Free Fire, de la empresa, Garena, con sede en Singapur y 80 millones de usuarios.  “Vamos”, coincidieron los chicos.


En tanto, Ricardo Mejía Berdeja, subsecretrio de Seguridad Publica y ciudadana y su equipo descubría en otro rincón del país que, aunque esos juegos dicen que son para mayores de 17 años, no hay ningún control para descargarlo de manera gratuita.

“Cualquiera se puede registrar con un perfil falso, igual que otros caracterizados por violencia, sangre y referencia a drogas que se desarrollan en California, otros en Singapur o en Irlanda”, observaron. 

Para el 8 de octubre, dos meses de primer contacto, los tres adolescentes de Tlacolula de Matamoros dieron el sí a El Moreno, quien les pidió que se pusiueran en contacto con dos mujeres. Una les ayudará a comprar los boletos hacia Santa Lucía del Camino, el primer descanso del camino hacia Nuevo León; la otra, los recibiría en ese destino.

En la terminal de la ADO, los muchachos compraron los boletos con una identidad falsa y pusieron pies en polvorosa. Con el paso de las horas, las familias comenzaron a preocuparse, a sufrir, a tronarse los dedos por la ausencia hasta que consideraron que era tiempo de reportar la desaparición.

En Santa Lucía del Camino, los adolescentes fueron acogidos por Miriam, una de las chicas de confianza de El Moreno y ahí mismo se conectaron a la consola como un preámbulo al mundo criminal de la realidad que los esperaba en el norte del país. 

Al recibir el reporte de la desaparición de Luis Angel y sus amigos, la policía cibernética se inventó un usuario con personalidad de muchacho  y así rastreó la ubicación de los chicos cuando intercambiaban balas, fuegos y desastres en sus teléfonos móviles. 

De igual forma hubieran caído a través de consolas de PlayStation, XBox o Nintendo o Switch  porque se enlazan a internet y todos los usuarios pueden comunicarse. 

Los reclutadores no usan palabras directas como “narco”, “cártel” o “sicario”, pero empiezan a recurrir a siglas de grupos criminales por todos conocidos como ‘CJNG’, ‘CDN’, sicari0s -con un cero- o ‘c4rt3l’, con números y letras, y otras variantes.

La policía ministerial abrió una carpeta de investigación por los delitos de trata de personas en la modalidad de explotación laboral y por estos hechos irrumpieron en el lugar donde Miriam tenía a los jugadores adolescentes. 

Aprehendieron a la mujer y los niños regresaron a casa con una alerta máxima para evitar descuidos porque se trata de un modus operandi.

Todo esto llegó a oídos del presidente Andrés Manuel López Obrador y así se supo la historia en voz del subsecretario Mejía.

En una conferencia de prensa en días pasados se dio santo y seña del caso y  paso a un análisis sobre los riesgos de internet y la accesibilidad a las plataformas sin control que:

“Imponen estereotipos como narcocultura, adicción al dinero fácil, sobrevaloración de la capacidad económica, normalización de la violencia, bullying, xenofobia, riesgo de acoso cibernético, sexualización temprana, trastornos de ansiedad e implicaciones neuropsiquiatrías”.

El presidente dijo más y firmó un decálogo: no jugar ni chatear con desconocidos, establecer horarios de juego, no utilizar cuentas de correo electrónico personal, sino generar nuevos para jugar, no proporcionar datos personales ni datos telefónicos, ni datos bancarios.

Además, no usar micrófono ni cámara, no compartir ubicación, reportar aquellas cuentas agresivas o sospechosas, control parental, jugar de preferencia bajo la supervisión de los adultos, reportar malas conductas al 088.

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