Conoce 5 antialérgicos naturales antes de recurrir a los fármacos
Los antihistamínicos —como la loratadina, la cetirizina o la difenhidramina— bloquean la sustancia que el cuerpo libera durante una reacción alérgica
Joven sufre alergia estacional. Crédito: Billion Photos | Shutterstock
Con la llegada de cada cambio de estación, millones de personas vuelven a lidiar con los mismos síntomas de siempre: estornudos en cadena, ojos llorosos, congestión nasal y picazón en la garganta. El primer impulso suele ser abrir el botiquín y tomar un antihistamínico de venta libre.
Sin embargo, un número creciente de especialistas en fitoterapia y medicina integrativa recuerda que la naturaleza también ofrece alternativas capaces de aliviar estos síntomas, muchas veces con menos efectos secundarios que los fármacos convencionales.
Los antialérgicos naturales son compuestos de origen vegetal y alimentario que ayudan a inhibir la liberación de histamina y reducir la inflamación, disminuyendo los estornudos o la congestión. Actúan como coadyuvantes para aliviar síntomas leves, con la ventaja de no causar la somnolencia típica de los medicamentos convencionales.
Por qué buscar alternativas
Los antihistamínicos tradicionales ?como la loratadina, la cetirizina o la difenhidramina? bloquean la histamina, la sustancia que el cuerpo libera durante una reacción alérgica. Son eficaces y de acción rápida, pero no están exentos de inconvenientes: somnolencia, sequedad bucal, dolores de cabeza o, en el caso de fármacos de primera generación, interferencia con la capacidad de concentración.
Para quienes buscan reducir su consumo de medicamentos o complementar el tratamiento, existen opciones vegetales que han sido estudiadas por su capacidad antihistamínica y antiinflamatoria natural.
Cinco antialérgicos naturales:
Quercetina. Presente en manzanas, cebollas rojas, uvas y té verde, la quercetina es un flavonoide al que distintos estudios preliminares atribuyen la capacidad de estabilizar los mastocitos, las células responsables de liberar histamina. Por eso se le conoce popularmente como “el antihistamínico natural” por excelencia.
Ortiga (Urtica dioica). La ortiga, consumida tradicionalmente en infusión, es una de las plantas más citadas en la medicina popular para el alivio de la rinitis alérgica. Se cree que actúa reduciendo la inflamación de las vías respiratorias, aunque la evidencia científica de alta calidad sigue siendo limitada.
Vitamina C. Este antioxidante, presente en cítricos, kiwis y pimientos, participa en la degradación de la histamina en el organismo. Algunos especialistas recomiendan incorporar alimentos ricos en vitamina C durante la temporada de mayor exposición a alérgenos.
Probióticos. La salud intestinal y el sistema inmunológico están estrechamente relacionados. Diversas investigaciones han explorado el papel de ciertas cepas de probióticos en la modulación de la respuesta alérgica, aunque los resultados varían según la cepa y la persona.
Miel local. Aunque la evidencia científica es mixta y no concluyente, existe la creencia extendida de que consumir miel producida en la región donde se vive podría ayudar al organismo a “acostumbrarse” a los pólenes locales, de forma similar a la inmunoterapia.

Una alternativa, no un reemplazo automático
Los especialistas coinciden en un punto clave: estos remedios pueden ser un buen complemento, especialmente para síntomas leves o como medida preventiva, pero no sustituyen un diagnóstico médico ni el tratamiento indicado para alergias moderadas o severas. Las personas con asma, alergias alimentarias graves o antecedentes de anafilaxia deben mantener siempre supervisión médica.
Además, “natural” no siempre significa “libre de riesgos”: algunas plantas pueden interactuar con medicamentos o no ser recomendables durante el embarazo, la lactancia o en personas con determinadas condiciones de salud.
En definitiva, antes de sustituir un tratamiento farmacológico por remedios naturales, los expertos aconsejan consultar con un alergólogo o médico de cabecera. Cada organismo responde de manera distinta, y lo que funciona para aliviar los síntomas de una persona puede no ser igual de efectivo —o incluso seguro— para otra. La clave está en la información y el acompañamiento profesional, no en la improvisación.
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