El escudo de una potencia en repliegue
“América para los americanos” terminó significando “América para los estadounidenses”, como fundamento de su política hemisférica
Kevin Marino Cabrera, embajador de EE.UU. en Panamá, en un video sobre la Doctrina Monroe. Crédito: Departamento de Estado | Cortesía
El Departamento de Estado de Estados Unidos difundió hace unos días un video de casi cinco minutos sobre la Doctrina Monroe, narrado por Kevin Marino Cabrera, embajador estadounidense en Panamá. El mensaje concluye con una frase que no deja espacio para interpretaciones: el dominio estadounidense en el Hemisferio Occidental “nunca volverá a ser cuestionado”. La pieza ha sido calificada por legisladores demócratas, medios latinoamericanos y críticos del trumpismo como propaganda imperialista. Probablemente lo sea. Sin embargo, reducirla a una provocación retórica impediría comprender su verdadero significado.
El video no revela nada que no supiéramos acerca de la Doctrina Monroe. Desde su formulación en 1823, el principio de “América para los americanos” sirvió inicialmente para advertir a las potencias europeas que no intervinieran en el continente. Con el tiempo —y especialmente a partir del Corolario Roosevelt— se convirtió en la justificación de las intervenciones estadounidenses en América Latina y el Caribe. En la práctica, “América para los americanos” terminó significando “América para los estadounidenses”. La novedad no radica en la doctrina, sino en la decisión de Washington de proclamarla nuevamente, sin eufemismos, como fundamento de su política hemisférica.
La pieza forma parte de una estrategia de comunicación perfectamente coherente con el proyecto de la segunda presidencia de Donald Trump. Desde su toma de posesión, en enero de 2025, quedaron trazados los contornos de una política exterior concentrada en el Hemisferio Occidental. Las amenazas sobre Panamá y Groenlandia, la insistencia en convertir a Canadá en el estado número 51, la creciente presión sobre México y la prioridad concedida a la migración, los cárteles y la presencia china anticipaban un repliegue geopolítico hacia el espacio inmediato de Estados Unidos.
La Estrategia de Seguridad Nacional publicada en diciembre de 2025 convirtió esas señales en doctrina. El documento habla expresamente de un “Corolario Trump” a la Doctrina Monroe y establece como prioridad impedir que competidores extrarregionales desplieguen fuerzas, controlen infraestructura, adquieran activos estratégicos o dominen posiciones relevantes en el continente. Su fórmula para la región es reveladora: “reclutar y expandir”. Washington se propone reclutar a gobiernos aliados, fortalecer a nuevos socios y “premiar y alentar” a gobiernos, partidos y movimientos alineados con sus principios y su estrategia.
El destinatario principal de este mensaje es China. Rusia e Irán también aparecen como actores adversarios, pero es la expansión económica, tecnológica, energética, portuaria y financiera china la que constituye el desafío estructural. Estados Unidos busca sacar a China de la ecuación hemisférica y recuperar el control de espacios que durante décadas consideró naturalmente suyos. El Canal de Panamá, los puertos, los minerales críticos, las redes de telecomunicaciones, las cadenas de suministro y las rutas marítimas no son asuntos separados: forman parte de una misma disputa por la reorganización del poder continental.
Este retorno explícito a la Doctrina Monroe puede parecer una demostración de fortaleza. En realidad, revela también una profunda debilidad. Una potencia segura de su hegemonía global no necesita declarar que su dominio regional jamás volverá a ser cuestionado. Estados Unidos parece reconocer que ya no puede controlar simultáneamente todos los tableros del sistema internacional y que debe concentrar sus recursos en el territorio donde conserva ventajas militares, económicas y políticas abrumadoras. El Corolario Trump es, por tanto, una afirmación de poder hemisférico, pero también la confesión de un repliegue: si Washington ya no puede ordenar el mundo, intentará al menos recuperar el control de las Américas.
El instrumento más visible de esa reorganización es el llamado Escudo de las Américas, creado en marzo de 2026 como una coalición de seguridad y combate a los cárteles. Bajo el lenguaje de la cooperación, el intercambio de inteligencia y la defensa de la soberanía se construye una arquitectura regional encabezada por Estados Unidos. Cada nueva incorporación amplía el escudo y consolida una red de gobiernos dispuestos a facilitar operaciones, recibir asistencia militar y adoptar la definición estadounidense de las amenazas continentales.
No se trata únicamente de gobiernos de derecha. Se trata, más precisamente, de mandatarios del ala MAGA latinoamericana: dirigentes que encuentran beneficios políticos, financieros o militares en su alineación con Trump y están dispuestos a avanzar la agenda de Washington. La Estrategia de Seguridad Nacional lo expresa con extraordinaria claridad: Estados Unidos alentará a los gobiernos y movimientos políticos que compartan sus principios y objetivos. El Escudo es, entonces, una alianza militar y de seguridad, pero también un mecanismo de ordenamiento ideológico del continente. Canadá permanece en una posición incierta, atrapado entre su profunda integración económica y militar con Estados Unidos y la erosión de una relación bilateral que durante décadas pareció estable.
Para México, las implicaciones son especialmente preocupantes. La designación de varios cárteles como organizaciones terroristas extranjeras, realizada en febrero de 2025, modificó el marco jurídico, político y discursivo de la relación bilateral. Los cárteles dejaron de presentarse exclusivamente como organizaciones criminales para convertirse, dentro de la narrativa oficial estadounidense, en enemigos comparables con Al Qaeda o el Estado Islámico. La estrategia estadounidense de contraterrorismo de mayo de 2026 confirmó que las campañas militares y policiales contra estas organizaciones continuarán, en coordinación con los gobiernos que estén “dispuestos y sean capaces” de participar.
Hasta ahora, la intervención militar estadounidense en México se ha desarrollado principalmente mediante inteligencia, tecnología, vigilancia y apoyo indirecto a operaciones ejecutadas por las fuerzas mexicanas. Pero la frontera entre cooperación y participación directa es cada vez más delgada. La propia Estrategia de Seguridad Nacional contempla despliegues selectivos, mayor acceso a posiciones estratégicas y, cuando Washington lo considere necesario, el uso de fuerza letal contra los cárteles. Las operaciones conjuntas que empiezan a desarrollarse o proyectarse en otros países demuestran que esta posibilidad ya no pertenece exclusivamente al terreno de la especulación.
No puede afirmarse que la entrada de tropas estadounidenses a México sea inevitable. Sí puede sostenerse que ha dejado de ser impensable. Después de la operación estadounidense en Venezuela y ante la creciente presión sobre Cuba, la participación directa de las Fuerzas Armadas estadounidenses en distintos países de la región aparece como una posibilidad cada vez más real. La lucha contra el “narcoterrorismo” proporciona la justificación; el Corolario Trump ofrece la doctrina; el Departamento de Guerra aporta las capacidades, y el Escudo de las Américas construye la coalición política necesaria.
El video del Departamento de Estado importa, por tanto, menos por lo que cuenta sobre el pasado que por lo que anuncia sobre el futuro. No busca explicar la Doctrina Monroe: busca normalizarla. Su propósito es convencer a la sociedad estadounidense y advertir al resto del continente que Washington vuelve a considerar al Hemisferio Occidental como su espacio exclusivo de seguridad, influencia y control.
El Escudo de las Américas se presenta como una protección frente a los cárteles y las potencias externas. Pero todo escudo delimita también quién queda dentro, quién permanece fuera y quién tiene derecho a sostenerlo. En éste, Estados Unidos se reserva el mando. Los demás países deberán decidir si actuarán como aliados, aceptarán convertirse en subordinados o terminarán siendo tratados como objetivos.