En América Latina, todos somos MAGA

En redes sociales y conversaciones cotidianas se escucha cada vez más una frase estremecedora: “Que venga Trump”.

Presidente de Estados Unidios, Donald Trump.

Presidente de Estados Unidios, Donald Trump. Crédito: AP

El Escudo de las Américas es mucho más que una alianza contra los cárteles. Es, en realidad, el principal instrumento para operar el Corolario Trump de la Doctrina Monroe. La vieja consigna de “América para los americanos” adquiere así su verdadero significado: América para los estadounidenses.

Donald Trump formalizó esta iniciativa el 7 de marzo de 2026, durante una cumbre celebrada —significativamente— en su complejo de Doral, Florida. La proclamación presidencial compromete a Estados Unidos y sus aliados a utilizar todos los recursos legalmente disponibles contra los cárteles y las organizaciones designadas como terroristas; coordinar operaciones, compartir inteligencia y entrenar y movilizar a las fuerzas armadas de los países participantes. También establece el objetivo de mantener fuera del hemisferio las llamadas “influencias extranjeras malignas”. Es decir, principalmente, a China. El combate al crimen organizado proporciona la justificación, pero el propósito estratégico es recuperar la hegemonía estadounidense sobre el continente.

El Escudo transforma la seguridad en la puerta de entrada para reorganizar las relaciones políticas, económicas y militares del hemisferio. Washington define las amenazas, produce buena parte de la inteligencia, decide quiénes son sus socios confiables y determina qué gobiernos, empresas o personajes representan un riesgo. A cambio de protección, financiamiento o respaldo político, los países latinoamericanos ofrecen cooperación militar, alineamiento diplomático y acceso a sus recursos naturales.

Los gobiernos de derecha ni siquiera intentan ocultarlo. Son gobiernos MAGA: administraciones latinoamericanas perfectamente alineadas con la misión de Make America Great Again. No pretenden necesariamente hacer grandes a sus propios países, sino incorporarlos, en condiciones subordinadas, al proyecto de poder de Estados Unidos.

Javier Milei representa el ejemplo más claro. Su gobierno firmó en febrero un acuerdo con Washington para fortalecer las cadenas de suministro de minerales críticos, especialmente litio y cobre. El problema no es atraer inversión extranjera, sino renunciar a una estrategia nacional que permita transformar esos recursos y generar valor dentro del país. Argentina aporta los minerales; Estados Unidos protege sus cadenas de suministro.

Nayib Bukele convirtió a El Salvador en laboratorio de la política de seguridad trumpista: concentración del poder, encarcelamiento masivo y disposición para recibir personas deportadas desde Estados Unidos y recluirlas en sus prisiones. Daniel Noboa profundizó la cooperación militar y de inteligencia entre Ecuador y Washington, incluso después de que los ecuatorianos rechazaron en las urnas el regreso de bases militares extranjeras. Santiago Peña mantiene a Paraguay como uno de los aliados diplomáticos más disciplinados de Estados Unidos. José Raúl Mulino ha debido responder a las presiones de Trump sobre el Canal de Panamá y la presencia china. En Chile, José Antonio Kast se incorporó desde antes de asumir la presidencia al nuevo bloque hemisférico.

Colombia merece una mención especial. Gustavo Petro llegó al poder prometiendo una transformación histórica, pero su proyecto de “paz total” no logró recuperar los territorios controlados por grupos armados ni reducir de manera convincente la violencia y la extorsión. Su gobierno se desgastó además entre improvisaciones, confrontaciones y escándalos. Petro no produjo por sí solo el triunfo de Abelardo de la Espriella, pero su fracaso contribuyó a crear las condiciones para el regreso de la derecha más dura. La izquierda que prometió transformar Colombia terminó abriendo la puerta a un admirador de Trump que ofrece militarización, cárceles y un alineamiento mucho más estrecho con Washington.

Ésta es parte de la tragedia latinoamericana. Las derechas se vuelven MAGA por convicción. Las izquierdas terminan siéndolo por corrupción, debilidad, ineficiencia o incapacidad para ejercer una soberanía real. Al final, unas y otras quedan atrapadas en el mismo proyecto hemisférico, aunque hayan llegado a él por caminos aparentemente opuestos.

Venezuela es la demostración más brutal. Durante años, el chavismo construyó su legitimidad alrededor de la resistencia al imperialismo estadounidense. Sin embargo, después de la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses y bajo el gobierno interino de Delcy Rodríguez, Caracas negoció con Washington un acuerdo energético de 25 años para reactivar 17 campos petroleros.

Trump afirma que Estados Unidos controlará la explotación de 65 mil millones de barriles y anunció que una parte del petróleo venezolano servirá para rellenar la Reserva Estratégica de su país. Lo describió como un “regalo de Venezuela al pueblo estadounidense”. Los detalles del acuerdo todavía no son completamente transparentes, pero la imagen es extraordinaria: la revolución bolivariana termina abasteciendo la seguridad energética de Estados Unidos.

Al final, la ideología importa menos de lo que pensamos. Washington controla sanciones, financiamiento, visas, inteligencia, acceso al mercado y capacidad militar. Conoce también las vulnerabilidades de las élites latinoamericanas: quién desvió recursos, quién negoció con organizaciones criminales, quién tiene propiedades, cuentas o familiares en Estados Unidos y quién necesita una visa. La corrupción no solamente destruye a nuestros países desde dentro; también se convierte en un instrumento de subordinación externa.

México ocupa un lugar central en esta historia. No participó en la cumbre inaugural del Escudo y Claudia Sheinbaum continúa rechazando públicamente cualquier intervención militar estadounidense. Sin embargo, la integración avanza por otras vías. Estados Unidos ha cancelado las visas de decenas de políticos y funcionarios mexicanos. Una cancelación de visa no prueba la comisión de un delito, pero funciona como mecanismo de presión y envía un mensaje inequívoco a toda la clase política: Washington tiene información y está dispuesto a utilizarla.

A esto se suma la incapacidad del Estado mexicano para proteger a comunidades asfixiadas por la extorsión, el cobro de piso y el control territorial de organizaciones criminales. Productores, comerciantes, transportistas y familias pagan verdaderos impuestos al crimen mientras las autoridades minimizan el problema o simplemente guardan silencio.

En redes sociales y conversaciones cotidianas se escucha cada vez más una frase estremecedora: “Que venga Trump”. No necesariamente porque quienes la pronuncian admiren al Presidente estadounidense, sino porque han perdido la esperanza de que el Estado mexicano los proteja. Cuando una sociedad comienza a preferir la intervención extranjera al abandono de sus propias autoridades, la soberanía ya empezó a desaparecer desde dentro.

México probablemente no tendrá que incorporarse formalmente al Escudo de las Américas. La dependencia económica, la presión de Washington, la información sobre sus políticos y la emergencia de seguridad pueden terminar incorporándolo en los hechos. Derechas e izquierdas recorren caminos distintos para llegar al mismo lugar: unas entregan la soberanía con entusiasmo; otras la pierden por corrupción o incompetencia. Pero todas, tarde o temprano, terminan bajo el Escudo. En la América de Trump, todos somos MAGA.

(*) La Dra. Guadalupe Correa-Cabrera es profesora de la Escuela Schar de Política y Gobierno en la Universidad George Mason. 

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