La guerra contra Irán y el declive del trumpismo
Una derrota del Partido Republicano en las elecciones de noviembre se perfila como el único correctivo político capaz de forzar un cambio de rumbo.
Donald Trump, presidente estadounidense. Crédito: Jacquelyn Martin | AP
La fallida guerra iniciada contra Irán por Estados Unidos e Israel hace seis meses ha acelerado el declive del trumpismo como el movimiento que prometió consolidar un gran imperio.
Hasta ahora, ninguno de los principales objetivos del conflicto armado se ha cumplido, entre ellos derrocar al régimen iraní o impedir que éste desarrolle un arma nuclear. Lo único que se ha logrado es la pérdida de la credibilidad de Estados Unidos en el escenario internacional.
Para todos es claro que la mayor potencia del planeta ha sido humillada con creces por el gobierno iraní que ha encontrado en el cierre del estrecho de Ormuz su arma más eficaz. Esta acción ha puesto de rodillas tanto a la economía estadounidense como a la de muchos otros países.
El impacto en el precio del petróleo ha sido inmediato debido al bloqueo del tránsito marítimo. Ante esta crisis, la búsqueda de rutas alternativas como el Canal de Panamá ha disparado los costos operativos de forma exponencial: el derecho de tránsito inmediato por esa vía pasó, en promedio, de 135,000 dólares a 4 millones de dólares, un incremento colosal que las navieras transfieren directamente al consumidor final.
En el ámbito interno, la salud financiera del país se deteriora rápidamente. Con una deuda nacional que recientemente alcanzó el nivel récord de 40 billones (trillions en inglés) de dólares. El gasto en el pago de intereses absorbe una parte crítica del presupuesto federal.
Paradójicamente, esta situación beneficia a China, que además de ser el principal rival político de Estados Unidos es su acreedor internacional más importante. Esta asfixia económica priva al gobierno federal de recursos esenciales para financiar infraestructura y servicios públicos, un panorama agravado por las políticas arancelarias de Trump que continúan alimentando la inflación.
A la debacle económica y militar se suma un descontento generalizado ante la corrupción rampante y la frivolidad del mandatario. Mientras la clase trabajadora lidia con la inflación y el alto costo de la vida, la fortuna personal de Trump se ha incrementado en 3,900 millones de dólares durante su segundo mandato.
Pero lo más grave es que, en lugar de atender las prioridades del país, el presidente permanece enfocado en caprichos costosos, como la construcción de su ostentoso salón de baile en la Casa Blanca. Está, además, obsesionado con rebautizar zonas geográficas, pretendiendo imponer nombres como el “Golfo de América” al Golfo de México, el “Lago América” al Lago Ontario o el estado de “Nuevo América” a Nuevo México.
Pese al evidente desplome de su popularidad que ronda el 33% y el malestar ciudadano, Trump se mantiene en una negación sistemática de la realidad, insistiendo en que todo marcha a la perfección. Ante esta desconexión total con los hechos, una derrota del Partido Republicano en las elecciones de noviembre se perfila como el único correctivo político capaz de forzar un cambio de rumbo.