Crítica de cine: ‘Breaking Dawn Part II’ culmina saga con toque mediocre

The Twilight Saga: Breaking Dawn – Part II, con Kristen Stewart, Robert Pattinson y Taylor Lautner pone por fin punto y final a la franquicia aunque lo hace de forma absolutamente intrascendente

Los actores Kristen Stewart (izq.), Mackenzie Foy, Robert Pattinson  y Taylor Lautner (der.) en un momento  de la última película  de la popular saga Twilight.

Los actores Kristen Stewart (izq.), Mackenzie Foy, Robert Pattinson y Taylor Lautner (der.) en un momento de la última película de la popular saga Twilight. Crédito: Suministrada

No importa lo que la crítica diga, tanto da que se trate de una análisis imparcial (simplemente analizando elementos habituales en todo filme como la actuación, la dirección, el guión…) y a nadie le preocupará lo que diga después de los dos puntos… pero aquí queda dicho: The Twilight Saga: Breaking Dawn – Part II es la peor entrega de la franquicia basada en la obra literaria de Stephenie Meyer.

Lo que parecía casi imposible (resultar una experiencia cinematográfica más irritante que la primera parte, torpemente filmada por Catherine Hardwicke, o más intrascendente que New Moon, en manos del algo más interesante Chris Weitz) lo ha logrado Bill Condon, el firmante de Breaking Dawn – Part I y también responsable de filmes tan interesantes como Gods and Monsters o Kinsey.

El problema de Breaking Dawn – Part II es que no hay mucho qué contar: lo que importa —la conversión de Bella (Kristen Stewart) a vampiro y el nacimiento de su hija Renesmee (Mackenzie Foy), fruto de su relación con Edward (Robert Pattinson), dejando así claro que el pobre Jacob (Taylor Lautner) ya no tiene más opciones de hacerse con el corazón de aquella— ya se hizo en Breaking Dawn – Part I, por lo que lo único que queda por decidir es el enfrentamiento final entre los vampiros buenos, liderados por los Cullen, y los villanos, o Vulturi, encabezados por el excéntrico Aro (Michael Sheen, quizás el único actor consciente de que está en una cinta absolutamente ridícula).

De este modo, la única razón de la existencia de una segunda parte de un solo libro, a diferencia de, por ejemplo, las dos entregas de Harry Potter and the Deathly Hallows, es monetaria. Se trata de extender aún más una franquicia que en estos momentos ya ha concluido (afortunadamente), solo por razones económicas (en Deathly Hallows – Part II, que lógicamente también se hizo con la intención de ingresas aún más millones en las arcas de su estudio, al menos hubo un interés por hacer un buen filme y el resultado fue… la mejor entrega de la franquicia).

Las actuaciones de todo el plantel (con la excepción del ya citado Michael Sheen) son telegráficas: no hay emoción, entusiasmo, temor o pasión en ninguno de los planos que envuelven al trío protagonista. Lo único que se desprende de esos ojos muertos de Stewart, de esa cara sin expresión de Pattinson o de un Lautner que actúa más a través de sus abdominales que de su faz, es puro aburrimiento.

Ese desinterés evidente en los actores (se quiera ver o no) es fruto no de una puesta en escena tan convencional como insípida por parte de Condon (que ha demostrado en más de una ocasión que sí sabe qué hacer con una cámara), sino, una vez más, del anodino libreto de Melissa Rosenberg, quien ha escrito cada una de las adaptaciones de las novelas de Meyer.

Rosenberg se saca de la manga, además, un giro argumental final que no solo da al traste con un clímax espectacular sino que también resulta una sonora bofetada a la cara del espectador, a quien trata con una desconsideración absoluta por su inteligencia y sentido común.

Pero lo dicho: tanto da lo que haya escrito hasta este momento. The Twilight Saga: Breaking Dawn – Part II, que se estrenó anoche y ha sido clasificada PG-13, será un éxito apoteósico y sus fans se derretirán ante cada una de sus imágenes y, especialmente, en ese montaje final en el que se resumen los encuentros de Bella y Edward a lo largo de cinco películas. Que lo disfruten, al fin y al cabo esta es una saga que solo tiene en su mirada a sus seguidoras (o seguidores) y que ignora al resto.

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