En la catedral de LA celebran el aniversario 493 de la aparición de la Virgen de Guadalupe
‘La Virgen no solo es de los mexicanos, ella es de todos los latinoamericanos’, dicen feligreses

Liliana Castillo y Alma Nájar rezan ante las imágenes de san Juan Diego y la Virgen de Guadalupe. Crédito: Jorge Luis Macías | Impremedia
Con danzantes aztecas, música de mariachi, artistas y una misa oficiada por el arzobispo de la Arquidiócesis de Los Ángeles, José H. Gómez, cientos de feligreses celebraron “Las Mañanitas a la Virgen de Guadalupe”.
En la Catedral de Nuestra Señora de Los Ángeles, el homenaje a la llamada “Morenita del Tepeyac” atrajo a los fieles de todos los rincones de Latinoamérica y de Filipinas, quienes visitaron el nicho de la Virgen de Guadalupe y en el interior del recinto sagrado.
“La Virgen de Guadalupe es la Madre de Dios y es la Madre de todos los hijos de Dios: vuestra madre y mi madre”, dijo el arzobispo Gómez. “La Virgen nos recuerda que más allá del color de nuestra piel o del país de dónde venimos, todos somos hermanos”.
Los fieles participaron con devoción en el 493 aniversario de las cuatro apariciones de la Reina de México y Emperatriz de las Américas, al indio macehual, Juan Diego, entre el 9 y 12 de diciembre de 1531, en el cerro del Tepeyac, en la ciudad de México.
“Para nosotros la Virgen no solo es de los mexicanos. Ella es de todos los latinoamericanos”, valoró Moris Valle, un salvadoreño nacido en Usulután, quien fue acompañado por su esposa Ivette y sus dos hijos: María Fernanda, de 3 años y su bebé, Alessandro José, de dos meses, a quienes vistieron de inditos.
Moris Valle, un chofer de autobuses de la MTA narró que, desde la infancia, su madre, María le inculcó el amor a la Virgen de Guadalupe.
“Mi amor por ella no se puede explicar con palabras; solo sé que se siente uno en paz”, agregó. “Su amor se siente como el mismo amor de mi madre”.
Históricamente, después de la caída de la Gran Tenochtitlán, en 1521, una década más tarde ocurrieron las apariciones marianas que marcaron el encuentro entre dos culturas opuestas: la prehispánica de México y la europea.
La narración del milagro guadalupano se encuentra en náhuatl, en el documento Nican Mopohua (Aquí se narra), escrito en 1556 por Juan Valeriano, quien fue un colaborador de los frailes franciscanos que arribaron a México para la evangelización. El documento se publicó hasta 1649.
“Yo he estado tres veces en la Basílica de Guadalupe en México”, dijo José Guerrero, un filipino de 76 años, quien visitó la capilla de la Virgen de Guadalupe, en la Catedral Nuestra Señora de Los Ángeles,
Allí, custodiada por los Caballeros de Colón, se exhibe la única reliquia de un pedazo de la tilma de san Juan Diego. La tilma o ayate es la tela de maguey donde se estampó milagrosamente la imagen de la guadalupana, cuando el indio extendió su manto lleno de rosas de castilla ante el obispo Fray Juan de Zumárraga.
“La Virgen de Guadalupe ha guiado mi vida y siempre le he pedido por mi salud y con su intercesión ante Dios, ella me protege”, añadió el hombre mayor.
La verbena popular comenzó desde horas de la tarde en la Plaza de la Catedral donde desfilaron numerosos grupos de danzantes aztecas y de grupos folclóricos de inmigrantes mexicanos, mientras que la imagen de la Virgen de Guadalupe y rosas rojas se reflejaban en las paredes de la iglesia.
En el interior de la catedral se presenta “Expresiones de Fe”, una exposición de arte de los artistas y pintores angelinos Lalo García, Rico Ortega, Laura Vázquez Rodríguez, y J. Michael Walker.
“A Juan Diego no le creyeron sobre las apariciones de la virgen; lo rechazaron, pero con su fe, humildad, perseverancia y servicio logró que lo atendieran y se abrieron las puertas para ver a Fray Juan de Zumárraga”, dijo Lalo García.
“Hoy también se nos cierran las puertas a nosotros en este país, pero hay que tener fe y esperanza, y unirnos todos, y como decimos los rancheros, Juan Diego no rajó. A veces Juan Diego queda a un lado, pero él es la otra mitad de la historia de la virgen”.
El artista señala que a través de los cuadros que forman la exposición Guadalupana con alegría, imaginación y fervor, los cuatro artistas comparten sus meditaciones sobre la Virgen de Guadalupe y san Juan Diego, ofreciendo a los visitantes perspectivas nuevas y profundas que acercan a los feligreses aún más hacia la veneración guadalupana.
La exposición estará abierta al público desde el 20 de diciembre al 24 de enero de 2025.

La curación insólita
La sanación inexplicable del pequeño Hernán Fabián Acuña, de seis años, es uno de ellos motivos principales de la fe y devoción de su madre, Claudia, por la Virgen de Guadalupe.
El niño nació con complicaciones serias de salud, a las pocas horas de haber visto la luz del mundo, comenzó a tener convulsiones.
Los médicos le habían dicho a Claudia que su embarazo iba bien, y que el nacimiento de su bebé sería normal.
El niño nació el 1 de septiembre de 2028 en el hospital St. Francis de Lynwood, desde donde debió ser trasladado al Children’s Hospital de Los Ángeles.
“Me dijeron que el niño tenía tapada una vena de su cerebrito”, narró Claudia. “Decían que iba a tener muchas complicaciones para poder desarrollarse, y que las convulsiones le provocarían problemas de crecimiento”.
Aunque el pequeño Hernán Fabián era sometido a distintos exámenes, con el paso de los días su salud no mejoraba.
“MI esposo [Fabián de Jesús Acuña] y yo siempre hemos sido muy devotos de la santísima Virgen de Guadalupe”, subraya Claudia. “Yo le pedía a ella que intercediera ante Dios por mi hijo, y que me diera esa luz y fe que necesitaba mi corazón”.
Para la mujer nacida en Jiquilpan, Michoacán, la realidad de la enfermedad de su hijo era una verdad inaceptable. Hernán Fabián era apenas un recién nacido.
Claudia platicó su angustia a varias personas cercanas de la iglesia y todos comenzaron una cadena de oración.
“Yo me agarraba de la mano de la Virgen santísima y le decía: ¿Quién mejor que tú para entenderme por el dolor de tu hijo, Jesús?”.
Si el diagnóstico médico era difícil, a Claudia se le hacía más complicado ver a Hernán Fabián luchando por su vida. Rezaba el rosario los siete días que el niño estuvo hospitalizado, cuando el pronóstico inicial era que se quedaría tres meses para revisión.
“Yo tenía miedo; mi niño estaba tan chiquito y no sabía qué iba a pasar”, recuerda. “Pero nunca me solté de la mano de la Virgen. Le dije: virgencita, tú me entiendes. Tú estás viendo lo que estoy pasando. Te pido de corazón que me des la fuerza para que, si es la voluntad de Dios que mi hijo no sobreviva, que yo lo acepte”.
Al hospital llegaron su compadre Humberto Ramos y un sacerdote. Le sugirieron bautizar al bebé. Ella aceptó. Hicieron todo el ritual y ellos se retiraron.
Los doctores volvieron a llevarse al niño, pero al regresarlo con su madre tuvieron que ponerle una tablilla en su brazo que se le había torcido.
Posteriormente, una enfermera debía obtener una muestra de sangre.
“Me dijo, yo no sé si tú creas en los milagros, pero cuando le saquee sangre de su manita se le formó una cruz”, contó Claudia. “Por fe, en ese momento me di cuenta de que mi hijo iba a estar bien, que Dios ni la Virgen de Guadalupe nos estaban abandonando”.
En aquel séptimo día de hospitalización, los doctores que atendieron a Hernán Fabián Acuña llegaron con Claudia y le dijeron: “Te puedes llevar al niño a tu casa. Ya está bien. No tiene nada. Lo damos de alta”.