Renee Good, Nicolás Maduro y el problema de la verdad capturada
El documentalista Nathaniel Lezra reflexiona en este ensayo sobre la importancia de las imágenes grabadas en la búsqueda de la verdad
Nathaniel Lezra (izq.) durante la filmación de su documental Roads of Fire. Crédito: The Dock Creative LLC | Cortesía
Durante las últimas dos semanas, las imágenes de dos acontecimientos han dominado nuestras mentes, uno en el ámbito nacional y otro en el internacional. En el ámbito nacional, el asesinato de Renee Good por un agente de ICE en Minneapolis. En el ámbito internacional, la operación militar en Caracas, Venezuela, que condujo al secuestro de Nicolás Maduro. Las imágenes son igualmente devastadoras, desgarradoras y espeluznantes. Aunque se trata de situaciones completamente diferentes que involucran vidas sin conexión entre sí, los acontecimientos están unidos por un fenómeno y un problema insidiosos que están afectando a nuestra sociedad y empujándola a un límite que no comprendemos del todo. El eco de este problema se puede escuchar en las palabras de George Orwell: «El Partido te dijo que rechazases las pruebas de tus ojos y oídos. Era su orden final y más esencial».
Mi formación es en la realización de documentales. He dedicado una parte importante de mi carrera a cubrir situaciones hostiles, zonas de guerra, protestas, migraciones y otros terrenos sociales y políticos complejos. Cuando veo acontecimientos tensos o violentos en los medios de comunicación, rápidamente me fijo en los detalles cinematográficos de su cobertura y en la veracidad de lo que se ha registrado. Para que quede claro, trabajo en un sector en el que la expresión «medios de comunicación» tiene muchos significados, pero en este caso me refiero a los datos capturados con una cámara o una grabadora de sonido y almacenados en un soporte físico llamado tarjeta. Se trata de material grabado, material en bruto. A continuación, ese material se guarda en servidores o discos duros. Es importante entender esto, porque el material puede consistir en imágenes de vídeo, imágenes con audio sincronizado, solo audio o imágenes acompañadas de silencio. Es este material el que está en el centro de muchas de las situaciones que he cubierto y el que proporciona tanto los hechos como la oportunidad de manipular la información en nuestro mundo político.
A las pocas horas del asesinato de Renee Good, la administración impulsó una narrativa que no se ajustaba al material grabado —en este caso, imágenes de vídeo acompañadas de audio— que vio el público. Impulsada inicialmente por la secretaria del Departamento de Seguridad Nacional, Kristi Noem, la versión del Gobierno era sencilla: un terrorista brutal y desquiciado había utilizado su coche para atropellar a un agente inocente de ICE, quien, en un momento de instinto afinado por el entrenamiento, esquivó el ataque, sacó su pistola, neutralizó al terrorista y contribuyó a hacer de Estados Unidos un país más seguro.
Existen más de cinco vídeos de este incidente, y la historia que cuentan choca con la del Estado. Una mujer intentaba alejarse de un pequeño grupo de agentes de ICE y manifestantes después de observar la escena. Hombres armados se le acercaron, junto con varios vehículos. Ella dirigió palabras no agresivas, incluso apaciguadoras, a través de la ventanilla a uno de los hombres. A continuación, intentó marcharse en su coche. Por ello, ese mismo hombre le disparó en la cabeza. Con una mano empuñaba la pistola y con la otra sostenía su teléfono.

Más allá de cualquier análisis de la mecánica momento a momento del tiroteo, la pregunta más importante que se me planteó nació incluso antes del asesinato de Renee Good. Consideremos las imágenes del secuestro —o «captura»— de Nicolás Maduro y los vídeos que las acompañan del combate en los cielos de Caracas. El material venezolano y el material del asesinato de Renee Good representan las mismas herramientas de observación y recopilación de pruebas que Orwell describía en 1984. Nos presentan la verdad observable. En Minneapolis, las imágenes muestran un asesinato público. En Caracas, muestran un combate no autorizado que provocó alrededor de cien muertos —veinticuatro militares, treinta y dos guardias y cuarenta y cuatro civiles— y terminó en un secuestro.
Nuestros ojos y oídos nos dijeron y siguen diciéndonos algo. Sabemos que es la realidad porque es la evidencia que interpreta nuestro cerebro. El Estado nos dice que esto es irreal y que no debemos confiar en nuestro cerebro. Ellos saben más: en Minneapolis se mató a un terrorista y en Caracas una operación limpia condujo a la captura legal de un narcotraficante. Así pues, la pregunta más importante —y el problema orwelliano que se escondía tras las cuestiones más procedimentales en mi mente— era ésta: ¿estamos preparados para vivir en un mundo en el que las pruebas documentales indelebles captadas por la vista y el oído no influyen a la hora de determinar qué es verdad y qué es mentira?
Una parte importante de mi trabajo como documentalista es pensar en lo que transmiten las imágenes y en cómo pueden ser manipuladas o utilizadas indebidamente para presentar narrativas falsas o sesgadas. Durante la producción de nuestro documental Roads of Fire, estuve en dos lugares que recientemente han sido noticia. El primero, Cúcuta, Colombia, donde una fuerte presencia del ejército colombiano reforzó la frontera con Venezuela en las horas posteriores a la operación estadounidense en Caracas. El segundo, Necoclí, Colombia, la última parada para los migrantes y refugiados antes de la frontera selvática con Panamá.

Estuve en esos lugares hace dos años examinando la crisis migratoria mundial, y lo que encontré sentó las bases iniciales para las ideas que se cuestionan en esta obra. Conocí a refugiados de todo el mundo, explotados financieramente de forma brutal en cada etapa de su viaje por actores gubernamentales y criminales corruptos, a menudo sin tener una idea clara de cuál era su destino. Conocí a personas especialmente vulnerables que huían del genocidio, la guerra, el hambre y el colapso económico. Cuando sentí peligro, fue principalmente debido a factores ambientales: las fuertes olas al cruzar el golfo de Urabá en una pequeña embarcación de contrabando o el terreno traicionero de la selva. Sentí miedo, euforia, confusión, adrenalina y contradicción.
Cuando regresé a casa, la contradicción se hizo evidente. Yo había conocido a viajeros y refugiados. El Estado veía terroristas e invasores. Yo encontré generosidad y valentía. El Estado veía codicia y depredación. Esta colisión de realidades se desarrollaba en todos los rincones de Internet, en todas las plataformas de redes sociales, en todos los hilos de comentarios y en todos los reportajes. Como resultado de esto, y quizá de mi trabajo como documentalista, creo que todos debemos centrarnos especialmente en las relaciones entre la imagen capturada, la realidad y la narración. Ficción, prueba documental y cine. Lo real, lo irreal y la historia moderna del engaño público en Estados Unidos. Estas son las herramientas que se nos ofrecen para comprender, conocer y analizar las realidades y las irrealidades que se nos presentan. Es un momento crítico y hay que hacerlo, ya que las redes sociales, la propaganda y el poder de la narrativa están en su apogeo.
Estaba comenzando mi carrera como documentalista en pleno apogeo de los escándalos por la adquisición ilícita de datos: las revelaciones sobre el proyecto de Cambridge Analytica para influir en las elecciones presidenciales estadounidenses de 2016. Había cubierto las protestas de la toma de posesión de 2016 en un reportaje breve y, unos años más tarde, me disponía a rodar mi primer largometraje documental. En las calles de Washington D. C., que estaban tensas, furiosas y, en última instancia, no violentas, escuché muchas de las conspiraciones, verdades parciales y mentiras descaradas que más tarde se demostró que tenían su origen en Cambridge Analytica. La escisión entre lo real y lo irreal que dominaría nuestro presente se hizo visible para mí por primera vez. También fue la primera vez que pensé seriamente en el valor y el papel de la cámara que tenía en mis manos.
Desde la perspectiva de alguien con una cámara hasta la del lector, consideremos este escenario: grabo una protesta de veinte personas, la observo hasta su conclusión sin incidentes, bebo un poco de café que llevo en un termo, dejo de grabar y veo cómo la protesta se disipa. Dos horas más tarde, en Fox News, veo imágenes de la misma protesta captadas a cinco metros de donde yo estaba, con comentaristas describiendo escenas de anarquía y violencia. ¿Qué debo hacer con el material que he grabado? ¿Qué función puede desempeñar?
Hay una respuesta obvia: muestra la verdad del acontecimiento, al igual que el material capturado por Fox. Pero, debido a la velocidad con la que Fox enmarca la narrativa y, por lo tanto, al giro que le da el Estado, mi material grabado se ve contaminado. Se convierte en «la otra cara de la historia» o «una perspectiva diferente». ¿Cuál es la otra cara de la verdad? En lugar de un análisis de los hechos registrados, la propia categoría de «hecho» se convierte en un debate sobre la perspectiva. Lo cual, por supuesto, acabaría sucediendo. Este es el objetivo esencial de la actual administración y de los gobiernos y regímenes autoritarios a lo largo de la historia: dominar instantáneamente una narrativa para que la comunicación de la verdad se convierta en agitación o contradicción. En el mejor de los casos, se convierte en una perspectiva alternativa que vale la pena considerar. Pero ya no funciona como debería, como una presentación de hechos indelebles.
La protesta que vi, filmé y observé hasta su conclusión no fue en ningún momento violenta, anárquica ni nada más allá de, francamente, un poco aburrida. Sin embargo, esta verdad se convierte en su contraria si la narrativa presentada primero y con fuerza por el Gobierno es la opuesta. Las protestas se describirían alternativamente como caóticas y violentas, o como unificadas y pacíficas. Se producirían conversaciones, se desatarían debates y la verdad del día quedaría enterrada en el discurso.
Esto es lo que ocurrió en el discurso de Kristi Noem dos horas después del asesinato de Renee Good. Las imágenes que se reproducían simultáneamente con el discurso de Noem y las entrevistas posteriores mostraban algo que, según las pruebas registradas, parecía indeleblemente cierto: un agente que no estaba en peligro sacó un arma y disparó a quemarropa a una mujer que intentaba huir asustada de una escena caótica. Para el Estado, las acciones de Renee Good eran de naturaleza terrorista y merecían la ejecución. Para quienes vimos el vídeo, sus acciones eran las de una observadora legal asustada que intentaba alejarse de unos hombres armados.
Yo no estaba en Minneapolis, así que, como cineasta, no siento la cercanía tangible que sentí en 2016 o que sentiría en Colombia. Pero, una vez más, la estrategia del Gobierno tuvo éxito. Lo que no debería ser objeto de debate se convirtió en un debate. El papel del material grabado se volvió autocanibalizante: los acontecimientos fueron registrados y difundidos para demostrar una verdad y, sin embargo, lo que el Gobierno impulsó de forma instantánea y contundente en nuestras redes sociales, nuestras noticias y nuestras mentes fue una falsedad. Se abrió una puerta para cuestionar la realidad. La posición del Estado era que ellos sabían más que nosotros: lo que nuestros ojos y oídos nos decían era una mentira.
La cobertura mediática inmediatamente posterior al secuestro de Nicolás Maduro presentaba algunas de estas características, aunque con diferencias notables. Me refiero a los contextos contrapuestos de la política migratoria y de la industria petrolera en Estados Unidos. Con el asesinato de Renee Good, a la administración le convenía defender inmediatamente a ICE, ya que esta agencia se ha convertido en sinónimo de la imagen de hombre fuerte y antiinmigrante de Trump. Digo «imagen» porque, a finales del verano de 2025, la administración Trump había deportado, de media, a menos personas que la administración de Barack Obama en el mismo periodo de su mandato. Sin embargo, había detenido a muchas más: según los datos de ICE, más del 80% de los detenidos no tienen antecedentes penales.
Esto solo es relevante en la medida en que la administración se ha vinculado por completo a ICE, aunque éste aún no ha demostrado ser una fuerza de deportación eficaz, sino más bien una fuerza de violencia y detención extrajudicial. La capacidad de la administración para transmitir su mensaje central al público estadounidense depende de ICE. Si ICE fracasa, también fracasa la administración. Por lo tanto, debe gozar de inmunidad total, estar protegido a toda costa y quedar libre de escrutinio. Si ICE actúa, está justificado. Si surge una narrativa crítica con ICE, es una mentira.
En el caso de Maduro y Venezuela, tanto al Gobierno como a sus socios de las grandes petroleras les convenía defender la operación y calificarla de éxito rotundo y limpio, al menos ese era el objetivo del Gobierno. Venezuela es un país extremadamente complejo. Nicolás Maduro era —y su Gobierno sigue siendo— autoritario en su estilo y en su práctica de gobierno. El dolor causado en todo el país por su régimen fue y sigue siendo devastador. En abstracto, es comprensible que muchos venezolanos se sintieran aliviados, incluso alegres. Sin embargo, lo que me llamó la atención fue, una vez más, la brecha entre la realidad registrada en vídeo y la imagen fija, y la narrativa presentada al público estadounidense. Doce horas después de la operación, en su primera intervención en Fox News, Kristi Noem no mencionó a los muertos ni las brutales consecuencias para los habitantes de Caracas.
Según fuentes internas, la gota que colmó el vaso para la administración Trump fueron, al parecer, los numerosos vídeos que aparecieron en redes sociales de Nicolás Maduro bailando. El baile se parecía mucho al de Trump en sus propios mítines. Para Trump, era una burla. ¿Bailaba Nicolás Maduro para burlarse de Donald Trump? ¿O simplemente baila así? No está claro. Lo que sí estaba claro, sin embargo, era la estrategia de la administración y la construcción de un mundo que permitiera que las condiciones geopolíticas fueran favorables para la operación.
Durante meses, la atención mediática se había centrado en la legalidad o ilegalidad de la campaña de bombardeos de la administración contra presuntos barcos de narcotraficantes. Nunca se presentaron pruebas reales que validaran esas acusaciones; en su lugar, se asesinó a todos los ocupantes de cada embarcación y se gestionaron posteriormente las repercusiones públicas. Los vídeos de esas operaciones son impactantes. Pequeñas embarcaciones son atacadas por drones o aviones encubiertos —uno de ellos, ahora tristemente disfrazado de avión comercial, un crimen de guerra conocido como perfidia— y bombardeadas.
Podría argumentarse que la función del debate sobre las imágenes de los drones era crear un contexto en el que se cuestionara la aceptabilidad de un doble ataque contra una embarcación que transportaba supervivientes, otro crimen de guerra que viola el artículo II de la Convención de Ginebra, que protege a las personas náufragas en el mar. Si ese crimen no es un crimen, entonces también se puede debatir si una operación militar no autorizada para invadir un país y secuestrar a su líder y a su esposa es un crimen.
Estaba siguiendo la cobertura de la operación y me resultó especialmente inquietante la imagen de Maduro, privado de sus sentidos, en el helicóptero, mientras la administración proclamaba su éxito unilateral. Al mismo tiempo, recibía mensajes a través de WhatsApp de amigos en Caracas: hay tiroteos en las calles y en el aire. No han cesado. Se están instalando puestos de control y las milicias están revisando los teléfonos de la gente en busca de pruebas de colaboración con los estadounidenses o con la oposición. Se está deteniendo a periodistas y la gente está desapareciendo.

Dos semanas después, el director ejecutivo de Exxon declaró que Venezuela era «inviable para invertir», citando la infraestructura, la inestabilidad política, la mala relación con la población local y otros factores.
La pregunta entonces, en lo que respecta a Venezuela, es: ¿qué es un éxito o, más bien, cuál fue la función de todo ello, cuando se logró tan poco? El régimen de Maduro, ahora sin Maduro, sigue en el poder. La represión se ha intensificado. Las compañías petroleras estadounidenses se muestran reacias a invertir su propio capital para reconstruir la infraestructura energética del país. El éxito y la función quizá fueron únicamente las imágenes y los vídeos, junto con un nuevo control sobre las reservas existentes de petróleo crudo de Venezuela y sobre los barcos que buscan puerto.
Las imágenes en el helicóptero. En el MDC. La esposa de Maduro, Cilia Flores, maltrecha y vendada, ante el tribunal. Estas imágenes presentan derrotas que encajan en una narrativa; si se analizan con detenimiento, la narrativa se desmorona. Pero ¿qué es el microscopio cuando la imagen registrada —lo que debería ser la prueba que conduce a un resultado— es tanto el propósito como la conclusión de la historia? La administración necesitaba presentar una imagen de triunfo fácil sobre un enemigo, ocultando las bajas, la ilegalidad de la operación y los objetivos más profundos relacionados con el petróleo y la afirmación del poder estadounidense.
Hay muchos acontecimientos que merece la pena examinar y muchas imágenes que perduran, y de esas imágenes han surgido movimientos. La gente ve la verdad y luego ve una mentira nacida de los mismos medios que aparentemente deberían defenderla. Esta fractura insostenible ha dado lugar a protestas y a importantes movimientos de movilización. Eso me da esperanza.
Tamir Rice. Eric Garner. Michael Brown. George Floyd. Muchos, muchos más. Estas personas fueron asesinadas y, en cada caso, hubo un componente mediático que capturó pruebas: imágenes de drones, cámaras de vigilancia de tiendas, cámaras corporales, vídeos de teléfonos móviles, fotografías, audio. Éste es el lenguaje cinematográfico del asesinato, pero también del cambio.
Llevamos dos semanas de 2026 y el mundo no se ha vuelto menos enloquecedor. No diré que ha empeorado, porque esa sería una perspectiva que ignora el legado de abusos, asesinatos y manipulaciones que muchas comunidades han sufrido en este país desde sus inicios. La magnitud del dominio narrativo de las administraciones y los regímenes para desafiar, socavar, distorsionar y borrar la verdad es tan enorme que puede sumir a cualquiera en una profunda oscuridad, especialmente cuando se observa la historia con los ojos abiertos.
Sin embargo, también es importante identificar los puntos de luz. Aunque la administración Trump esté dispuesta a tomar el material que muestra el asesinato de Renee Good por lo que fue —un disparo casi a quemarropa contra una madre que se alejaba de un incidente— y decirnos que muestra a una terrorista cometiendo actos malvados, nuestros ojos, oídos y cerebros siguen funcionando. Siguen activándonos y llamándonos a protestar.
Hay protestas continuas en todo el país. Minneapolis está en plena ebullición. No puedo decir cuál será el resultado de esas protestas, pero también es cierto que sin el vídeo y el audio capturados del tiroteo de Renee, no sabríamos que sus últimas palabras fueron las de una mujer inocente que intentaba apaciguar a un hombre violento armado: «No estoy enfadada contigo».
Eso por sí solo demuestra el valor de estas imágenes y quizá nos revele otra verdad: que nuestra tarea como seres humanos es hacer lo que hizo Renee, ser testigos, incluso cuando nos enfrentamos a un arma. El instinto profundamente humano de ser testigos es lo moralmente opuesto a la manipulación de imágenes. Ella fue testigo; ahora nosotros debemos ser testigos.
Los regímenes y las administraciones corruptas pueden retirar las placas que describen los juicios políticos y los crímenes. Pueden decirnos que no debemos confiar en nuestro cerebro. Que rechacemos las pruebas que ven nuestros ojos y oyen nuestros oídos. Quizá una turba violenta no sea más que un grupo de personas pacíficas y especiales. Quizá no haya sucedido nada. Quizá la gente no esté huyendo de la guerra. Quizá sean invasores empeñados en nuestra destrucción. La negación es la principal herramienta de los autoritarios, y siempre lo ha sido.
Pero aún tenemos nuestros ojos, oídos, cerebros y cámaras. Son nuestras herramientas. Cada vez que un delito es registrado por una cámara y desencadena un movimiento, perfeccionamos esas herramientas. Entonces, ¿estamos preparados para vivir en un mundo en el que el material grabado ya no desempeñe un papel determinante en la búsqueda de la verdad? No. No podemos ceder ante los mentirosos.
Estos hechos ocurrieron. Ocurrieron tal y como los vimos y los oímos. Nicolás Maduro fue secuestrado y hubo personas asesinadas en Caracas. Renee Good fue asesinada en Minneapolis. George Floyd fue asesinado allí en 2020. Eric Garner fue asesinado en Staten Island en 2014. Michael Brown fue asesinado en Ferguson en 2014. Tamir Rice fue asesinado en Cleveland en 2014. Y así sucesivamente. Y así sucesivamente. Y así sucesivamente.
Y tenemos que seguir filmando. Las imágenes son el combustible del cambio, y el cambio llegará.

Sobre el autor
Nathaniel Lezra es un documentalista afincado en Nueva York y Los Ángeles, y cofundador del colectivo documental The Dock Creative. Su película Roads of Fire ha sido aclamada y premiada internacionalmente y está disponible en formato digital y bajo demanda.