‘Brave’ batalla con maestría

Pixar vuelve a demostrar su don único para la animación con la maravillosa Brave, una aventura que destaca por su retrato de la maternidad
‘Brave’ batalla con maestría
El rey Fergus, la reina Elinor y la princesa Mérida, el trío estelar de 'Brave', el nuevo filme de Pixar.
Foto: Disney / Pixar

Cars 2 fue un (leve) bache en el camino de creación de maravilla tras maravilla que ha tenido lugar en los estudios Pixar desde que en 1995 debutara su primer largometraje animado, Toy Story.

Desde entonces, la compañía que era propiedad del fallecido Steve Jobs -a quien se le dedica Brave?, ha presentado algunas de las obras maestras indiscutibles, no solo del género, sino también del cine en general, que se han visto durante los últimos 27 años.

Tal es el caso de toda la trilogía de, de nuevo, Toy Story, Finding Nemo, Wall-E o Up.

Brave, que se estrena hoy y ha sido clasificada PG, es un caso aparte en su ejemplar trayectoria. Se ha dicho hasta la saciedad: es la primera película de Pixar que protagoniza un personaje femenino y que, además, entra de lleno en la tradición de los cuentos de princesas y monarcas.

Pero que nadie se lleve a engaño: no estamos ante la historia de una joven que suspira frente al espejo soñando con un príncipe que la rescate, cantando a los pájaros que vuelan a su alrededor o esperando un beso encantador con el inevitable galán.

La princesa Mérida de Brave no quiere casarse, quiere ser libre (¡y soltera!) y prefiere cabalgar por los bellos parajes escoceses de su reino a llevar a cabo sus labores monárquicas, algo que irrita considerablemente a su madre, la reina Elinor, quien desea que elija entre tres candidatos a marido. Mérida se niega, con cierta complicidad de su padre, el rey Fergus, y para dejar clara su opinión aquella tomará una decisión de la que no tardará en arrepentirse… y que creará una de las relaciones más emotivas y poderosas entre madre e hija jamás retratadas en una pantalla.

Porque, al fin y al cabo, de eso versa este filme de Mark Andrews y Brenda Chapman (esta, que creó la historia inspirándose en la relación con su hija, fue despedida de la producción hace un par de años por “desaveniencias creativas” con los dirigentes de Pixar): trata de la indisoluble unión entre padres e hijos, los desafíos, las frustraciones, las esperanzas y las alegrías.

Todo, combinado, conduce a un filme que se toma su tiempo en plantear su extraordinario mensaje -los primeros minutos, entretenidos y espectaculares, desorientan algo al espectador, aunque el argumento no tarda en dar un giro dramático, y que nadie debería revelar, que conduce a una resolución magistral y también sobrecogedora-.

Esa paciencia narrativa es inusual en el cine de hoy, especialmente en el de animación, plagado de productos donde reina la mediocridad creativa (prueba de ello es, por ejemplo, la más reciente entrega de la saga Madagascar).

Pero termina beneficiando a la película -porque Brave se molesta en contar una historia como si se tratara de un cuento clásico tradicional, del que seguro los Hermanos Grimm estarían orgullosos- y también al espectador, que no es tratado como un mero receptor de bromas, canciones y diálogos sin gracia o de dudosa calidad.

La belleza plástica de Brave está fuera de toda duda (hasta Cars 2, que hacía gala del peor guión de la historia de Pixar, mostró escenas de una preciosidad visual exquisita). Los paisajes de Escocia, la expresividad de los personajes (incluidos dos osos antropomórficos), la atención prestada a elementos como el agua o el pelo rizado pelirrojo de Mérida, sumados a la excelente (y anónima) labor de los actores -entre ellos unos excelentes Emma Thompson, Craig Ferguson y Kelly MacDonald, esta la voz de la protagonista-, y a la música impecable del escocés Patrick Doyle (Hamlet, Harry Potter and the Goblet of Fire) conducen a una experiencia inolvidable.

Brave no es solo una película de princesas, no es solo un cuento inolvidable, no es solo una aventura imperecedera.

Es un ejemplo extraordinario de buen cine.