Muerte de Gerardi sigue impune

El asesinato del obispo Juan Gerardi en Guatemala sigue envuelto en el misterio 15 años después

Un retrato del obispo guatemalteco Juan José Gerardi, asesinado en 1998, es expuesto en 24 de abril de 2013, en la Catedral Metropolitana, en Ciudad de Guatemala.
Un retrato del obispo guatemalteco Juan José Gerardi, asesinado en 1998, es expuesto en 24 de abril de 2013, en la Catedral Metropolitana, en Ciudad de Guatemala.
Foto: EFE

La muerte del obispo Juan Gerardi sigue envuelta en misterio después de 15 años. El 27 de abril de 1998, la noticia de que el obispo de 75 años de edad fue asesinado a golpes en la casa parroquial—la noche anterior—sacudió a Guatemala. Dos días antes, Gerardi había divulgado el informe “Guatemala: Nunca más”, del proyecto arquidiocesano Recuperación de la Memoria Histórica (REMHI).

El informe, sustentado en el estudio de 411 masacres perpetradas durante el conflicto armado, revelaba a las fuerzas del Estado como responsables del 91 por ciento de las violaciones de derechos humanos. La guerrilla fue responsabilizada del 3 por ciento. La proximidad de la entrega del informe hizo creer que el asesinato era una represalia, pero prevalecieron las dudas.

En 2001, fueron condenados por ejecución extrajudicial del obispo el coronel retirado Byron Lima Estrada, su hijo el capitán Byron Lima Oliva, el sargento Obdulio Villanueva, y, por complicidad, el sacerdote Mario Orantes. Posteriormente, se modificó la sentencia de los dos primeros a complicidad y de 30 años a 20 años de cárcel. Antes, Villanueva murió decapitado en un motín carcelario. Orantes, quien compartía la casa parroquial con Gerardi, permaneció condenado a 20 años por complicidad.

El tribunal que juzgó el caso decidió que el móvil fue venganza por el informe, aunque este no acusa a los Lima directamente. La fiscalía tampoco explicó por qué Orantes habría sido cómplice de los Lima, en una venganza por el informe. Primero fue excarcelado Orantes, poco después que Lima Estrada—ambos, por “buena conducta” al cumplir la mitad de su condena.

Pese a que se juzgó el caso como un crimen político, algunos detalles obligan a considerar la participación de miembros civiles del crimen organizado, y algunas características de un crimen pasional. Un criminalista y un detective estadounidenses, entrevistados para el libro “Gerardi: Muerte en el Vecindario de Dios”, observaron que Gerardi fue blanco de un ataque “muy personal”, de un victimario impulsado por rencor. Todos los golpes, propinados en la cabeza (salvo por las heridas defensivas del cuello para abajo). Esa no fue obra de un asesino con cabeza fría, aunque la manipulación de la escena del crimen reveló una actitud calculadora.

Fue relevante el cambiante relato del testigo estrella, Rubén Chanax, quien primero ubicó a 12 personas durmiendo frente a la casa parroquial la noche del crimen (incluyéndose él mismo). Luego dijo que eran 6 y, más adelante, 8. También reveló que el coronel Lima Estrada lo salvó de una golpiza y lo contrató para vigilar a Gerardi. Pero otros tres sujetos aseguran que ellos interrumpieron la misma pelea y nunca vieron al militar. Después de 2001, Chanax sacudió los cimientos del caso cuando dijo (según “El Arte del Asesinato Político”, de Francisco Goldman) que inteligencia militar lo contrató a él y otro testigo para desviar la investigación, y que mintió en parte de su testimonio—aunque sostuvo que vio los Lima y Villanueva en la escena del crimen. Pero, ¿cómo saber si decía la verdad?

Otro testigo ubicó a los militares saliendo y entrando a instalaciones militares cercanas a la escena del crimen, poco antes y después del hecho, pero en un lapso demasiado corto tiempo para cometer el crimen y manipular la evidencia. No obstante, otros datos revelan que alguien vigiló la casa parroquial y tomó nota de las personas que durmieron allí la noche del crimen.

Hoy, el caso Gerardi es un cuarto de espejos: es difícil decidir qué es una coincidencia y qué no lo es; lo que es no parece, y lo que parece no es. Hace 15 años, sospechaba que este sería el caso Kennedy de Guatemala porque aunque hubiera capturas y condenas, prevalecerían dudas acerca de quién fue el autor material, y quién decidió que el obispo debía morir (si se trataba de dos personas distintas). Tristemente ahora compruebo mi sospecha. También redescubro la ironía en el misterio que aún envuelve la muerte de Gerardi, un hombre que creyó que revelar la verdad trazaría el camino hacia la justicia.