Crece número de deportados en campamento en Tijuana

"El Mapa", como se le conoce al campamento ubicado en la Plaza Constitución, acoge a cientos de personas que han sido expulsadas de los EE.UU. y se estima que pronto estará albergando a cerca de mil personas
Crece número de deportados en campamento en Tijuana
Giovana González, de Honduras, encontró refugio en 'El Mapa' después de ser deportada de Los Ángeles.
Foto: Aurelia Ventura / La Opinión

TIJUANA, B.C. —José Gómez se rasura frente a una imponente bandera tricolor que ondea en esta ciudad fronteriza. Sólo que su mente está enfocada en lo que hay detrás del lábaro patrio, la bahía de San Francisco, de donde fue deportado hace tres meses por manejar sin licencia.

En un parpadeo, Gómez, de 23 años, dejó auto, casa y un empleo de constructor allá, en San Francisco, y terminó pidiendo monedas en las agresivas calles de Tijuana y durmiendo en Plaza Constitución, convertida desde hace un mes en el segundo campamento de repatriados más grande de México.

El primer lugar le corresponde a El Hotel Centenario de Mexicali, con 50 cuartos, pero “El Mapa” -como también conocen a esta explanada cercana al cruce fronterizo- va que vuela para apoderarse del trono.

“Yo tengo que regresar”, dice este joven nacido en Tuxtla Gutiérrez, Chiapas. “Queriendo uno sale adelante, el chiste es no desesperarse”, señala el chaval, decido a cruzar solo hacia el otro lado.

Gómez llegó a esta ciudad con un par de tenis Jordan y unos dólares para alquilar un cuarto de hotel. Pero ya no tiene los Jordan (se los robaron) y se le acabó el dinero. “El Mapa” le salvó de dormir bajo un puente, como lo hizo con tantos otros inmigrantes que deambulan en esta urbe y que no tienen ni para pagar los 15 pesos (equivalente a 1.13 dólares) que cada noche les cobran los albergues.

“¿Trabajar? ¿Cómo? Si no tengo una identificación”, comenta Roberto Frías, un michoacano que hace tres meses fue deportado del estado de Washington por no pagar unas multas de tránsito. “No me gusta estar aquí, porque siento que estoy pegando hasta el fondo”, agrega.

Pero muchos en “El Mapa”, donde cada noche duermen unas 500 personas dentro de casas de campaña (dando la impresión de imitar al movimiento de los indignados de Wall Street), saben que podrían estar peor. “Aquí siento que estoy viva”, celebra Sandra Vuelbas, de 33 años y quien hace un año vivía en Long Beach y se dedicaba a limpiar casas. Eso quedó atrás cuando la expulsaron a Tijuana.

Hace unos días Vuelbas salió del infierno. Sin un centavo, ni familiares en la ciudad, ella pasó un tiempo en “El Hoyo” o “El Bordo”, la red de aguas negras que corre junto al muro fronterizo y que es hogar de cientos de migrantes que, esperando regresar a Estados Unidos, terminan hundidos en las drogas.

Ahora duerme en una carpa de color azul con su novio y “Pancho”, un gato que se halló en las cloacas. “Estamos tratando si podemos cruzar”, dice esta guerrerense mientras come calabacitas, frijoles y una ensalada que esta tarde les repartió un grupo de jóvenes cristianos.

Tijuana es el destino de la mayoría de los expulsados por el gobierno de EEUU: casi 400 diarios. Muchos terminan en refugios, pero otros tocan fondo y van a parar a “El Hoyo”.

Hace unas semanas, cuando el Gobierno intentó desalojar a los que viven ahí para limpiar el Río Tijuana, la organización Ángeles Sin Frontera protestó y luego habilitó “El Mapa” en Plaza Constitución, para ofrecer un espacio a los que aspiran al “sueño americano” o fueron repatriados. Cada día reciben más migrantes y esperan que su población alcance las mil personas. El pasado domingo sirvieron 700 platos de comida.

“Se va a convertir en el campamento de migrantes deportados más grande del mundo”, anticipa su fundador Sergio Tamai. “El 80% de los deportados mandan más de 20 mil millones de dólares cada año, ¿cómo es posible que ni siquiera les den de comer?”, reclama.

Verónica Musita, de 55 años, no quiere regresar a San Diego, de donde la deportaron hace año y medio, ni a Cuernavaca, que dejó hace 24 años, pero tampoco pretende volver a los refugios de Tijuana. “Aquí, gracias a Dios, estoy bien, no me puedo quejar. Mejor que en un albergue, mil veces”, afirma.

Las casas de migrantes de Tijuana ya empiezan a registrar menos ingresos y lo atribuyen a “El Mapa”. “Allá no les están cobrando nada”, explica Jesús Hernández, encargado de la Casa-Refugio Elvira, que fundó Micaela Saucedo, fallecida el 1 de septiembre tras perder la batalla contra el cáncer.

Entre los cientos de sueños rotos que ha rescatado “El Mapa” están los de Giovana González, un hondureño gay que no trae ni para comprar un refresco en lata. Aquí, él pretende ser de Jalisco para no volver a enfrentarse a “La Bestia”, el tren al que trepan sus paisanos para llegar a EEUU.

Él quiere volver al norte, porque en su tierra no hay trabajo. “Uno viene a superarse, a salir adelante”.

En Los Ángeles, donde vivió hasta hace dos años, González aprendió algo que le ha servido para engañar a las autoridades migratorias en ambos lados de la frontera. “Mexicanos al grito de guerra, el acero…”, recita el himno azteca al pie de la letra y escondiendo su acento natal.

“¡Ahí está mi gente!”, exclama Rosa Posadas como si hablara de familiares cercanos, mientras el vehículo en el que viaja ha tomado una vereda sobre el Río Tijuana. Abajo, alguien saluda levantando el brazo y otros se ponen de pie, ya reconocieron a quien les trae el almuerzo.

“¿Cómo es posible que a 200 metros de la gloria esté el infierno?”, exclama Posadas, de 56 años y quien esta mañana dirige a un grupo de guatemaltecos que ha venido desde Los Ángeles a alimentar y vestir a los deportados que siguen varados en “Las Alcantarillas”.

Es la quinta vez en 2013 que la Unión de Guatemaltecos Emigrantes (UGE), que ella preside, madruga para tender la mano a los desechados del gobierno estadounidense y olvidados del mexicano.

Integrado este sábado por cinco voluntarios, el grupo ya planea hacer una cena de Navidad con estos desamparados que quieren ir a Estados Unidos o -a veces- sólo regresar a su tierra. Pero UGE tiene un plan más ambicioso: abrir un centro de rehabilitación y capacitación laboral.

“La primera vez que vinimos fue una gran tristeza”, cuenta Juan Barías, de 55 años y marido de Posadas. Aquella visita respondió a una invitación de la desaparecida activista Micaela Saucedo, quien defendió a los migrantes y personas deportadas en Tijuana.

Es mediodía en esta ciudad fronteriza y UGE ha llevado víveres al albergue que fundó Saucedo, la Casa-Refugio Elvira. “No bajen la guardia”, expresa Posadas a los nuevos encargados del centro.

La Unión de Guatemaltecos Emigrantes -que recibe apoyo en Los Ángeles de unos 22 miembros- brinda ayuda a quien la pida, pero la gente de “Las Alcantarillas” les ha robado el corazón. No les importa pagar sobornos en la aduana mexicana para poder llevarles comida, ropa y artículos de higiene personal.

“Hasta dan ganas de llorar por la miseria que se mira”, comenta Francisca Coronado.

No han faltado los viajes en que han pagado de su bolsillo los boletos de autobús a los que quieren dejar ese mundo de adicciones, miseria y abandono. Hace ocho meses rescataron a dos salvadoreños que no pudieron más. “Regresaron derrotados, pero sanos y salvos, fue una satisfacción”, cuenta Posadas.

Pero en otras ocasiones no han llegado a tiempo, como el caso de un salvadoreño enfermo al que enviarían a su tierra. Jamás lo volvieron a ver. Temen que haya ido a parar a la fosa común. “Muchos centroamericanos no saben si sus familiares están vivos o muertos, y están ahí”, dice Posadas.