Las minorías mexicanas

Las minorías mexicanas
Miles de maestros marcharon por las calles de la Ciudad de México contra la reforma educativa impulsada por los partidos políticos del país.
Foto: Archivo / EFE

México

El nuevo discurso del Gobierno, repetido hasta la saciedad por sus jilgueros cuyo pico está muy bien alimentado, es que no se puede ceder ante las minorías. La frase es mala y desprovista de contenido democrático porque en una democracia, todos deben ser escuchados por igual, mayorías y minorías. Muchas veces las minorías ven cosas que el discurso de la mayoría ignora u oculta. Quién decida las cosas es otra historia.

En la historia de la legislación mexicana uno de los elementos que ha motivado su modificación es el derecho de las minorías a ser escuchadas y representadas, y no es porque los gobernantes realmente abriguen propósitos democráticos, sino porque llega un momento en que la aplanadora pierde espacios simbólicos y sus decisiones se ven con escepticismo. Con el tiempo puede llegar a perder legitimidad.

El antecedente histórico del carro completo del PRI fue el Gobierno de Porfirio Díaz, en el siglo XIX el Gobierno no buscaba compartir ni el poder ni las decisiones y en consecuencia controlaba las posiciones políticas con sus allegados, lo que blindaba al Gobierno sobre aspectos negativos que se debían combatir por el bien de la nación; a la caída del dictador Madero optó por lo mismo, concentrar todo el poder en sus manos, aunque tuviera que echar mano del nepotismo, pero en ese entonces no estaba penado, hoy está penado pero a los que lo hacen les hacen lo que el viento a Juárez.

Cuándo se crea el Partido Nacional Revolucionario se busca cumplir con el principio del carro completo, que todas las posiciones quedaran bajo el manto de un grupo hermanado hasta el grado de llamarse “familia revolucionaria”, y aunque siempre existieron otros partidos, su existencia dependía de las migajas que soltaba el poder. Hasta que llegó un momento en que se empezó a cuestionar la no inclusión de otras voces, así que con gran ingenio se abre poco la exclusa y se permite que entren al poder legislativo otras voces, algunas muy pegadas al régimen, pero cuidaron muy bien las formas para que los “nuevos” legisladores le debieran el puesto a la burocracia de su partido, nunca al pueblo, se inicia entonces un mecanismo que hoy registra a legisladores, como el chihuahuense Javier Corral que nunca ha ganado una elección y que para su posición actual de senador logró que el comité ejecutivo nacional del PAN desconociera a quien lo derrotó en las urnas, la lealtad de estos está con el poder, a los votantes le pagan con desprecio por el repudio que les mostraron en las urnas.

La búsqueda del consenso que es aceptación social llevó a darle el voto a la mujer —menos mal porque son la mayoría— y a los jóvenes de 18, y siguió construyendo el poder de las burocracias partidistas, con lo que las grandes decisiones se podían negociar en una cúpula reducida, esto ha llegado a su nivel más perverso con el Pacto por México, donde personas que no fueron electas por nadie, una minoría rotunda, está decidiendo el destino del país, esto es tan grave que los diputados ya se quejan por haber sido desplazados en el proceso legislativo.

Nos machacan que los maestros que protestan son una minoría y cuando nos dan datos, resulta que representan al 10% del magisterio, 150 mil maestros. Los líderes de estas secciones fueron electos. Peña Nieto fue electo con un poco más de 14 millones de votos (si la acusación de compra de votos es cierta esta cifra baja) que representa el 18% del voto total respecto a los que están en la lista nominal del voto. Para el 11 de septiembre se había anunciado la marcha de 60 sindicatos que se oponen a diversas “reformas”, mientras que el Gobierno dice que las impondrá. Cual de las dos minorías debe imponer su voz, porque a final de cuentas las mayorías están cómodamente en casa, muchos de ellos no entienden siquiera de donde nos vendrá el golpe con las reforma porque el Gobierno oculta la verdad y los medios se someten. ¿Acaso alguna minoría es más perversa que la otra?, ¿cuál tiene más legitimidad, o sea aceptación de sus representados?

Estamos en medio de una batalla de descalificaciones, de una batalla muy desigual, porque mientras una empresa televisora es capaz de frenar una ley, los representantes de decenas de miles de personas carecen de la oportunidad de opinar sobre una ley que los afecta. Más antidemocrático no se puede ser.

Peña Nieto reclama ser la mayoría sin serlo, pero démosle el beneficio del error y no olvidemos por favor que, las minorías se equivocan a veces, las mayorías siempre.