Fabricar una controversia

Las corporaciones de Estados Unidos ocupan su propio lugar en nuestra economía y cultura —como lo hacen su torrente de productos irresistibles— pero ese papel no consiste en ser árbitros de la ideología ni creadores de gustos literarios.

Mucha gente comprende eso instintivamente. No compran sus hamburguesas, zapatillas ni computadoras sobre la base de las creencias religiosas o políticas de los que fabrican esos productos o brindan servicios. Pueden tener una fuerte opinión en algunos asuntos y sin embargo tener suficiente confianza para comprar ciertas marcas sin sentir ni una pizca de culpa por ello.

Tomemos como ejemplo a Josh Hune, de la ciudad de Nueva York. Hune es gay, pero también está contento de que la cadena de comida al paso Chick-fil-A, que fue criticada cuando su presidente admitió que se oponía al matrimonio del mismo sexo, esté a punto de inaugurar restaurantes en la Gran Manzana.

Un artículo del New York Post mostró a Hune posando con un patty de pollo dentro de un pan. En referencia a la reacción de un amigo ante su lealtad políticamente incorrecta a las aves, Hune señaló: “Me dijo que era el peor gay de Nueva York. Pero personalmente yo no pienso que mi dinero o que el hecho de que yo vaya allí está diciendo que yo odio también a los gays. No pienso en eso como que esos siete dólares están yendo a alguna fundación para detener el matrimonio gay. Para mí, es sólo comida”.

Ahora, tomemos esa misma idea y apliquémosla a Chipotle Mexican Grill, el proveedor de burritos y guacamole, que ha pasado unas semanas difíciles.

La cadena no sólo ha ofendido a los amantes de las armas de fuego al pedirles que no exhiban abiertamente sus armas en los restaurantes, ahora la gerencia ha irritado a los pocos mexicanos que aún no habían prometido despreciar Chipotle, por elevar el humilde puesto de tacos a algo que tiene tanta relevancia cultural para México como Taco Bell.

Es aquí donde Chipotle metió la pata: La compañía decidió que, además de promocionar sus “Alimentos con Integridad”, orgánicos, sostenibles, provistos localmente, daría vida también a los vasos y bolsas para llevar comida, con breves historias de autores prominentes.

La campaña de Chipotle “Cultivando el pensamiento” pareció que sería un éxito seguro con el tipo de clientela que el restaurante trata de cultivar —principalmente, imagino, gente que piensa que es un poquito más elegante que los demás.

Pero aunque a la cadena le gusta alardear de su calidad culinaria y su “comprensión en profundidad de la cocina, el sazón, la destreza con el cuchillo y las técnicas de la parrilla”, sus directores obviamente no comprenden en profundidad lo idiota que parecen cuando pasan por alto completamente a la gente cuya comida reproducen.

Sí, a Chipotle se le olvidó incluir autores mexicanos en su selección de literatura.

Fox News Latino informa que dos escritores, Lisa Álvarez y Alex Espinoza, crearon “Cultivando la Invisibilidad: Los mexicanos que faltan en Chipotle”, una página de Facebook “donde autores disgustados y otros pueden expresar sus quejas por el rechazo refrito de Chipotle”.

“Ésta es la cuestión. Yo existo. Estoy lleno de historias. Sólo pídanme, y se las diré. Pero tienen que pedir”, escribió Espinoza.

En lugar de lamentarme por la ignorancia obvia de la cadena, me limitaré a sentir pena por los comensales que no tienen otra opción —es decir, familiares realmente mexicanos que les cocinen o acceso a restaurantes auténticamente mexicanos— que cenar en este restaurante seudo-mexicano y seudo-elegante para yuppies.

Pero si los hispanos realmente quieren contrarrestar ese descuido, una página en Facebook es una solución demasiado fácil. En lugar de hacer un clic en “Me gusta”, ¿por qué no prometer convertirse en voraces lectores, árbitros de la literatura contemporánea, que empujan las ventas de libros fuera de toda proporción con el porcentaje de hispanos de la población estadounidense? Y mejor aún: No nos conformemos con un puñado de “escritores mexicanos” que podrían ser presentados en una bolsa de papel.

Cultivemos activamente a los futuros Toni Morrison, Malcolm Gladwell o Michael Lewis —autores notables por la belleza de sus palabras o el poder de su periodismo y no simplemente por sus orígenes raciales o étnicos— y leamos manifiestamente sus libros en nuestro restaurante de tacos preferido.