Ischigualasto, el parque de Argentina donde a las piezas las cincela el viento

El hombre no puede intervenir en las formas del parque natural argentino situado en la provincia de San Juan
Ischigualasto, el parque de Argentina donde a las piezas las cincela el viento
Las formaciones del Valle de la Luna.
Foto: Gabriela Origlia / LA NACION

SAN JUAN, Argentina.- Un paisaje desértico, salpicado de formaciones arcillosas. Alguna vez -en el período triásico de la era mesozoica, hace unos 230 millones de año- Ischigualasto fue un lago rodeado de una vegetación frondosa, con los dinosaurios más antiguos del mundo deambulando.

Además de su significativo valor paleontológico y geológico que lo convirtieron en “Patrimonio de la Humanidad“, el parque provincial es una suerte de museo a cielo abierto. A sus piezas las talla la erosión; no puede haber acción humana.

FOTO: LA NACION / Gabriela Origlia
FOTO: LA NACION / Gabriela Origlia

El Valle de la Luna -como comúnmente se lo conoce a este parque- ocupa 60 mil hectáreas en Valle Fértil, a unos 300 kilómetros de la ciudad de San Juan. Las asombrosas figuras (geoformas) comenzaron a surgir hace unos 60 millones de años, cuando las masas rocosas de los Andes “empujaron” a la zona contra las Sierras Pampeanas, dejándola al descubierto, a merced del viento.

De la misma manera que la erosión construye, también destruye. Hace menos de un año unas violentas ráfagas del Zonda voltearon una las chimeneas del Submarino, una de las figuras estrella de Ischigualasto. Por estos días, algunos guías se paran frente al Hongo y comentan que podría caerse en unos 25 años.

¿Cómo se hace para reemplazar formas sin que el hombre pueda intervenir?, pregunta LA NACION. Silvio Atencio, administrador del parque, cuenta que “ya hay en vista algunas; las estamos conservando para cuando otra desaparezca”. El “banco de suplente” de las geoformas se va armando en base a la curiosidad de los guías, geólogos, paleontólogos y arqueólogos que trabajan en el lugar.

Las formaciones del Valle de la Luna. Foto: Wikimedia Commons
Las formaciones del Valle de la Luna. Foto: Wikimedia Commons

“Fuera del circuito formal hay tantas bellezas como las que se ven; las vamos bautizando y las tenemos en carpeta”, comenta. El recorrido para los más de 100 mil visitantes anuales abarca sólo el 20 por ciento de Ischigualasto; el resto es territorio de tareas científicas. El circuito de 42 kilómetros con cinco estaciones está determinado en función a un plan que fijan expertos.

Ricardo Martínez, jefe del área Paleontología del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad Nacional de San Juan, no puede menos que sonreír ante la consulta de cómo se proyecta cuánto puede durar una geoforma: “Son un producto de la naturaleza que a través de miles y millones de años va degradando las rocas; nadie puede predecir ni caídas ni formaciones”.

Son estructuras enormes que se sostienen en un punto; parece increíble -continúa-. Y están en una región sísmica y de fuertes vientos. Alguna empresa hasta llegó a proponer pegamentos, pero si hay una intervención humana ya deja de ser natural. Son formas en equilibrios inestables y así deben permanecer”.

Las campañas son claves para que no se pierdan fósiles. Foto: LA NACION / Gabriela Origlia
Las campañas son claves para que no se pierdan fósiles. Foto: LA NACION / Gabriela Origlia

El “bautismo” de las geoformas empieza a mediados de los ’60. Empiezan a identificarse, entre otras, el Gusano, la Esfinge, el Submarino, la Cancha de Bochas. Su proceso de formación -al igual que el de destrucción- es “tremendamente lento”, dice Martínez. Es que Ischigualasto está en una zona árida, con no más de cinco lluvias torrenciales al año.

“El clima seco hace que la erosión sea lenta; la roca expuesta se meteoriza, la tritura el ambiente. Se forma una capa que, si no se remueve, protege al resto de la formación”, agrega a la vez que añade que pusieron estacas marcadas para medir la erosión; “pasaban años sin cambios”.

Aunque el paleontólogo admite que el paisaje es “mágico”, reitera la importancia científica del parque. No hay ninguna otra “secuencia triásica completa” preservada en el mundo. Describe que la zona que estaba hundiéndose, por lo que formaba una cuenca en la que los ríos depositaban sedimentos: Ischigualasto tiene un espesor de entre 500 y 700 metros y demoró unos 50 millones de años en formarse.

Ante la consulta de cómo se mantiene un parque de estas características, indica que las campañas son claves para que no se pierdan fósiles. Este año, después de varios sin que se realizaran, habrá una. “Parar las excavaciones es una pérdida porque la zona está en ascenso constante y, a medida que sube, aumenta la erosión. Preservar, en este caso, es extraer; lo que no se extrae se pierde”.

Los fósiles que se recuperan van al Museo de Ciencias Naturales de San Juan, donde sigue la tarea. Desde el ’88 hasta hoy hay unos mil especímenes protegidos en “bochones” (bloques de roca); están curados, catalogados y en depósito. Es la manera de frenar el proceso erosivo.

La extracción de fósiles es una labor dura y costosa, ya que el corte de la roca no puede ser masivo. Una vez marcada el área, se trabaja a cincel, con el fósil cubierto con aluminio y vendas de arpillera con yeso. “Esculpimos una zanja alrededor y lo vamos sacando. Hay que separar grano a grano la roca del fósil”, grafica Martínez.

El Valle de la Luna fue tierra de dinosaurios, Foto: LA NACION / Gabriela Origlia
El Valle de la Luna fue tierra de dinosaurios, Foto: LA NACION / Gabriela Origlia

“Hace 230 millones de años el mundo no era como lo conocemos ahora -cuenta Martínez a LA NACION-. Los continentes estaban unidos y no existían los mamíferos como grupo”. Por ese entonces, en Ischigualasto caminaban dinosaurios. Por los registros científicos, fueron los más antiguos de la tierra, los más primitivos.

Advierte que no eran grandes: “Eran chicos, no más altos que un ganso; podía encontrarse alguno de seis metros, pero no más”.

Los estudios de geólogos, paleontólogos y expertos en flora y fauna permiten describir el ambiente, cómo era, qué pasó, por qué se originaron y cómo se extinguieron los dinosaurios.

Por Gabriela Origlia, LA NACION