Editorial: Ayer fue un mal día para el presidente Donald Trump.

Editorial: Ayer fue un mal día para el presidente Donald Trump.
Un mal día para el presidente Donald Trump
Foto: Tom Pennington / Getty Images

Por un lado, se confirmó la existencia del esfuerzo de Rusia para ayudar al rival de la candidata demócrata Hillary Clinton y que todavía existe una investigación para determinar si hubo una conspiración entre el gobierno ruso y la campaña del presidente.

Por el otro, el Departamento de Justicia de Trump se unió al coro de voces que rechazan la posibilidad de que la administración de Obama intervino el teléfono como el presidente lo asegura, ni la Torre Trump estuvo bajo  vigilancia.

En el primer caso, Trump despectivamente dice que toda conversación sobre Rusia en relación a su gente, y su campaña, es para desmerecer su victoria electoral. En el segundo, sigue afirmando tércamente que su teléfono y su campaña estuvo bajo vigilancia, hasta el punto de involucrar al gobierno de Gran Bretaña y a la canciller alemana, Angela Merkel.

Estos desarrollos deben servirle a Trump para comprender que no es el dueño del gobierno como lo es de sus empresas. El poder del presidente electo democráticamente tiene sus límites.

Hay muchos motivos para creer en la intención rusa de tener un impacto en la elección pasada, como hay varios allegados al presidente con contactos controversiales. Hay motivos para una investigación que quizá libre de toda sospecha al gobierno de Trump, pero de nada sirve culpar a los demócratas de conspirar en su contra.

Si de conspiración se trata, Trump y su gente en la Casa Blanca, son los únicos en el gobierno que creen que Obama intervino su teléfono.

Trump como individuo y candidato está acostumbrado a decir cualquier cosa, para luego huir de ellas, ya sea cambiando el tema, negando que las dijo o echándole la culpa a otro.

Este no es el caso cuando es el presidente de Estados Unidos es quien acusa a su predecesor del delito federal de haberlo espiado. Trump ya debería reconocer esa diferencia. Su empecinamiento, semejante a la necedad, destruye su imagen y credibilidad. No hay nadie quien lo salve de sus palabras irresponsables.

El gran error del expresidente Richard Nixon fue creer que todo lo que hace el presidente es legal porque lo hace el presidente. Esta Casa Blanca debe saber que todo lo que dice el presidente no es necesariamente real porque lo dice el presidente.

La arrogancia de Nixon le impidió reconocer que el gobierno no trabajaba para él sino para los estadounidenses. Trump está a tiempo para aprender esta lección.