Editorial: “Hostilidad contra California”

California es presente con una mirada al futuro, se resistirá siempre a ser pasado
Editorial: “Hostilidad contra California”
Primero ocurre en California, luego se traslada gradualmente al resto del país.
Foto: David McNew/Getty Images

Tiene una explicación la animosidad de la administración Trump hacia California. Está en la naturaleza opuesta de lo que cada uno de los dos representa. Entre el pasado y el futuro.

Nuestro Estado tiene una historia de marcar el rumbo de lo que viene. Primero ocurre en California, luego se traslada gradualmente al resto del país. La revolución impositiva de la Proposición 13, la ola antiinmigrante de la época del exgobernador Pete Wilson y el movimiento ecologista son ejemplos de una larga lista de actitudes políticas y sociales que ubican en la vanguardia al estado Dorado.

El presidente Trump representa todo lo contrario. El neoyorquino promueve con “hacer América otra vez grande” el regreso a un pasado que ya no existe, con una nostalgia idealizada. Es una propuesta de romanticismo fantasioso. Ese que permite soñar el regreso de los mineros a extraer alegremente el carbón, sin pensar en las enfermedades, y con el engaño de que es posible la energía del “carbón limpio”.

Esta semana la naturaleza retrógrada de la Casa Blanca se manifestó con la decisión presidencial de abrir las costas nacionales a la explotación petrolera y con la anulación de la norma del expresidente Obama de que el gobierno federal no intervenga cuando un Estado autoriza el consumo de la marihuana.

A esto hay que sumarle el comentario del director interino de ICE, Thomas Horman, amenazando con más operativos, agentes y deportaciones; al mismo tiempo que recomendaba al Departamento de Justicia que “haga responsable” a los funcionarios de las ciudades santuarios.

Los californianos ya conocen lo que es la contaminación de sus costas, después del derrame petrolero de 1969 en Santa Barbara; de la inutilidad de una guerra contra las drogas en que la marihuana es el principal enemigo y de la importancia de integrar la comunidad inmigrante.

Los votantes de California -directamente y a través de sus representantes- ya tomaron sus decisiones en estos temas. El gobierno federal debe respetar el deseo de los californianos en vez de imponer medidas que ellos ya rechazaron en su momento.

Este es el buen ejercicio del repetido derecho de los Estados. Los ciudadanos deciden su calidad de vida sin oprimir minorías. Esta es la peor intervención del gobierno federal. En defensa de intereses petroleros, y con políticas represivas, para imponer una visión de la década de los treintas sobre las drogas y el resentimiento antiinmigrante.

La reciente reforma impositiva castiga a los Estados que votaron por Hillary Clinton, quitándole deducciones impositivas. Fue una agresión descomunal y revanchista del Congreso Republicano con las regiones mayormente demócratas como California y Nueva York.

Esta no es la única vez que el ocupante de la Casa Blanca no ganó en nuestro Estado. Sí es la primera que desde Washington se quiere avasallar de esta manera los valores de los californianos.

California es presente con una mirada al futuro, se resistirá siempre a ser pasado.