Fue medallista olímpica y ahora vive en la calle

Para los atletas que compiten a un alto rendimiento les resulta difícil volver a la vida normal cuando ya no tienen aptitudes para seguir entrenando

Rebecca Twigg tenía 7 años cuando se montó en una bicicleta por primera vez. Ni siquiera se ayudó de las rueditas de entrenamiento, Twigg empezó a rodar como si siempre hubiera sabido ir en bici.

Así comenzó su carrera como deportista que la llevó a consagrarse como una gran ciclista.

Esta atleta criada en Seattle se convirtió en una de las ciclistas estadounidenses más famosas de los años 80 y 90, ganando seis campeonatos mundiales y obteniendo medallas en dos Juegos Olímpicos. Apareció en portadas de revistas de ciclismo, en anuncios de patrocinadores y en artículos de Sports Illustrated y Vanity Fair.

Pero luego, en 1996, abandonó el equipo durante los Juegos Olímpicos y al año siguiente, se retiró del ciclismo. Le costó mucho hacer algo distinto a pedalear, por eso todo fue cuesta abajo.

Twigg, de 56 años, accedió a compartir su historia para convencer al público de que no todas las personas sin hogar son adictas a las drogas o al alcohol; que hay muchos como ella, que han luchado por mantener un empleo y están “confundidos”, como ella misma le dijo a Seattle Times. No quería hablar sobre la salud mental, pero considera que debería tratarse más seriamente.

“Recuerdo que algunos de los días de entrenamiento eran realmente dolorosos, pero no tener hogar, cuando tienes poca esperanza o no hay conocimiento de dónde está la línea de llegada, es igual de difícil”, relató en la entrevista.

Twigg era todavía una niña cuando se quedó sin hogar. Prodigio en el mundo académico y atlético, comenzó en la Universidad de Washington a los 14 años, compitiendo en ciclismo ese mismo año y ganando en carreras nacionales casi de inmediato. En ese momento, ella vivía en Seattle en un sótano con su madre y su hermana.

La hermana de Twigg recuerda que su madre echó a Twigg de la casa; Faltaban pocos meses para que cumpliera los 16 años y no tenía muchas opciones, así que se fue con su bicicleta hasta la estación de autobuses. Allí se quedó despierta toda la noche y durmió algunas horas en la biblioteca de la Universidad de Washington, hasta que, a la mañana siguiente, llamó a la capitana de su equipo y se fue a su casa. Los años siguientes fueron años de transición, sin un hogar. Dormía en casas de amigos mientras entrenaba y ganaba carreras.

“Perdí mi base de operaciones porque viajé mucho”, dijo Twigg.

A los 17 años fue seleccionada por el famoso entrenador de ciclismo Eddie Borysewicz. Después de ganar el campeonato mundial, la invitó a vivir en el Centro de Entrenamiento Olímpico en Colorado Springs y entrenar para los Juegos Olímpicos de 1984, donde por primera vez las mujeres competirían en bicicleta.

Los estadounidenses dominaron los Juegos Olímpicos ese año. Twigg ganó una medalla de plata, perdiendo el oro tan solo por unos centímetros. En los siguientes años alcanzó récords mundiales, ganó diversos títulos y compitió más de 60 veces al año. Se hizo conocida por su competencia en persecución individual, donde dos ciclistas comienzan al mismo tiempo en lados opuestos de la pista y cada uno trata de atrapar al otro. Ella todavía está entre las atletas más condecorados en esta disciplina.

Pero el ritmo era tan vertiginoso que no pudo mantenerlo. Twigg, que estaba casada, se divorció y luego en su carrera deportiva también todo se vino abajo. En una carrera en Texas, se rompió el pulgar y recibió 13 puntos en la cabeza. Al año siguiente se sintió quemada por lo que se tomó un descanso y decidió estudiar ciencias de la computación.

Sin embargo, lo suyo no era estar detrás de una mesa de oficina, así que quiso volver a entrenar para competir de nuevo. Corrió en 1997, pero se ubicó octava en los campeonatos mundiales. Después de eso se retiró para siempre.

Tener un trabajo normal es difícil para cualquiera que haya sido un atleta famoso, pero puede ser especialmente difícil para ciclistas superestrellas.

Twigg admite que la ansiedad inhibía su búsqueda de trabajo. Se postulaba a ofertas de trabajo y cuando la contactaban para una entrevista, ella no respondía. Comenzó a experimentar sensaciones extrañas en su cabeza y cuerpo, pero los médicos no tenían ninguna respuesta. Ella admite que incluso consideró  el suicidio, pero está convencida de que las cosas no mejoran en “el otro lado”.

Hace cinco años, Twigg fue despedida de un trabajo de soporte de técnico y se mudó a Seattle, pero esta vez ni siquiera solicitó puestos de trabajo. Tenía 50 años y sentía que los puestos en informática se dirigían a nuevos graduados universitarios.

Pasó de vivir con conocidos a vivir en su automóvil, dejando que su hija de 14 años de edad se quedara con sus familiares. Montar en bicicleta ya no tenía sentido para ella,  mantenerse limpio y seco es difícil cuando no tienes hogar. Por eso la regaló y comenzó a caminar a todos lados.

Twigg compara la falta de vivienda con viajar sin una meta final para su viaje. “Nunca se puede ir a casa a descansar”, dijo Twigg. Se mudó de su automóvil a refugios para mujeres y mixtos en Seattle, y el ritmo de vida allí también es duro.

Esta ciclista olímpica y campeona del mundo en los años 80 y 90, ha estado sin hogar en Seattle durante los últimos cinco años. Por suerte, ha encontrado consuelo y apoyo en comunidades como el Centro de Día para Mujeres, en Mary´s Place, aunque en algunos momentos se siente culpable porque hay otras personas que también necesitan un hogar.