Deportados envían remesas desde México a EEUU

Empresas estadounidenses han puesto sus ojos en este perfil de trabajadores que entienden las dos culturas, son bilingües y con salarios por comisión, dispuestos a todo por sacar adelante a sus familias

Carlos Ramírez (al frente) con algunos de sus compañeos de trabajo migrantes
Carlos Ramírez (al frente) con algunos de sus compañeos de trabajo migrantes
Foto: Carlos Ramírez / Cortesía

MÉXICO – Cuando volvió a su país con el brazo roto tras una riña en el centro de detención de migrantes, Carlos Ramírez estaba desesperado. Tenía fracturado el cúbito, el dolor era insoportable y de sus últimos minutos en Estados Unidos sólo quedaba el recuerdo de no querer pagar “derecho de piso” antes de ser deportado.

“Querían dinero y no les iba a dar, querían poner sus reglas y no me dejé”, cuenta en entrevista con este diario sobre las mafias de ex presidiarios que molestan a otros indocumentados previo a la repatriación.

Había cruzado la frontera sin papeles 15 años atrás, cuando tenía 19  y sabía poco de la vida lejos de San Francisco Solo, donde nació. Apenas que tenía que aprender inglés, que quería enviar dinero a sus padres y debía buscarse empleo pronto.

Lo encontró en Utah, en la construcción. El lugar tenía en aquel entonces un boom inmobiliario y necesitaba brazos jóvenes como los de Carlos Ramírez, qué más daba si era legal o no, había que hacer negocios y él comenzó a crecer, a  volverse adulto, acomodarse, sentirse seguro hasta el punto de querer formar una familia.

A los 26 nació el primogénito. Después vinieron dos más junto con la necesidad de atención y dinero; las exigencias de pareja, los roces y los deberes; los disgustos y riñas que lo llevaron a una situación familiar compleja que le costó mucho más que un requerimiento migratorio: la separación de sus hijos.

En 2018, Carlos Ramírez llegó a Juárez con la fractura del pleito en el centro de detención migratoria. Las autoridades del Servicio de Inmigración y Adunas (ICE) no quisieron ayudarle. Ni en el Instituto Nacional de Migración, dice. En el ayuntamiento de la ciudad le dieron dinero para el pasaje a su tierra.

Así se embarcó a la Ciudad de México porque su pueblo natal está cerca, en la zona conurbada. Seguía con el brazo partido y, en la mano, llevaba un folleto con la dirección de las oficinas de apoyo al migrante del gobierno local, donde no hubo respuesta. O, más bien, donde se lavaron las manos. “En las organizaciones de la sociedad civil te pueden ayudar”, le dijeron.

Era un mal momento para que el Estado mexicano atendiera a un migrante. En el Presupuesto de Egresos de la Federación, el presidente Andrés Manuel López Obrador desapareció de un plumazo el Fondo de Apoyo al Migrante que daba incentivos a los mexicanos de retorno para que abrieran sus propios negocios y otros programas como el 3×1 y la indemnización para braceros.

Con el tiempo se supo que aquel dinero que era para los repatriados se canalizó a ayuda a Centroamérica. Información de la agencia Associated Press —que citó a fuentes oficiales— afirmó que el gobierno de Andrés Manuel López Obrador asignó en 2019 más de cuatro millones de dólares del conocido como Fondo México para rehabilitar centros de detención migratoria y trasladar hacia el sur del país a migrantes o solicitantes de asilo devueltos por Estados Unidos.

En otros casos, cuando el presupuesto ya estaba autorizado como en el caso del 3×1 para comunidades de oriundos, se impidió ejercerlo con complicaciones técnicas y, al no usarse, cayó en un ‘subejercicio” que, por ley, es canalizado al Ejecutivo, quien decide dónde reetiquetarlo.

Como sea, Carlos Ramírez estaba con una mano adelante y la otra atrás más el riesgo de perder la patria potestad de sus hijas por incumplir con la pensión alimenticia, la manutención.

AVES FENIX

En ese tiempo, la organización de repatriados New Comienzos comenzó a buscar alianzas con empresas estadounidenses para sortear la crisis que había generado la suspensión de los apoyos del gobierno que los mantenía a flote para apoyos de emergencia a los recién llegados, comida, albergue, documentos.

La empresa de transportación de carga All State con sede principal en California se interesó en el plan de negocios que le presentaron: apoyar con la ardua tarea de convencer a los camioneros independientes a llevar las cargas que recibe en distintos puertos para distribuirla por todo Estados Unidos.

Parecería una tarea para cualquiera, pero no es así. La mayoría de este perfil de transportistas son latinos, sino es que mexicanos, y se ponen sus moños si desconfían o no se les trata adecuadamente, con los debidos protocolos, el lenguaje y el tacto que conlleva una cultura.

“Son difíciles y te los tienes que ganar”, detalla Carlos Ramírez a casi dos años de aventuras telefónicas, de adulaciones, de toma y da, de tratos cerrados con poderosas compañías como Wall Mart o Costco entre tantas otras. Todo desde San Pedro Solo.

All State es como Uber, pero en el transporte de carga y la gente que engancha  a los camioneros y éstos mismos son como “los socios” de la plataforma que opera en convenios de ganar-ganar en “dólares”.

Carlos Ramírez se levanta temprano y arranca el día. En las buenas rachas,  sabe que en un mes se puede hacer de hasta 4,ooo dólares de comisiones con gastos mínimos, sin nada más que una computadora desde la casa de su madre en un poblado campirano lejos de las mezclas, los tabiques, varillas, los pulidos y cementos de la construcción.

Carlos Ramírez en su centro de trabajo.
Carlos Ramírez en su centro de trabajo. (FOTO: Cortesía Carlos Ramírez)

“Diario hay dificultades, algo complica las cosas y los choferes se molestan y te echan la culpa, que si no los cargan pronto, que si no los reciben o tienen acceidentes y es nuestro trabaj resolver esos problemas”.

Se lo toma con filosofía. Después de todo, ese trabajo le ha permitido durante mucho tiempo enviar dinero a sus tres hijos que hoy tienen 12, 10 y ocho años. Carlos Ramírez sueña con que un día lo visiten en el Estado de México y pasear y enseñarles su país.

PASOS ADELANTE

Aún no son muchos pero cada día se suman más repatriados al envío de remesas desde México a Estados Unidos, reconoce Israel Concha, fundador de la organización New Comienzos y de empresa cooperativas que han hecho alianzas con empresas estadounidenses.

“Tenemos plenamente identificados a 34 deportados de la organización que envían remesas a EEUU gracias a las ganancias en diferentes proyectos”, advierte.

Pero hay una cifra negra. Oficialmente aún no hay cifras de registro como sí se tienen a la inversa, de las que llegan de Estados Unidos a México y que han roto récord este año a pesar de la covid-19. En cambio, hay proyecciones optimistas que podrían alentar el interés para que se registre un nuevo capítulo en las cifras de la Unidad de Política Migratoria dado el circuito migratorio.

“Cada vez hay más padres que fueron deportados y quieren seguir viendo por sus hijos y cada vez hay más empresas de EEUU que están mirando a los repatriados para sus proyectos: son totalmente bilingües, binacionales y entienden bastante de las dos culturas.

Cuando EEUU empezó a expulsar indocumentados en masa, los primeros que voltearon a ver el fenómeno fue la industria de los call centes, donde Israel Concha llegó a trabajar los primeros años de su deportación;  actualmente, otras industrias están interesados en ese capital humano sui géneris en el que, de una u otra forma, el Estado americano educó y luego echó de su territorio.

“Nos buscan instituciones bancarias y financieras; incubadoras, contables, industriales, desarrolladores web… y contratan a la gente con salarios de inicio de hasta 2,500 dólares al mes”.

Quienes se han enganchado a este sistema repiten frecuentemente que han cumplido el “Sueño Americano” en México con muchas ventajas y desventajas como la separación de familias y la novedad de que tienen que pagar 10 veces más por el envío de remesas desde México a EEUU que al revés aunque sea a través de las mismas instituciones como Western Union.

Otro tema pendiente de la agenda binacional.

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