La lucha de los de abajo, una tarea de nunca acabar en México

El objetivo de Obrador es crear una sociedad más justa, pero ¿quién se beneficia de tener a más del 50% de la población en la pobreza?

La lucha de los de abajo, una tarea de nunca acabar en México
Logo de los partidos de oposición en México.
Foto: Reforma / Agencia Reforma

¿Por qué la lucha por una sociedad más equitativa se vuelve interminable?  ¿Quién se opone? ¿Por qué parece muy difícil de lograrla a pesar de que la mayoría de la gente lo necesita? O, en todo caso, ¿quién se beneficia de tener a más del 50% de la población mexicana en la pobreza o en la extrema pobreza?

En México el poder económico (la oligarquía) siempre se ha beneficiado directa o indirectamente al mantener a la mayoría de los mexicanos con lo mínimo para sobrevivir. Ellos, en complicidad con la clase política y los medios de comunicación corporativos, se han encargado de mantener a una gran parte de la sociedad mexicana con pocos o nulos recursos, sin esperanza, sin voz y lista para migrar hacia Estados Unidos; todo ello a consecuencia de los fraudes, del saqueo de recursos, de la impunidad, de las masacres y la represión que han permitido el enriquecimiento ilícito de unos cuantos.

De acuerdo con el periódico El Financiero, actualmente “México es el segundo país con más millonarios en América Latina, sólo detrás de Brasil, y cuenta con al menos medio centenar de personas con más de 500 millones de dólares”.

Algo que llama la atención es que a principios del sexenio de Carlos Salinas de Gortari, los millonarios en México se podían contar con los dedos, mientras que la migración hacia Estados Unidos se empezó a incrementar en millones de personas y  el sueldo mínimo comenzó a perder su poder adquisitivo, pasando del lugar 12 al 82 en 40 años, a pesar de los tres aumentos que han tenido lugar en el presente gobierno (más del 50% en tres años). Actualmente, el sueldo mínimo en México es de unos siete dólares por ocho horas diarias de trabajo.

Por eso no es sorpresa que en México haya más de 60 millones de personas viviendo en la pobreza o en la extrema pobreza. Hay gente que todavía vive sin drenaje ni electricidad, mientras que por otro lado hay políticos y periodistas que viven con grandes lujos, yates y apartamentos en Miami o en Europa.

Periodismo y política, combinación perversa

Menciono estas dos actvidades públicas porque se supone que son disciplinas para servir y no para el inexplicable enriquecimiento personal. Tener dinero y lujos no está mal, pero solo si se puede justificar con el trabajo y el ingreso, como es el caso de hombres y mujeres de negocios. El problema es que los comunicadores que sirven al poder político y económico, además de los servidores públicos, no son originalmente empresarios; en general, empiezan trabajando sin muchos recursos y terminan millonarios. ¿Cómo se puede explicar esa situación, sino por fraudes, desfalcos, complicidades, saqueos, negocios leoninos, etc.?

Que no se nos olvide que esos 60 millones de pobres que hay en México no surgieron por generación espontánea, sino como consecuencia de un capitalismo salvaje que se intensificó a finales de los 80 con Salinas de Gortari. Con el periodo neoliberal que este expresidente representaba, las industrias públicas se empezaron a privatizar, para pasar a manos de unos cuantos, al igual que continuó la concesión de los recursos naturales. Hasta ahora, esa política ha generado una desigualdad sin parangón en México. Lo que sucede es que la iniciativa privada solo hizo lo que sabe hacer: obtener jugosas ganancias, pero sólo para ellos, para los políticos, los dueños de medios de comunicación corporativos y algunos comunicadores. Todo esto, mientras los medios de comunicación, lejos de investigar y criticar, trabajaban con ellos y muy de vez en cuando reportaban un conflicto, un abuso, pero en general justificaban la política, los negocios y los fraudes.

Es por eso que la lucha de los de abajo se ha vuelto interminable. En aquellos tiempos, aun cuando había protestas masivas en las que la gente marchaba y gritaba, si los medios no lo cubrían, era como si no hubiesen ocurrido. Desafortunadamente la gente de abajo no tiene muchos recursos para soportar y mostrar su inconformidad durante varios días, y al final todo se desvanecía. Esa era la historia de siempre.

Pasaron décadas en México y nada cambiaba. Había elecciones, y aunque la gente votaba, no había cambios. Primero, porque el poder político controlaba los resultados de las elecciones, y si había que hacer fraude lo hacían, no había problema, tenían en la bolsa a los medios de comunicación que, en forma sincronizada, salían a gritar el “triunfo” del PRI o del PAN y con eso era suficiente. A este sistema el escritor Mario Vargas Llosa lo llamó “la dictadura perfecta” en los años 90 del siglo pasado.

Ecos del fraude electoral de 1988

Recuerdo que en 1988, cuando todos pensaban que el ingeniero Cuauhtémoc Cárdenas había ganado las elecciones gracias al voto masivo que estaba obteniendo, de repente se “cayó el sistema de cómputo”, de tal modo que cuando este fue restablecido, el candidato del Partido Revolucionario Institucional (PRI), Carlos Salinas de Gortari, había ganado. Al frente de la Secretaría de Gobernación, por cierto, estaba Manuel Barttlet Díaz, quien ahora forma parte del gobierno del presidente Andrés Manuel López Obrador, y quien se ha deslindado de dicho señalamiento, acusando a Salinas, Diego Fernández de Cevallos y Felipe Calderón, a quienes ha calificado de “delincuentes” y “defraudadores” por haber quemado paquetes electorales.

Así se estilaba en esos tiempos. En 2006 quisieron desaforar y meter a la cárcel a López Obrador, pero no pudieron. Inclusive, más tarde el mismo expresidente Fox declaraba a un medio que él había participado para que López Obrador no ganara las elecciones presidenciales de 2006.

Pero en 2018 las cosas cambiaron: un voto masivo le dio el triunfo a López Obrador y, ahora sí, por primera vez en muchas décadas el pueblo tenía un presidente de su lado.

El problema es que el poder político de antes cambió la Constitución con la complicidad de los políticos y el silencio de los medios. Y no fue solo una vez. Además, se echó a la bolsa al poder judicial. Eso significaba que aunque se aprobaran leyes en el Congreso, siempre había jueces que podían detener los proyectos que protegían a la iniciativa privada, inclusive con contratos aprobados con sobornos, como la Reforma Energética de 2013 durante el gobierno del expresidente Enrique Peña Nieto, considerado el más corrupto de la historia de México.

Prensa ‘chayotera’ vs. AMLO

Por otro lado, los medios corporativos están en contra del presidente López Obrador porque les quitó casi el 70% de los fondos que recibían anualmente en sexenios pasados. Eso los enfureció, al igual que a algunos de los dueños de los medios, pues además tienen negocios en otras industrias y los ha obligado a pagar impuestos o a corregir contratos que eran un abuso para el pueblo de México.

Asimismo, muchos supuestos intelectuales que también vivían del erario, están molestos porque ahora no pueden vivir del presupuesto del pueblo. Es por eso que no pierden oportunidad para atacar a la actual administración. El problema es que no critican la Cuarta Transformación del presidente con argumentos sólidos, sino que en muchas ocasiones inventan, dicen verdades a medias o manipulan el contexto o la información para desinformar o confundir a las audiencias.

Un ejemplo claro de los abusos y fraudes es la Reforma Energética que se aprobó con bombos y platillos en el gobierno de Enrique Peña Nieto, pero ahora se tienen incluso los videos que comprueban que hubo sobornos millonarios para que los legisladores aprobaran dicha propuesta que, lejos de ayudar al pueblo mexicano, lo que hacía es que terminaba de privatizar y destruir Petróleos Mexicanos (Pemex), al igual que a la Comisión Federal de Electricidad (CFE).

Otro ejemplo de cómo mienten algunos periodistas fue el caso reciente de Raymundo Riva Palacio, quien ha dicho que AMLO miente más que Donald Trump –algo humanamente imposible. Pero el columnista recientemente publicó en El Universal que el presidente había “dejado libre” al narcotraficante Héctor, El Güero, Palma, que lo “había exonerado” del delito de delincuencia organizada y “absuelto de todo”; inclusive, dijo que casi el narcotraficante se fue con “una disculpa” por parte del gobierno. La verdad es que AMLO no permitió su salida, fue una orden dada por un juez en Jalisco. El presidente detuvo la orden y primero se aseguró de que El Güero Palma no tuviera ningún otro delito que le mereciera permanecer en la cárcel.  A pesar de ser mentira todo lo que dijo el columnist, nunca se disculpó y su columna permanece pública como si fuera cierta en El Financiero y otros medios de México.

Estos son solo dos de cientos de ejemplos que revelan la intensa lucha que tienen los de arriba, los que siempre han tenido todo, para detener a AMLO y su 4T. Mientras que los de abajo, que ya llegaron al poder, luchan —sin recursos— por mantener y apoyar a López Obrador en la presidencia, quien ha abierto cauces de ayuda a los pobres —más del 50% son mujeres—, a los estudiantes de no muchos recursos y a la tercera edad, además de un gran número de proyectos que se realizan a nivel nacional. Todo esto en medio de una pandemia y sin un endeudamiento, como sí lo hicieron sus predecesores.

Desafortunadamente la fuerza de los de arriba, aunque ahora son oposición, es superior. Y con todos los medios corporativos de su lado, tienen posibilidades de regresar al poder, sobre todo si los de abajo se dividen, se pelean y quedan confundidos por los diarios bombardeos de los medios corporativos.

El próximo 6 de junio, día de elecciones, será determinante para saber si los de abajo tendrán hasta el 2024, último año de López Obrador como presidente, para festejar con los brazos abiertos, o si tendrán que seguir luchando en forma indefinida como lo hicieron hasta el 2018, contra los poderes fácticos que buscan no perder sus privilegios, vivir del erario público y mantener por siempre a ese más de 50% de mexicanos en la pobreza, para ellos seguir viviendo enmedio de una plenitud de privilegios.

*Agustín Durán es editor de Metro del periódico La Opinión, de Los Ángeles.