De la Maldita Vecindad a la música medicinal prehispánica

El vocalista de la emblemática banda "La Maldita Vecindad" y la joven agrupación "Legend" demostraron durante una presentación en México que la música “es medicina”.

De la Maldita Vecindad a la música medicinal prehispánica
Roco y los músicos de Legend Medicina sónica en un concierto ceremonial en la mina prehispánica de Taxco, Guerrero.
Foto: Gardenia Mendoza / Impremedia

TAXCO, México.- En una mina prehispánica de oro, plata y cuarzo, a 180 metros bajo tierra, Roco,  el vocalista de la emblemática banda La Maldita Vecindad y la joven agrupación Legend demostraron que la música es algo más que una de las bellas artes, más que entretenimiento y una fuente de poder: “es medicina”.

Fue en el vientre de la tierra hasta donde los siguieron treinta y tantos espectadores que descendieron paso a paso por una escalera serpenteante, al ritmo de Anaconda, la pieza de bienvenida. Sonó el Didgeridoo, un instrumento de origen australiano en forma de flauta gigante que emite sonidos al estilo de los monges tibetanos.

Este era un didgeridoo mexicano hecho de quiote de Maguey y zimbró a la par de los tambores envuelto en incienso y  copal en el fondo de la cueva ubicada en el subsuelo del Hotel Misión, una de las pocas minas que no fueron explotadas en la Colonia española porque los indígenas chontales la ocultaron cuando vieron llegar a los frailes franciscanos en 1521.

La “música medicina” en las entrañas de la tierran arrancó poco después del rezo de agradecimiento al viento, al fuego, a lo masculino y lo femenino, a la jícara celeste, al misterio, al corazón en los cuatro puntos cardinales, al cielo y a la tierra en una crónica espiritual que arrancó al caer la tarde en un patio de la superficie.

Ahí estaba Roco con sus inseparables yoyotes en la mano derecha, lejos de los escenarios de la Maldita Vecindad con letras y acordes distintos al bar capitalino que inspiró a la canción del Kumbala, ajeno al Pachuco que fueron sus padres rebeldes, traspasando las clases sociales de Un poco de sangre.

Quería dar paso a nuevas interpretaciones, a las crónicas de la espiritualidad indígena que él observó por primera vez el 12 de octubre 1992, cuando tocó con Maldita Vecindad en la Ciudad de México y llegaron 500 mil indígenas a ver, a escuchar, hacer sentir su existencia. Y tiraron el monumento a Cristobal Colón como protesta a su marginación.

—Este México quiero conocerlo— se dijo Roco.

Así empezó una espiral de conocimiento que lo llevo dos años después a apoyar al Ejército Zapatista de Liberación Nacional, un movimiento que reconoció como la primera voz del resurgimiento del movimiento indígena en Latinoamérica y de ahí saltó a explorar la cultura de los comcáac y con los seris de Sonora.

Así inició una nueva etapa musical y social. Se hizo amigo de Francisco Barnett, que ganó el premio nacional de las artes por ser guardián de los cantos y danzas tradicionales, y de muchos hombres y mujeres medicina que le mostraron cómo lograron seguir vivos con sus tradiciones a pesar de los tiempos.

Su arte esta presente como aquella noche en la profundidad de la mina de Taxco con un concierto ceremonial a lado de Legend Medicina Sónica un grupo de tres muchachos michoacanos (dos hermanos y un amigo), a quienes Roco conoció en medio de la pandemia para no soltarlos más y hacer equipo en un nuevo proyecto.

Antes de ser Legend Medicina Sónica (LMS), los hermanos Ortiz hacían música desde los 11 y 15 años respectivamente. Les gustaba el rock y entre sus agrupaciones de cabecera estaba la Maldita Vecindad sin esperar que un día el vocalista vendría a ser su maestro.

Antes de conocer a Roco, Ohto y León fundaron la banda Auslander (extranjero en alemán) con instrumentos étnicos marcados por la influencia de la música en su encuentro con la ayahuasca.

Ohto Ortiz, uno de los hermanos fundadores deLegend Medicina sónica en un concierto ceremonial en la mina prehispánica de Taxco, Guerrero.
Ohto Ortiz, uno de los hermanos fundadores deLegend Medicina sónica en un concierto ceremonial en la mina prehispánica de Taxco, Guerrero (Foto cortesía Gardenia Mendoza).

La ayahuasca es una yerba de la medicina tradicional utilizada por los chamanes de la Amazonia que genera alteraciones en el cerebro para abrir recuerdos que éste cerró como mecanismo de defensa.

Los Ortiz sintieron que la planta los había llamado para mostrarles el poder de la música como algo sanador y ellos siguieron ese camino al pie de la letra. Sumaron a Enrique Hernández, sumaron a instrumentos procedentes de la tierra, el didgeridoo de Australia, el tambor de Africa, las flautas de norteamerica; los cantos de Mongolia, de México y Centroamérica.

Cuando conocieron a Roco, en diciembre pasado, ya se llamaban Legend Medicina Sónica y habían organizado el festival Vuelo del Quetzal.

—Hay unos compas bien buena onda en Morelia que hacen sus festivales y me pidieron tu dato para un festival de medicinas ancestrales —le dijo a Roco.

Acordaron hacer una videollamada por Zoom y el famoso de Maldita Vecindad se enganchó de los muchachos, de su proyecto.bMientras más le platicaban de la medicina como sanadora más cercano me sentía.

Lo recordó en el concierto agitando los yoyotes como un momento mágico en el que cree que  siempre han estado juntos y no desde aquel festival  en medio de aquel cerrito de Morelia con los niños corriendo, el tianguis con sanación, el temazcal, la música.

“Los escuché y aluciné”, piensa, describe. “Fue como regresar a casa, a mi familia, a mi tribu”.

Introspección

En el fondo de la cueva de Taxco, los hermanos Ohto (guitarra y voz) y León Ortiz (percución) y el bajista Enrique Hernández, buscaron sanar a sus invitados, niños, jóvenes, adultos, ancianos, en el entendido de cada nota musical impacta al centro energético de cada parte del cuerpo.

En medio de la oscuridad del vendaje, cuando todos los espectadores se sentaron sobre tapetes, en posición de flor de loto, acostados o de rodillas, Roco dijo había que morir como el ave fénix, para renacer. Era 18 de julio.

Interpretó piezas como Flauta Madre, Tribu y Amor, energía que no se agota mientras los participantes quedaban sumergidos en sus mundos, con sus dolores de brazos, de cabeza, de la ciática, la cadera, el corazón. Algunos cabecearon, otros lloraron.

En todo caso bebieron cacao puro mezclado en agua y servido en copas de carrizo que un par de mujeres vestidas con huipil pusieron en sus manos.

Caminaron, sin saber, sin salir de la mina de cuarzo, con la música de los huicholes en la defensa de Wirikuta, de su territorio sagrado en Real de Catorce, San Luis Potosí, donde una minera quiere oro y plata aunque pase arriba del centro ceremonial indígena, de las tradiciones y rituales.

“Al involucrarse con su música y los conocimientos de los pueblos originarios, nos involucramos también con sus luchas”, piensa Roco.

El público se empapó de la influencia de los mixes con quienes Roco ha trabajado en una Escuela de Música de Viento en Tlahuiltoltepec, Oaxaca. En ese poblado todos los niños de la zona aprenden alientos y el trombonista de la orquesta es reconocido como el mejor del mundo por alcanzar notas que muy pocos consiguen.

En la mina de Taxco, los invitados recibieron además la bendición indirecta de la ayahuasca, entre luces tenues que alumbraban las escaleras y las paredes de la mina prehispánica que permaneció oculta durante siglos hasta que los dueños del hotel la encontraron por accidente, cuando remodelaban el bar, y llamaron a las autoridades del Instituto Nacional de Antropología para develar la historia.

Taitas y curanderos se trasladaron a través de Legend Medicina Sónica para mostrar el mundo espiritual en la música que hace vibrar tan fuerte al cuerpo que pone todo en su lugar, pensamientos, dolores.

¿Se puede competir con este estilo musical en un mundo tan superficial? ¿Con el reguetón en sentido contrario a la espiritualidad? Mientras la introspección del pequeño auditorio llega al fin de esta parte del concierto, de la etapa del autoconocimiento, Roco y los miembros de Legenda Medicina Sónica no lo piensan.

Tampoco lo meditarán al día siguiente. ¿Sabes quién tiene el súper plan de promoción para que este tipo de música crezca?, se pregunta Roco y se contesta. “El Gran Misterio”.

El despertar

Las mujeres medicina que vigilaban el concierto en la mina dijeron al público que era tiempo de quitarse la venda. Lo susurraron al oído, uno por uno a cada asistente con la misma cadencia protectora en la voz que utilizaron para dar otras instrucciones, “quítate los zapatos”, “toma un poco de cacao”, “recuéstate”.

Todos se pusieron de pie. León tocó las percusiones; Roco saltó y movió los yoyotes y la guitarra de Ohto trinó a la par de su voz que no era suya sino un mero transmisor de un mexica, de un navajo, de un rarámuri porque cantaba Raíces.

Es el vikingo el que lo canta, eo, eo, eo/ Es el purépecha que canta, eo, eo, eo, oooo/ Eo, eo, eo, eo, eo, eo, eio/ Toda la tribu es la que canta eo, eo, eo, eo, o…

Nadie se quedó quieto. El que menos se movía, iba y venia con los pies desde el centro hacia la derecha y a la izquierda; los que más, se hicieron un ovillo y encajaron la cabeza al pecho, las rodillas lavantadas hasta tocar los codos como en un trance.

Más tarde, en entrevista con este diario, los hermanos dirían para quienes no pueden asistir a un concierto ceremonial de ese estilo en busca de sanación pueden escuchar la música en línea: la medicina de Legend Medicina Sónicaestá en diversas plataformas, Apple Music, Spotify, Youtube.

Ohto Ortiz, uno de los hermanos fundadores deLegend Medicina Sónica después del concierto ceremonial en la mina prehispánica de Taxco, Guerrero.
Ohto Ortiz, uno de los hermanos fundadores deLegend Medicina Sónica después del concierto ceremonial en la mina prehispánica de Taxco, Guerrero (Foto cortesía Gardenia Mendoza).

Se puede vendar los ojos, acostarse, perfumar la habitación como en la noche de la mina, cuando las mujeres medicina rociaban lavanda e incitaban a respirar profundo y dejar correr la música más tranquila y dar gracias al Gran Misterio y a la Madre Tierra.

O se pueden poner las canciones de danza para experimentar un estado de ánimo alegre igual que ocurrió en Taxco con piezas como Ometecutil, Fenix o el Gran Coyote cuando no hubo una sola gota de sudor sin escurrir por la frente, el pecho, los brazos, en un círculo humano perfecto que explotó entre saltos de alegría y euforia entre timbales y cuerdas porque…

¡Esa noche había luna llena y esa noche ahuyaban los coyotes!

Esa noche, dicen los músicos, también estaban los toltecas por medio de sus influencias en la canción y el chamanismo del escrito Carlos Castaneda. Estuvieron ahí poetas indígenas hablando del espíritu, de hacer arte, música, arquitectura; de la tensegridad, el principio de la arquitectura que une elementos aislados a trave de una red en tensión.

El coyote es constantemente un invitado de Legend Medicina Sónia porque el espíritu del ser humano se inspira con la libertad del animal que brinca y ahuya sin límites que se autoimpone el ser humano desde niños a quienes se les dicta no hablar, no saltar en una prohibición insana para su formación.

Todo eso lo piensa Ohto mientras canta a lado de Roco y de su hermano León y su amigo Enrique y los asistentes al concierto.

Piensa en que no debe haber confusión al incitar al baile. Los músicos no invitan a la gente a caer en una loquera, una concupiscencia ni mucho menos. El trance tiene un propósito más bien ceremonial, porque si se saca de contexto, si se rebasa el límite de la liberación de la energía y se acrecienta el ego y ya no sería una expresión espiritual sino una fiesta de ego.

Por eso hay que tener a la mano siempre una obsidiana, el símbolo del jaguar, un animal que, según los toltecas, son los guardianes del corazón, dice.

Roco elevó varios cantos de agradecimientos antes de concluir el tercer concierto ceremonial a lado de Legend Medicina Sonica. Vendrán muchos riutuales más. Pero no saben cuándo ni cómo, ni donde porque depende de que encuentren los lugares adecuados aquellos cuyo contacto con la naturaleza refuercen el amor y la hermandad.

No ha dejado de lado el proyecto de Maldita Vecindad —en él lleva 35 años— pero se siente en un momento especial con la música y los rituales prehispánicos. Cree que está en el lugar preciso y en el momento justo: México, dice, es uno de los epicentros de la transformación espiritual que viene en el mundo.

Y él está ahí, hermanado por la música con tres muchachos. En busca de un nuevo nombre para su naciente proyecto.

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