La carrera contra la desaparición de la vestimenta indígena en México

Para los defensores de la ropa tradicional indígena, ésta no solo tiene la ventaja comercial de “lo hecho a mano”, sino que es un símbolo de identidad que no piensan soltar

Muchachas vestidas a la usanza nahuatl en Tlamamala

Muchachas vestidas a la usanza nahuatl en Tlamamala Crédito: Cortesía José Cupertino | Cortesía

MÉXICO- De un día para otro, José Cupertino Hernández se apareció en Tlamamala vestido con calzones y camisa de manta, sombrero de palma, huaraches cruzados y morral bordado: la vestimenta náhuatl que su pueblo pretendía olvidar.

Parecía “una puntada”, una broma, aunque nada más distante para él:  lo había pensado durante mucho tiempo, desde que empezó a estudiar la maestría en Educación y se dio cuenta que los warakiras, del norte de México, en lugar de esconder sus atuendos, los presumen.

Por eso estaba aquel día frente a los suyos, en el lugar de 720 habitantes que lo vio nacer en el estado de Hidalgo, con las ropas de la vieja usanza, la que vistieron sus abuelos y padres de generación en generación y que él mismo había dejado de usar 40 años atrás. 

Empezó a caminar por la terracería y las reacciones fueron inmediatas: “Tizoc”, le gritaron en referencia a una película clásica de la Época de Oro del cine mexicano en donde el actor Pedro Infante hace el papel de un indígena que lleva ese nombre. “Juan Diego”, comentaron otros en recuerdo de quien dio fe de la aparición de la Virgen de Guadalupe. “Indio”, remataron otros.

“La misma discriminación de nuestra propia gente”, reconoció José Cupertino: el rechazo de los otros solamente al andar unas cuantas calles de Tlamamala ya en el siglo XXI. Entonces recordó de un tirón, las razones que justificaban el desuso de la ropa tradicional y de la lengua.

Causas tan increíbles como prácticas, pero el mismo resultado: cada vez se usa menos, es evidente, aunque no exista una estadística oficial como sí existe para los dialectos.

El Instituto Nacional para los Pueblos Indígenas reconoce a por lo menos 68 lenguas indígenas, de las cuales, alrededor de 23 de ellas (alrededor del 33%) están en situación de riesgo de desaparecer por las condiciones adversas en las que se han dado sus relaciones con la sociedad no indígena. 

Los defensores de la ropa tradicional calculan que un porcentaje similar podría aplicarse a la desaparición de trajes típicos y por los mismos motivos: tienen que soportar burlas y humillaciones; prohibiciones y hasta el desempleo, aunque, en últimos tiempos, también hay buenos momentos, dignidad, orgullo y reivindicación.

¡Hasta las marcas más famosas del mundo han copiado sus diseños y el gobierno mexicano tuvo que demandar por plagio!

¿QUÉ HA PASADO?

José Cupertino dejó de usar los calzones de manta en cuanto empezó sus estudios formales de primaria. No fue por bullying ni mucho menos, sino algo institucional: las autoridades escolares les exigían llevar uniforme, como en todo el país, y no era un asunto negociable ni en las comunidades indígenas como Tlamamala.

Está política siguió por décadas y hasta la fecha en la educación básica, aunque el censo de 2020 reveló que la población total en hogares indígenas era de 11,8 millones de personas, lo que equivale a 9.4% de la población total del país.

“En la preparatoria y en la universidad no pedían uniforme, pero ya me había absorbido el ambiente con los pantalones de mezclilla y las playeras”,  reconoce José Cupertino.

Las reglas sociales de México han estado determinadas por el imaginario de que la piel blanca es mejor y que lo indígena es sinónimo de muchos calificativos negativos.

“Si se considera que los indígenas son pobres, flojos e ignorantes porque así se ha construido el imaginario, ¿quien quiere ser o parecer indígena?

Y por eso mismo se deja de usar la lengua y la vestimenta, que es lo más visible”, observó Guadalupe Que Dzul, maya integrante del Caucus Indígena del Comité Intergubernamental sobre Propiedad Intelectual y Recursos Genéticos, Conocimientos Tradicionales y Folclore

El censo de 2020 reveló que la población total en hogares indígenas era de 11,8 millones de personas.

La activista defensora de la propiedad intelectual señala que durante décadas fueron las políticas institucionales las que provocaron la discriminación. 

“En la época post revolucionaria, José Vasconcelos, quien dirigió las políticas educativas del país, llegó con su idea del ‘Ulises criollo’ donde el futuro de México estaba en el mestizaje y el indígena no tenía cabida”. 

Previamente, en el Porfiriato, la urgencia por borrar el pasado prehispánico en post del futuro y porque la manta trasparentaba los genitales llegó al extremo de prohibir los calzones sin mucho éxito en el México profundo por razones de economía, pero sí en algunas ciudades como Guadalajara, según los Archivos Históricos. 

“Fue hasta 1994, con la aparición del EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) que se revaloró la cultura indígena por ellos mismos y por la sociedad. Poco después se creó un instituto para darles la seriedad”, detalla Dzul.

Fue un viraje histórico con presupuesto, pero en el tema de la vestimenta, la tradición continúa enfrentando otros retos. 

LA DEFENSA

El INPI ha reconocido que los trajes indígenas están desapareciendo con “celeridad”, a medida que la civilización occidental llega a los rincones más apartados de México.

“Pronto las mujeres ya no tejerán, acurrucadas en el suelo apisonado de sus chozas, sus maravillosas telas; los significativos bordados tradicionales que van siendo sustituidos por las confecciones industriales”.

Es más fácil comprar ropa cada vez es más barata que apostar por el ixtle (hilo de maguey o agave) o las fibras de palma silvestre (izcotl) o el algodón; que trabajar jornadas agotadoras manejando el huso y el telar o los bordados a mano. 

Sin embargo, para los defensores de la ropa tradicional indígena, ésta no solo tiene la ventaja comercial de “lo hecho a mano”, sino que es un símbolo de identidad que no piensan soltar.

“En la maestría me di cuenta de que volver a la manta era una forma de defender las raíces nahuatl”, dice José Cupertino.

Una vez que tomó la decisión habló con su esposa zacatecana no indígena y le explicó lo que implicaría su vestimenta en el entorno familiar: “podría salpicarles la discriminación”. Ella aceptó y hasta se casaron con un atuendo a la usanza náhuatl postcortesiano: el que impusieron los españoles para quitar el taparrabo mexica. 

“El vestuario indígena es una fusión de lo hispano y lo local, pero va más allá: es un símbolo”, aclara Guadalupe Que Dzul. 

La postura de reivindicación en la vestimenta ha hecho conciencia en parte de las nuevas generaciones.

Ella, por ejemplo, lo usa solo para eventos donde es importante reivindicarse como maya porque vive en la Ciudad de México, que es muy fría para el atuendo tradicional oriundo de Campeche. “Hay quienes no quieren usarlo en esos eventos  porque dicen que es folclorizar la tradición”, como ocurre con algunas figuras políticas como la senadora Susana Harp, Beatriz Gutiérrez o Xóchitl Gálvez.

De una forma u otra, la postura de reivindicación en la vestimenta ha hecho conciencia en parte de las nuevas generaciones. En Tlamamala, donde José Cupertino apareció en calzones de manta en su pueblo hace 10 años ya hay varios que se visten como vestían sus padres y no se avergüenzan”, destaca.

Y lo más impresionante: “cuando voy a las ciudades de México me aplauden y me felicitan por el valor”. Falta convencer a sus propios hijos de usarla más allá de las fiesta.

No deberia ser una lucha, pero lo es aún.

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