El copinol de Guadalupe, 41 años después

Hace 41 años, la Fuerza Aérea de El Salvador bombardeó los cantones Tenango y Guadalupe del departamento de Cuscatlán, matando a centenares de campesinos que huían de un operativo militar

Fotos: Róger Lindo

Fotos: Róger Lindo Crédito: Cortesía

El 28 de febrero de 1983, largas columnas de pobladores civiles de la Zona Baja del cerro de Guazapa y del cantón Tenango cruzaron el río Quezalapa con la idea de ponerse a salvo del operativo Guazapa 10 en las alturas de Guadalupe.

Eran perseguidos por el batallón Atlacatl, comandado por el nefasto coronel Domingo Monterrosa, que dos años antes había dirigido la matanza de casi mil pobladores civiles en El Mozote, Morazán. Siguiendo la estrategia de “quitarle el agua al pez” que Estados Unidos había experimentado en Vietnam, las comunidades campesinas se convirtieron en objetivos militares del Gobierno.  

El grueso del contingente de refugiados que buscó refugio en Tenango y luego en Guadalupe estaba formado mayoritariamente por ancianos, mujeres y niños. No habían probado bocado en dos días y muchos de ellos andaban descalzos.  Desde las 11 de la mañana hasta el anochecer, cazabombarderos A-37, helicópteros artillados y avionetas lanzacohetes machacaron la zona, conocida como Radiola. Enseguida entraron la fuerzas de tierra.

Se estima que en la masacre perdieron la vida 250 personas.  Las viviendas de Guadalupe fueron demolidas, ahora no es más que un pueblo fantasma. Una testigo que vivió de cerca esos sucesos describió el aspecto que tenía el caserío antes de que fuera destruido por las bombas. “Parecía un pueblo medieval, las casas eran de piedra, las calles estaban empedradas. Hacía pensar en los antiguos pueblos de piedra del Perú”. Quienes recorrieron la zona en los días posteriores al ataque, recuerdan haber encontrado los restos de las víctimas dispersos en las veredas. 

Hoy en día, un hermoso ejemplar de copinol (Hymenaea courbaril), especie mesoamericana muy apreciada por su hermosa sombra y la dureza de su madera, se alza actualmente en el punto cero de la masacre. Una sobreviviente que conversó el fin de semana con el fotoperiodista Orlando Castro, contó que “el árbol había quedó convertido en rajas por las bombas. Y mírelo, ha renacido”. A la sombra del copinol se levanta una tumba donde yacen los restos de 53 civiles, 23 de ellos niños. Sus restos, los que pudieron ser recobrados, fueron levantados del suelo hueso por hueso una vez que el Ejército se retiró de la zona.

Cada año, por esta fecha, esa tumba y la cruz que le hace guardia se visten de flores y centenares de personas trepan la cuesta de Guadalupe para rendir tributo a los caídos. La masacre de Guadalupe no se olvida, ni se olvidará. Es importante subrayarlo hoy, cuatro décadas después de esos sucesos, porque el Gobierno del presidente Nayib Bukele se afana en echar tierra a la memoria y a las luchas históricas de los salvadoreños.  

Fotos: Róger Lindo
Roger Lindo es escritor y periodista

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