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Ibogaína, la sustancia prohibida en EE.UU. que es usada en México para tratar adicciones

Entre quienes cruzan la frontera para recibir este tipo de terapias hay militares retirados, celebridades y deportistas

Adicción a las drogas

El uso de este tratamiento puede detonar arritmias potencialmente mortales. Crédito: Mark Schiefelbein | AP

La ibogaína, un alcaloide psicoactivo obtenido de la raíz del arbusto africano Tabernanthe iboga, se ha convertido en un imán para estadounidenses que buscan alternativas para lidiar con adicciones graves o trastornos de estrés postraumático (TEPT). Aunque su uso está prohibido en Estados Unidos, clínicas instaladas en ciudades turísticas de México —como Tijuana, Rosarito, Tulum o Los Cabos— ofrecen tratamientos que combinan relatos de recuperación profunda con advertencias médicas severas.

Su origen es ancestral: comunidades de Gabón, Camerún y la República del Congo la han usado en rituales espirituales por generaciones. En las últimas décadas, sin embargo, la sustancia ganó notoriedad internacional por reportes que apuntan a su capacidad para interrumpir el consumo de opiáceos, reducir síntomas de abstinencia y aliviar cuadros depresivos o de ansiedad. Estudios preliminares, incluidos trabajos de Stanford Medicine, sugieren que bajo supervisión médica estricta —con monitoreo cardiaco continuo y el uso de magnesio para reducir riesgo de arritmias— la ibogaína podría disminuir síntomas de TEPT y mejorar funciones cognitivas en veteranos con lesiones cerebrales traumáticas.

Entre quienes cruzan la frontera para recibir este tipo de terapias hay militares retirados, celebridades y deportistas. Marcus Capone, exintegrante de los Navy SEALs, llegó a México tras años de batallar con depresión, ansiedad y alcoholismo. Afirma que su tratamiento en Tijuana marcó un cambio profundo después de vivir al límite y experimentar episodios suicidas, según informo el sitio La Silla Rota.

Figuras públicas como el exbasquetbolista Lamar Odom y el exbroker Jordan Belfort también han dicho que la ibogaína los ayudó a superar adicciones a opiáceos. Más recientemente, el luchador irlandés Conor McGregor declaró en redes sociales que un “tratamiento alucinógeno” en Tijuana lo llevó a una especie de revelación espiritual que —según él— le permitió replantear su vida tras un año marcado por acusaciones penales y consumo problemático de sustancias.

Los tratamientos suelen prolongarse entre una semana y diez días y cuestan entre 3,000 y 20,000 dólares, cifras que han convertido estas clínicas en un mercado opaco, sin regulación federal, donde conviven testimonios de alivio con protocolos médicos variables.

Promesas terapéuticas 

Investigaciones realizadas en México entre 2012 y 2015 reportaron que ocho de cada diez pacientes tratados con ibogaína experimentaron alivio de los síntomas de abstinencia a opiáceos. Aproximadamente un tercio afirmó haber mantenido la abstinencia tras la terapia; la mitad de ese grupo permaneció sobria al menos un año. En otro estudio pequeño, realizado en Nueva Zelanda, 14 de 20 pacientes redujeron el consumo de opioides tras dosis bajas de ibogaína, aunque una persona murió durante el proceso y varios recaían con el tiempo.

Los veteranos tratados bajo protocolos ligados a Stanford mostraron reducciones notables en ansiedad, depresión y síntomas de TEPT un mes después del tratamiento. También se registraron mejoras en memoria, concentración y desempeño cognitivo.

Riesgos graves y un vacío regulatorio

La otra cara de esta terapia son sus riesgos. Estudios han documentado que la ibogaína y su metabolito, noribogaína, pueden alterar la repolarización cardíaca, prolongar el intervalo QT y detonar arritmias potencialmente mortales. Un análisis observacional reveló que la mitad de los pacientes con dependencia a opiáceos alcanzó un QTc superior a 500 milisegundos, un umbral considerado de alto riesgo. La ataxia severa —pérdida de coordinación— es un efecto casi universal en las primeras horas del trance.

Los especialistas coinciden en que, incluso con potencial terapéutico, la sustancia requiere monitoreo continuo, personal capacitado y criterios estrictos de selección. En México, sin embargo, la ibogaína no está prohibida ni regulada: circula en un limbo legal que permite su uso sin certificación sanitaria, lo que abre espacio para clínicas que operan como centros de retiro o spas psicodélicos, ofreciendo desde ibogaína hasta sesiones con 5-MeO-DMT, conocido como “sapo”.

Carlos Rius, académico de la UNAM, subraya que los estudios disponibles son escasos, con muestras pequeñas y resultados difícilmente generalizables. Advierte que la toxicidad de la ibogaína puede ser letal y que su popularidad crece más rápido que la evidencia científica que avala su seguridad.

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