window._taboola = window._taboola || []; var taboola_id = 'mycodeimpremedia-laopinion'; _taboola.push({article:'auto'}); !function (e, f, u, i) { if (!document.getElementById(i)){ e.async = 1; e.src = u; e.id = i; f.parentNode.insertBefore(e, f); } }(document.createElement('script'), document.getElementsByTagName('script')[0], '//cdn.taboola.com/libtrc/'+ taboola_id +'/loader.js', 'tb_loader_script'); if(window.performance && typeof window.performance.mark == 'function') {window.performance.mark('tbl_ic');}

Los archivos de Epstein: la sombra que persigue a Trump

Epstein representa uno de los escándalos más repulsivos de la historia de Estados Unidos, que prosperó gracias al silencio cómplice de muchos.

FILE — This photo provided by the New York State Sex Offender Registry shows Jeffrey Epstein on March 28, 2017. (New York State Sex Offender Registry via AP, File)

FILE — This photo provided by the New York State Sex Offender Registry shows Jeffrey Epstein on March 28, 2017. (New York State Sex Offender Registry via AP, File) Crédito: AP

Hay fantasmas políticos que no se pueden exorcizar con comunicados, ni con ediciones, ni con desmentidos estratégicos.
Los archivos de Jeffrey Epstein se han convertido en uno de ellos para Donald Trump. Lo que en su momento pareció un problema incómodo pero manejable, hoy se perfila como una pesadilla persistente que amenaza con acompañar al mandatario durante todo su mandato, y más allá, como una grieta permanente en su credibilidad.
Durante años, Trump ha intentado minimizar su relación con Epstein, el financiero acusado de dirigir una red de abuso sexual de menores con conexiones en las élites económicas y políticas de Estados Unidos y el extranjero.
La narrativa oficial ha sido clara: el presidente tuvo contactos sociales limitados con el pederasta, una relación superficial, ningún vínculo con los crímenes. Sin embargo, conforme nuevos documentos judiciales, testimonios y registros de vuelo han ido saliendo a la luz, esa versión se ha vuelto cada vez más difícil de sostener.
Aunque el Departamento de Justicia ha realizado ediciones extensas a los archivos desclasificados, supuestamente para proteger identidades y procesos legales, la información que se ha filtrado dibuja un panorama inquietante. Se han conocido datos que indican que Trump habría viajado más veces para encontrarse con Epstein de lo que se había reconocido públicamente, y que su relación con el financiero pudo haber sido más estrecha de lo declarado.
Incluso sin pruebas concluyentes de conducta criminal, la sola persistencia de estas revelaciones erosiona la narrativa del “yo no sabía, yo no estuve”.
Y en política, la percepción pesa tanto como los hechos.
El problema para Trump no es solo jurídico sino profundamente moral y simbólico. Epstein representa uno de los escándalos más repulsivos de la historia reciente de Estados Unidos, un sistema de poder, dinero y abuso que prosperó gracias al silencio cómplice de muchos. Estar asociado, aunque sea por cercanía social reiterada, a ese mundo es una mancha que no se borra fácilmente.
Cada nueva revelación reabre la herida. Cada documento editado alimenta la sospecha de que hay más por ocultar. Cada contradicción en los registros debilita la confianza pública. Y en un país profundamente polarizado, esto no solo mina la credibilidad de Trump ante sus críticos, sino que empieza a incomodar incluso a sectores que antes estaban dispuestos a concederle el beneficio de la duda.
Los archivos de Epstein no son un escándalo pasajero. Son una sombra larga, persistente y corrosiva. Y todo indica que acompañarán a Trump como un recordatorio constante de que, por más que se edite la historia, hay verdades que se niegan a desaparecer.

María Luisa Arredondo es la directora de Latinocalifornia.com y autora del libro “La vida después del cruce”.

En esta nota

Donald Trump Jeffrey Epstein
Contenido Patrocinado