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Vigorexia o la obsesión por desarrollar músculo

Un trastorno que lleva a percibir el propio cuerpo como débil o insuficientemente musculoso, que afecta principalmente a hombres jóvenes

Vigorexia o la obsesión por desarrollar músculo

Joven exhibe trastorno de imagen corporal. Crédito: Elkhophoto | Shutterstock

La vigorexia, también conocida como dismorfia muscular o complejo de Adonis, es un trastorno de la imagen corporal que ha ganado relevancia en las últimas décadas, especialmente entre población joven. Este fenómeno psicológico se caracteriza por una preocupación obsesiva por aumentar la masa muscular y alcanzar un ideal de perfección física, llevando a quienes lo padecen a entrenar compulsivamente y a adoptar hábitos alimenticios extremos.

Aunque no está clasificada de manera independiente en los manuales diagnósticos internacionales, la comunidad médica la considera una variante del trastorno dismórfico corporal.

El auge de las redes sociales, la industria del fitness y los estándares de belleza contemporáneos han contribuido a normalizar conductas que pueden derivar en este problema de salud mental y física.

Cuando el músculo se convierte en obsesión

El trastorno que lleva a percibir el propio cuerpo como débil o insuficientemente musculoso afecta principalmente a hombres jóvenes y puede tener graves consecuencias para la salud,

En un gimnasio de cualquier ciudad es posible identificarlos: personas que entrenan durante horas, que pesan meticulosamente cada gramo de proteína que consumen, que se miran constantemente al espejo con gesto de insatisfacción. Para ellos, nunca es suficiente. Por más músculo que desarrollen, su reflejo les devuelve la imagen de un cuerpo débil, pequeño, inadecuado. Esta distorsión perceptiva es el núcleo de la vigorexia, un trastorno que convierte la búsqueda legítima de salud física en una obsesión destructiva.

La vigorexia no discrimina por clase social ni nivel educativo, pero sí muestra una clara predilección por el género masculino. Aproximadamente el 90% de los casos diagnosticados corresponden a hombres, especialmente entre los 18 y 35 años, un dato que los especialistas atribuyen a la presión social y cultural sobre la masculinidad vinculada al desarrollo muscular. Sin embargo, las estadísticas muestran un incremento preocupante entre mujeres jóvenes en los últimos años, coincidiendo con la popularización de ciertos estándares estéticos en redes sociales.

Entrenar sin moderación

El psicólogo deportivo Roberto Olivardia, investigador de la Universidad de Harvard, ha estudiado este fenómeno durante décadas y señala que quienes padecen vigorexia experimentan una ansiedad intensa relacionada con su apariencia física.

“No se trata simplemente de querer estar en forma o ser saludable. Estas personas sienten un terror genuino a perder músculo o a parecer débiles ante los demás”, explica. Esta ansiedad los impulsa a entrenar incluso cuando están lesionados, enfermos o exhaustos, ignorando las señales de alarma que envía su propio organismo.

Los comportamientos asociados a la vigorexia incluyen entrenamientos extenuantes que pueden extenderse por más de cinco horas diarias, el consumo excesivo de suplementos proteicos, el uso de sustancias anabólicas esteroides sin prescripción médica, y dietas extremadamente restrictivas o hipercalóricas que eliminan grupos alimenticios completos. Muchos afectados desarrollan rituales alimentarios rígidos, cancelan compromisos sociales para no saltarse entrenamientos, y experimentan cambios drásticos en su estado de ánimo cuando no pueden ejercitarse.

Consecuencias físicas y psicológicas devastadoras

Las consecuencias físicas pueden ser devastadoras. El sobreentrenamiento provoca lesiones crónicas en articulaciones, tendones y músculos, mientras que el uso de esteroides anabólicos sin supervisión médica puede generar problemas cardiovasculares, hepáticos y hormonales. En hombres, el abuso de estas sustancias puede causar infertilidad, ginecomastia y atrofia testicular. Las mujeres que los consumen enfrentan masculinización de rasgos, alteraciones menstruales y problemas reproductivos. Además, las dietas desequilibradas comprometen el sistema inmunológico y pueden derivar en deficiencias nutricionales graves.

El impacto psicológico no es menos preocupante. La vigorexia suele coexistir con depresión, ansiedad generalizada, trastornos alimentarios y problemas de autoestima. El aislamiento social es frecuente, ya que los afectados priorizan el gimnasio sobre las relaciones interpersonales. Algunos desarrollan dependencia emocional del ejercicio, experimentando síndrome de abstinencia cuando no pueden entrenar, manifestado en irritabilidad, insomnio y profunda angustia.

Cuerpo como vitrina

Las redes sociales han actuado como catalizador de este trastorno. Instagram, TikTok y YouTube están saturados de influencers del fitness que exhiben cuerpos hipermusculosos, rutinas extremas y dietas imposibles de sostener a largo plazo.

Estas plataformas crean una ilusión de normalidad en torno a estándares corporales que, en muchos casos, solo son alcanzables mediante el uso de sustancias prohibidas, fotomontajes digitales o genética excepcional. Los adolescentes y jóvenes adultos, especialmente vulnerables a la presión de grupo y a la búsqueda de validación externa, son el público más susceptible a internalizar estos mensajes.

La industria de suplementos y el marketing fitness también contribuyen al problema. Publicidades que prometen transformaciones corporales rápidas, productos “milagrosos” para ganar masa muscular, y testimonios de antes y después cuidadosamente seleccionados, alimentan expectativas irreales y fomentan la insatisfacción corporal. Esta comercialización de inseguridades ha convertido la vigorexia en un problema de salud pública que requiere atención urgente.

Trastorno que requiere abordaje multidisciplinario

El tratamiento de la vigorexia es complejo y requiere un abordaje multidisciplinario. La terapia cognitivo-conductual ha mostrado resultados prometedores, ayudando a los pacientes a identificar y modificar los pensamientos distorsionados sobre su cuerpo. Los psicólogos trabajan en reconstruir la autoimagen y desarrollar una relación saludable con el ejercicio y la alimentación. En casos severos, puede ser necesaria medicación para tratar síntomas de ansiedad o depresión asociados.

Los nutricionistas juegan un rol fundamental en la recuperación, diseñando planes alimentarios equilibrados que desmitifican creencias erróneas sobre la nutrición deportiva. Los fisioterapeutas ayudan a rehabilitar lesiones causadas por el sobreentrenamiento, mientras que los médicos monitorean posibles daños orgánicos derivados del uso de sustancias o de prácticas extremas.

La fortaleza no se mide en masa muscular

La prevención es crucial y debe comenzar en edades tempranas. Los expertos recomiendan promover una cultura del ejercicio saludable, donde la actividad física se presente como una herramienta para el bienestar integral, no como un medio para alcanzar un ideal estético específico. La educación en alfabetización mediática es esencial para que los jóvenes desarrollen pensamiento crítico frente a los contenidos que consumen en redes sociales.

La vigorexia representa uno de los desafíos contemporáneos más complejos en la intersección entre salud mental, cultura visual y comercialización del cuerpo. En una sociedad que valora cada vez más la apariencia física como capital social, es imperativo recordar que la verdadera fortaleza no se mide en centímetros de circunferencia muscular, sino en la capacidad de mantener una relación equilibrada y compasiva con el propio cuerpo. El músculo puede ser símbolo de disciplina y dedicación, pero nunca debería convertirse en prisión de la propia identidad.

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