María Hernández: un regreso a México que se volvió una pesadilla
La inmigrante mexicana que vivió más de tres décadas en Estados Unidos nunca imaginó lo que esperaba en su país de origen
El regreso de María Hernández no ha sido como ella lo soñó. Crédito: María Hernández | Cortesía
Cuando María Hernández tomó la decisión de regresar a México el verano pasado, después de más tres décadas de vivir en Estados Unidos, no vio venir la pesadilla que la esperaba cuando la transferencia bancaria con sus ahorros fue cancelada, y le llevó cinco meses de infierno poder recuperarlos.
Pero por qué María dejó toda una vida en Los Ángeles para irse a la Ciudad de México.
“Fueron muchas cosas. Mi hermana estaba muy enferma, entre la vida y la muerte, y no quería que se muriera sin abrazarla, y decirle ‘hermana, aquí estoy, vamos a salir adelante’”.
También le comenzaba a pesar la soledad, llevaba más de tres décadas fuera de México.
“Quería ver a mi hijo. Ya es un adulto de 40 años. Tenía diez años cuando se lo dejé a mi madre para venirme a trabajar a Estados Unidos. Éramos dos desconocidos”.
El terror que generó la Administración Trump en los primeros meses de segundo mandato fueron otro factor de peso.
María regresó a México el 30 de julio, poco más de un mes y medio después de las agresivas redadas de migración que sacudieron a Los Ángeles.
“Yo me moría de pánico de no solo pensar que me fueran a agarrar. No es solo que te detengan sino que te encierren en un lugar donde te están atormentado para que firmes tu deportación. Yo soy de la tercera edad. Tengo 65 años, y no estaba para eso”.

Su llegada a Los Ángeles
Fue en 1995 cuando María dejó la ciudad de México para venir a Los Ángeles.
“La pobreza extrema me hizo irme a Estados Unidos. Éramos tan pobres y con dos trabajos no podía salir adelante. Me sentía frustrada. Un primo lejano me alborotó y sabiendo que tenía donde llegar y trabajo, me fui”.
Pero cuando llegó a Los Ángeles y no encontró por ninguna parte al primo, y sin amigos, ni familiares y conocidos, se puso ayudarle a una señora que vendía tamales en la calle.
“Me explotaba, me maltratada y no me pagaba. Preguntando, gracias a Dios, un muchacho me consiguió un trabajo en una fábrica de playeras, donde duré cinco años hasta que de repente la cerraron”.
Sin un empleo fijo, María se fue a trabajar a los mercados al aire libre, vendiendo lo que podía, cuidaba niños, limpiaba casas, y laboró como empleadas en tiendas.

El despertar de su conciencia
En 2012, María conoció a un activista de la Coalición por los Derechos Humanos de los Inmigrantes (CHIRLA) Tony Bernabé cuando fue a dar información a la iglesia donde ella iba, y la invitó a ser parte.
“Era una época en la que estaban pasando muchas redadas y teníamos mucho miedo”.
Conocer a CHIRLA fue un despertar de conciencia en su vida, dice. Aprendió sobre sus derechos como inmigrante y trabajadora.
“Antes me tenían amenazada y me maltrataban. Uno no podía decir nada por miedo. No sabíamos que podíamos”.
Como parte de CHIRLA, María comenzó a participar en las luchas de los inmigrantes. Fue muchas veces a Sacramento a pelear por las licencias de manejo para los indocumentados y a Washington, a exigir una reforma migratoria.
Pero en todos esos años, María no encontró la forma de salir de las sombras.
“Pudo darse una oportunidad cuando trabajé en la fábrica. El dueño nos dijo que si queríamos arreglar nuestro estatus, tenía un abogado que nos podía ayudar, pero estaba recién llegada, con miedo y sola, mi única intención era juntar dinero para una casita en México”.
Y pensó en traerse a su hijo, pero el miedo a los peligros que encierra una ciudad como Los Ángeles como las pandillas y las drogas, la hicieron desistir.
“Conocí a amigos cuyos hijos se les murieron por sobredosis, o que se metieron en las pandillas y ahora están en la cárcel”.

La pesadilla comienza
Antes de regresar a México, María fue a su banco para enviar una transferencia con todos sus ahorros a la cuenta bancaria de su hijo.
“Yo había hecho transferencias de banco a banco a mi hijo sin problemas, muchas veces. Así que fui al banco, les expliqué y me dijeron que todo iba a estar bien”.
María envió la transferencia bancaria el 30 de julio por la mañana, y por la noche abordó un avión con destino a la Ciudad de México.
“Al día siguiente recibí una notificación en la que me avisaban que tenía que regresar al banco porque mi transferencia había sido cancelada y si no me presentaba, no se podía hacer nada”.
Entre agosto y septiembre, María pasó horas llamando al banco, buscando sin éxito alguno que le reenviaran la transferencia.
Fue en septiembre cuando contactó a La Opinión, y un vocero bancario explicó que la transferencia se había detenido como protección para María para prevenir abuso para ancianos porque ella era ya una mujer de 65 años.
Gracias a la intervención de La Opinión, el banco designó a una persona para que la atendiera, y entre las opciones que le ofrecieron, María escogió que le mandaran un cheque con sus ahorros, y cerraran su cuenta.
Pasó más de un mes para que María pudiera tener en sus manos el cheque de cajero enviado por su banco con sus ahorros. Entre la Aduana mexicana y la compañía de paquetería lo retuvieron durante semanas.
Fue hasta que La Opinión habló con la encargada de la paquetería en México, que María recibió su cheque.
Pero entonces comenzó otra pesadilla. Ningún banco le quería cambiar el cheque ni abriendo una cuenta a su nombre.
A finales de diciembre, La Opinión contacto de nuevo al banco para explicarle la situación, y estos se sostuvieron en la posición de que el cheque podía ser canjeado prácticamente en cualquier banco de México, pero María ya había acudido a todos los sugeridos por la institución bancaria, incluso acompañada por personal del diputado migrante Cheto Polanco.
“Fueron meses de pánico y terror. En los bancos me decía que no se podía hacer nada. Era como si de la noche a la mañana hubiera perdido mis ahorros de toda la vida que yo quería usar para mi retiro y poner un negocito”.

Rechazo familiar
María llegó ilusionada al país que la vio nacer, y su primer golpe de realidad fue encontrarse con que su única hermana la recibió enojada porque no le avisó de su llegada.
“Llegué a una casa que ya no era mi casa, y a una familia a la que ya no pertenezco. Mi hermana se enoja porque piensa que vengo a quitarle lo que construí desde Estados Unidos. Claro ella construyó su casa en el terreno de mi mamá; pero descubrí que la parte de mi mamá para la que yo mandé dinero, estaba mal hecha”.
María cuenta que empezó a recibir malas caras de su hermana, su cuñado, su sobrina y hasta de su hijo.
“Yo estuve mandé y mandé dinero hasta que mi mamá murió en 2015, pero en realidad nunca dejé de apoyarlos. Me decían que no tenían estufa, que se quedaron sin refrigerador, que el drenaje ya no sirve, que no tenían para la luz o para el agua. Yo les mandaba dinero, y todo era risas y chistes”.
Pero a su regreso cuando ya no puede ayudarlos, conoció quién era realmente su familia.
“Viví engañada durante 30 años”.
Lo más doloroso fueron los reclamos de su único hijo.
“Me dijo que él sufrió mucho porque yo lo dejé, que mi cuñado lo golpeaba, que lo sacaba a la calle, que no le daban comida y lo maltrataban todo el tiempo, Le hicieron creer que yo no me preocupaba por él, que no mandaba dinero; y lo dañaron mucho, al grado que cuando yo llegué, él se fue”.
María dice que ella pidió perdón a sus hijos y a su familia, y les rogó comenzar de nuevo.
“Nadie quiso perdonarme. No les importa lo que yo sufrí en Estados Unidos. En Navidad no hubo una llamada, ni un mensaje de felicitaciones. Solo indiferencia”.

Final feliz
Dice que llegó un momento en que las fuerzas se le acabaron tras visitar banco tras banco, y oficinas gubernamentales para cambiar el cheque con sus ahorros, y en todos recibir un no se puede, por respuesta.
“Era una sensación de desamparo terrible, que dije, voy a dejar esto por la paz”.
Pero de repente, alguien le dio la idea que era mejor regresar el cheque y que alguien lo deposita en su cuenta, y le hiciera la transferencia a México.
Marú Galván, una activista de CHIRLA le avisó que estaba en la Ciudad de México, Becky Álvarez, una amiga de confianza que vive en Los Ángeles, y que podía entregarle el cheque a ella para que lo trajera de vuelta a Estados Unidos
Y así fue, María envió el cheque y los fondos fueron depositados a la cuenta de Galván sin ningún problema a principios de enero, y esta procedió a hacerle la transferencia.
“Me volvieron las ganas de vivir, y la esperanza de caminar por esta vida. Lloré de felicidad”, dice María con la voz a punto de quebrarse por el llanto.
En diciembre, un grupo de amigos en Los Ángeles, abrieron una cuenta en el sitio GoFundMe para recaudar donativos y ayudarla a que al menos tuviera algo de dinero para la Navidad.
“Gracias a esos donativos, pude tener comida en Navidad y año nuevo, y no sentirme fracasada. No sé que hubiera hecho sin esa ayuda, tal vez salirme a la calle a pedir dinero”.
Tras su dolorosa experiencia, María recomienda a todo aquel inmigrante que planee regresar a México o a su país de origen, que hagan un plan de ahorro, y los manden a una persona de su total confianza.
“Es muy importante tener unos ahorros para establecerse y ser independiente. Tienen que asegurarse de contar con un sitio dónde llegar para que n les pase lo que a mi, que como ya no tengo dinero ni nada que dar, y con una propiedad en pleito, mi familia me desconoció”.
¿Valió la pena regresar a México?
“No valió la pena, pero qué bueno que lo hice porque conocí realmente a mi familia, y a mi hijo. Cuando yo estaba en Estados Unidos, me decían que me querían. Todo era falso”.
Pese al desengaño, María dice que se siente bien de salud y en plenitud con muchas ganas de salir adelante.
“Para estar mejor, pienso ir a terapia”, dice.
Y está contenta porque acaba de conseguir un trabajo cuidando a una señora, y no pierde la esperanza de poner un pequeño negocio.
“Tal vez una tiendita. Todavía no sé”, comparte ilusionada.
Por primera vez desde que regresó a su patria, María camina por las calles de la ciudad donde nació, respirando tranquila y optimista sobre su futuro.
Expresa su más profundo agradecimiento a La Opinión, a la activista de CHIRLA, Marú Galván y a Becky Álvarez quienes dice hicieron hasta lo imposible para que pudiera recuperar sus ahorros.